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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, un lápiz lector que vivía en el cole. Se llamaba Lapicito y era un lápiz de grafito muy elegante, con una goma de borrar rosa en la cabeza. Estaba un poco triste porque siempre veía a los niños leer y reír disfrutando de la lectura, pero él, como era un palo, nunca nadie le había enseñado. Lapicito soñaba con leer cuentos de princesas, de dragones y de valientes caballeros. Anhelaba saber qué decían las páginas de los libros que los niños sostenían con tanta alegría.
Una noche, mientras la luna brillaba con intensidad y las estrellas titilaban como luciérnagas en el cielo, Lapicito estaba tan triste, que una estrella que pasaba por el cielo bajó a visitarlo. Era una estrella brillante, con una sonrisa amable y un aura dorada.
— Lápiz lector, sé que quieres aprender a leer — dijo la estrella con voz dulce. — Te concederé tu deseo, pero antes debes cumplir una misión…
— ¡Sí, haré lo que sea! — dijo el lápiz lector con emoción, dando un pequeño salto sobre el pupitre. Su corazón latía con fuerza ante la perspectiva de aprender a leer.
— Algunas palabras del cole han perdido su sonido, y sin ellos, los niños no pueden leer bien. Tienes que encontrar los sonidos de la “G” y ponerlos en su lugar. — explicó la estrella mágica antes de marcharse, dejando tras de sí un rastro de polvo de estrellas brillantes. Lapicito se sintió un poco asustado, pero también muy emocionado. Sabía que esta era su oportunidad para demostrar su valía y, finalmente, aprender a leer.
El lápiz lector comenzó su misión al día siguiente. Se dio cuenta de que algunas palabras necesitaban su ayuda para que los niños pudieran leerlas correctamente. Algunas palabras tenían el sonido suave de la “g”, como “gato” o “gente”, pero otras necesitaban el sonido fuerte de la “G”, como “guerra” o “goloso”. El lápiz tenía que ayudar a las palabras a encontrar su sonido. Primero, se acercó a la palabra “gusanito”. Lapicito escuchó a los niños pronunciarla con dificultad, como si la “g” no estuviera allí.
— ¡Necesito encontrar un sonido suave para esta “g”! — exclamó Lapicito, rascándose la cabeza con su goma rosa. Pensó y pensó, hasta que recordó una canción que los niños cantaban sobre un “gigante”.
— ¡Eso es! — gritó Lapicito. Con su punta afilada, dibujó una pequeña “i” después de la “g” en la palabra “gusanito”. Ahora, la palabra sonaba mucho mejor: “giiii-sa-ni-to”. Los niños sonrieron al leerla correctamente.
Luego, Lapicito se encontró con la palabra “guinda”. Los niños la leían como “uin-da”, lo cual no tenía ningún sentido. Lapicito sabía que esta palabra necesitaba un sonido fuerte para la “g”.
— ¡Aquí necesito un sonido fuerte! — dijo Lapicito, concentrándose al máximo. Recordó la palabra “guerra” que la estrella le había mencionado. Con cuidado, borró la “u” y la reemplazó con una “u” seguida de una “e”, dejando la palabra como “gueinda”. ¡Ahora sí sonaba bien! Los niños pudieron leer “guein-da” con claridad.
La siguiente palabra en su lista era “gorila”. Los niños tropezaban al intentar leerla, pronunciando algo parecido a "ora-la". Lapicito sabía que necesitaba un sonido fuerte y claro. Recordó la palabra "goloso" que la estrella le había dicho. Con precisión, Lapicito remarcó la "g", asegurándose de que se viera bien grande y fuerte. Ahora, los niños podían leer "go-ri-la" sin problemas. ¡Qué alegría!
Lapicito continuó su misión por todo el colegio. Ayudó a la palabra “genio” a sonar como “je-nio”, y a la palabra “guitarra” a sonar como “gui-ta-rra”. Trabajó incansablemente, corrigiendo y ajustando los sonidos de la “G” en cada palabra que lo necesitaba. Los niños, agradecidos, comenzaban a leer con fluidez y entusiasmo.
Finalmente, después de una larga y ardua tarea, Lapicito había ayudado a todas las palabras a encontrar su sonido correcto. Exhausto pero feliz, regresó a su pupitre. La estrella mágica apareció de nuevo, brillando aún más que antes.
— ¡Lo has hecho muy bien, Lápiz lector! — dijo la estrella con orgullo. — Has demostrado ser valiente y perseverante. Has ayudado a los niños a leer mejor, y eso es algo maravilloso.
Como recompensa, la estrella mágica tocó a Lapicito con su varita brillante. De repente, Lapicito pudo leer. ¡Podía leer todas las palabras del mundo! Su corazón se llenó de alegría. Tomó un libro de cuentos y comenzó a leer en voz alta, disfrutando cada palabra, cada frase, cada historia.
Desde ese día, Lapicito se convirtió en el lápiz más feliz del colegio. Ya no solo veía a los niños leer, sino que también leía con ellos. Compartía historias, aprendía cosas nuevas y hacía reír a todos con sus ocurrencias. Y así, el lápiz que una vez soñó con leer, se convirtió en el mejor amigo de los libros y en un compañero inseparable de los niños del colegio.
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