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Gratis · elegí una vozLucía asistía a 3er grado A, un curso con 23 alumnos muy diversos. Uno de sus compañeros, Pedro, iba a la escuela con una seño que lo ayudaba con las tareas. Lucía, curiosa como era, un día le preguntó a su maestra: "Seño, ¿por qué a Pedro le gustan tanto los dinosaurios? ¿Por qué le molestan los ruidos fuertes, como los del timbre del recreo? ¿Y por qué le cuesta tanto hacer amigos?".
La seño sonrió con dulzura y le explicó: "Lucía, a Pedro le pasan esas cosas porque tiene una condición diferente que se llama Autismo. No es nada raro, ¡para nada! Es solo otro modo de entender las cosas que suceden en el mundo. Su cerebro funciona de una manera un poquito distinta, y eso hace que algunas cosas le gusten mucho, otras le molesten, y otras le resulten más difíciles".
Lucía, con su gran corazón, quería que sus compañeros de clase entendieran lo que su seño le había contado. Ella creía que era muy importante explicarlo, porque se había dado cuenta de que a Pedro no le gustaba salir al recreo, porque había mucho ruido, y porque parecía que nadie quería jugar con él. A veces, lo veía solo, dibujando dinosaurios en su cuaderno.
Lucía sentía la responsabilidad de hacer algo para que esta situación cambiara. Ella quería que Pedro se sintiera incluido y aceptado. Pensó y pensó, hasta que ¡bam!, se le ocurrió una idea brillante: ¡crear un juego! Lo llamó "El Juego de las Coincidencias".
Al día siguiente, Lucía llegó al colegio con unas tarjetas que había preparado cuidadosamente. En cada tarjeta había anotado una pregunta sencilla. Cuando la maestra les dio permiso, Lucía se paró frente a la clase, con una sonrisa nerviosa pero decidida.
"¡Hola a todos! Hoy vamos a jugar a un juego muy divertido que se llama El Juego de las Coincidencias", anunció Lucía, mostrando las tarjetas.
Tomó la primera tarjeta y preguntó: "¿A quién le gustan los dinosaurios?".
Para su sorpresa, ¡muchas manos se levantaron! Luca, Martín, Camilo, Pedro (que sonrió tímidamente), Sofía y Juan alzaron sus manos con entusiasmo. Lucía anotó los nombres en una hoja.
Luego, tomó la segunda tarjeta. "¿A quién le gusta escuchar música fuerte?".
Rocío, Martín (otra vez!) y Lourdes levantaron la mano. Lucía siguió anotando.
La siguiente pregunta fue: "¿Quién prefiere comer la merienda dentro del curso, en lugar de salir al patio?".
Pedro, Luis y Lara levantaron la mano, mirándose entre ellos con una sonrisa cómplice. Lucía se dio cuenta de que no era el único al que no le gustaba el ruido del recreo.
Finalmente, Lucía dejó las tarjetas a un lado y miró a sus compañeros a los ojos. "Podría hacer muchas más preguntas, y estoy segura de que todos contestaríamos cosas diferentes. ¡Porque todos somos diferentes! A todos nos gusta hacer cosas distintas, tenemos gustos distintos, y eso es lo que nos hace especiales".
Lucía respiró hondo y continuó: "Sería muy lindo si todos entendiéramos que estas diferencias no nos deben separar, sino que nos deben enseñar a respetar cómo es cada uno. No importa si a alguien le gustan los dinosaurios más que jugar al fútbol, o si prefiere escuchar música suave en lugar de música fuerte. Lo importante es que nos respetemos y nos aceptemos tal como somos".
La seño, que había estado observando todo con una sonrisa orgullosa, felicitó a Lucía por su linda iniciativa. "¡Qué gran idea, Lucía! Creo que este juego nos ha enseñado mucho a todos", dijo la seño.
Luego, propuso algo aún mejor: "¿Qué les parece si Lucía realiza el Juego de las Coincidencias en todos los cursos de la escuela? Así, el respeto por las diferencias se aplicará en toda la escuela, y todos aprenderemos a ser más comprensivos y amables con los demás".
¡Todos los alumnos aplaudieron con entusiasmo! Lucía se sintió muy feliz y orgullosa de haber encontrado una manera de ayudar a Pedro y a todos los demás a sentirse más aceptados.
La actividad de Lucía realmente funcionó. Los compañeros de Pedro ya no lo veían como un niño raro o diferente cuando no quería salir al recreo o cuando se tapaba los oídos con el sonido del timbre. Ahora entendían que simplemente Pedro era diferente, que tenía sus propios gustos y preferencias, y que prefería los sonidos más bajos. Empezaron a invitarlo a dibujar dinosaurios con ellos, y a veces, incluso se quedaban dentro del curso comiendo la merienda con él, para que no se sintiera solo. Y Pedro, poco a poco, empezó a sentirse más cómodo y feliz en la escuela, gracias a la iniciativa de su amiga Lucía y al entendimiento de sus compañeros.
¡Y así, la escuela se convirtió en un lugar aún más alegre y respetuoso, donde todos aprendieron a celebrar las diferencias de cada uno!
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