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Gratis · elegí una vozMargarita era una niña valiente, con ojos brillantes como estrellas fugaces y una sonrisa que podía iluminar toda una habitación. Pero últimamente, su sonrisa se había apagado un poco. Estaba en el hospital, no porque hubiera hecho travesuras (que le encantaban), sino porque su corazón necesitaba un poquito de ayuda para seguir latiendo fuerte. El hospital, con sus pasillos largos y el eco de las máquinas, le parecía un lugar gris y triste.
Pero Margarita no se rendía. Encontraba alegría en las pequeñas cosas: en los dibujos que colgaba en su pared, en las visitas de su familia, y sobre todo, en las enfermeras. Las enfermeras eran como hadas con uniformes de colores. Siempre tenían una palabra amable, una sonrisa reconfortante y una mano suave para sujetar la suya. La enfermera Elena era su favorita. Elena tenía el pelo recogido en una trenza larga y ojos color miel que siempre brillaban con alegría. Le contaba historias de países lejanos y le enseñaba a hacer figuras de origami con las servilletas.
Un día, un nuevo paciente llegó al hospital. Se llamaba Tomás y tenía el pelo alborotado y una sonrisa tímida. Tomás también tenía un corazón que necesitaba un poco de ayuda. Margarita lo vio por primera vez en el jardín del hospital. Ella estaba sentada en un banco, observando las mariposas revolotear entre las flores, cuando lo vio acercarse, apoyado en un bastón de madera tallada.
Tomás se sentó a su lado y, en silencio, observaron juntos el vuelo de las mariposas. Poco a poco, empezaron a hablar. Descubrieron que ambos amaban los cuentos de hadas, los helados de fresa y los animales. Margarita le contó a Tomás sobre la enfermera Elena y sus historias, y Tomás le contó a Margarita sobre su abuelo, un carpintero que le había enseñado a tallar madera.
La amistad entre Margarita y Tomás floreció como las flores del jardín. Se contaban secretos, se reían juntos y se daban ánimos. El hospital ya no parecía tan gris y triste. Los pasillos se llenaron de risas y los días pasaban más rápido. La enfermera Elena observaba a Margarita y Tomás con una sonrisa. Sabía que la amistad era una medicina poderosa.
Un día, Elena notó que el doctor Juan, el cardiólogo, pasaba más tiempo de lo usual revisando a Margarita y Tomás. El doctor Juan era un hombre serio y concentrado, pero Elena siempre veía una chispa de amabilidad en sus ojos. Ella lo admiraba mucho, no solo por su talento como médico, sino también por su dedicación y su cariño hacia los pacientes. Con el tiempo, Elena y Juan comenzaron a hablar más. Descubrieron que compartían la pasión por la medicina y el deseo de ayudar a los demás. Las largas conversaciones en el jardín del hospital, bajo la sombra de los árboles, se convirtieron en un ritual.
Mientras tanto, la salud de Margarita y Tomás mejoraba lentamente. Los médicos estaban contentos con su progreso. Pero un día, Margarita se sintió muy débil. Su corazón latía con dificultad y le costaba respirar. La enfermera Elena la cuidó toda la noche, sujetando su mano y contándole historias para mantenerla despierta. Tomás se quedó a su lado, en silencio, ofreciéndole su apoyo.
Al amanecer, Margarita cerró los ojos y se quedó dormida. Esta vez, no despertó. El hospital se llenó de tristeza. La enfermera Elena lloró en silencio, abrazando a Tomás. El doctor Juan se mantuvo fuerte, pero sus ojos reflejaban el dolor.
Después de unos días, Tomás recibió buenas noticias. Su corazón estaba más fuerte y podía regresar a casa. Antes de irse, fue al jardín del hospital y plantó un rosal en memoria de Margarita. Le puso una pequeña placa con su nombre y una frase que ella siempre decía: "Siempre hay esperanza, como las flores que florecen incluso en los lugares más difíciles".
Elena y Juan continuaron trabajando en el hospital, cuidando a otros niños y niñas con problemas del corazón. Su amistad se convirtió en algo más profundo. Se casaron en el jardín del hospital, rodeados de flores y de las sonrisas de los pacientes y el personal. El jardín, que antes les recordaba la tristeza, ahora era un símbolo de esperanza y amor. Sabían que Margarita siempre estaría presente en sus corazones, como una estrella fugaz que había iluminado sus vidas.
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