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Gratis · elegí una vozHabía una vez un ladrón tan extraño que lo único que quería era un abrazo. Por eso le llamaban el ladrón de abrazos. Pero como robar abrazos no es delito, este curioso ladrón seguía haciendo de las suyas.
El ladrón de abrazos salía a la calle todos los días, dispuesto a meterse en medio de cualquier pareja de personas que estuvieran abrazándose. Pero resultaba tan molesto que la gente procuraba no tocarse en público, por si acaso.
Esto no gustaba al ladrón de abrazos, así que tenía que buscar una solución. Lo que hacía el ladrón de abrazos cuando no conseguía meterse en ninguno era atracar un establecimiento lleno de gente. Le daba igual que fuera un banco, un supermercado o un hospital.
El ladrón de abrazos entraba en el sitio elegido con una porra y decía:
-¡Esto es un atraco! ¡Abran sus brazos si no quieren llevarse un buen porrazo!
Y la gente abría los brazos. Y el ladrón de abrazos iba uno por uno buscando un achuchón hasta que oída las sirenas y salía corriendo, feliz y contento de haber encontrado tantos abrazos en un ratito.
Un día el jefe de policía decidió que ya era hora de parar esa ola de atracos absurdos. Pero no podía detener al ladrón de abrazos, así que pensó en un solución.
El jefe de policía reunió a un grupo de voluntarios y les contó su plan. A todos los pareció bien y pasaron a la acción.
El jefe de policía colocó un puesto en la calle con un enorme cartel que decía: ‘Abrazos Gratis’. Un voluntario se ponía a dar abrazos a otros muchos voluntarios para llamar la atención del ladrón de abrazos.
Cuando el ladrón de abrazos vio a aquello fue corriendo, feliz de poder abrazar a alguien sin molestar.
-Si quieres puedes sustituirme cuando quieras -le dijo el voluntario que le dio el abrazo. -¡Sí, sí, por favor!
Y así fue como el ladrón de abrazos dejó molestar a la gente de la ciudad que, agradecida, pasaba por el puesto de abrazos gratis para que el ladrón estuviera entretenido y feliz.
Pero la historia no termina aquí. Un día, una niña llamada Sofía, muy observadora, notó que el ladrón de abrazos, a pesar de estar rodeado de gente, parecía un poco triste. No era la tristeza de antes, cuando no encontraba abrazos, sino una tristeza diferente, una que le llegaba hasta los ojos.
Sofía se acercó al ladrón de abrazos mientras éste atendía el puesto. “¿Por qué estás triste?” le preguntó con su vocecita dulce.
El ladrón de abrazos se sorprendió. Nadie nunca le había preguntado cómo se sentía. “Bueno…”, dijo, “Es que estos abrazos son… diferentes. Son… rápidos. No son como los que buscaba antes. Antes, cuando ‘robaba’ abrazos, sentía… algo más. No sé cómo explicarlo.”
Sofía pensó un momento. “Quizás”, dijo, “es porque esos abrazos eran… inesperados. La gente se asustaba un poco, y luego se sorprendía, y quizás eso le daba… sabor.”
El ladrón de abrazos se quedó pensando en las palabras de Sofía. Tenía razón. Los abrazos del puesto eran amables, sí, pero faltaba algo. Faltaba la emoción, la sorpresa, la conexión real.
Entonces, Sofía tuvo una idea. “¿Y si hacemos… abrazos sorpresa?”
El ladrón de abrazos la miró con curiosidad. “¿Abrazos sorpresa?”
“Sí”, dijo Sofía. “Podemos escondernos detrás de las esquinas y cuando la gente pase, ¡les damos un abrazo sorpresa! Pero un abrazo de verdad, con mucho cariño.”
El ladrón de abrazos sonrió. Era una idea un poco loca, pero le gustaba. Así que, con la ayuda de Sofía, comenzaron a organizar los “abrazos sorpresa”.
Se escondían detrás de los árboles, detrás de los bancos, incluso detrás de los paraguas. Cuando alguien pasaba, ¡BUM! Un abrazo sorpresa. Al principio, la gente se asustaba un poco, como antes, pero luego, al ver la sonrisa del ladrón de abrazos y el brillo en los ojos de Sofía, se reían y correspondían al abrazo con gusto.
Los “abrazos sorpresa” se hicieron muy populares en la ciudad. La gente incluso empezaba a buscarlos, caminando por las calles con una sonrisa esperando el próximo achuchón inesperado.
Y así, el ladrón de abrazos, que antes asustaba a la gente, se convirtió en el héroe de los abrazos sorpresa, llevando alegría y cariño a todos los rincones de la ciudad. Aprendió que la verdadera felicidad no estaba en robar abrazos, sino en compartirlos de una manera especial y divertida, siempre con una buena dosis de sorpresa y mucho, mucho cariño. Y Sofía, su pequeña amiga, siempre estaba allí para recordarle que hasta el ladrón más extraño puede encontrar su lugar en el mundo, siempre y cuando tenga un corazón lleno de amor y una pizca de travesura.
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