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Hola, amigo del futuro. Me llamo Kuntur y tengo ocho inviernos de edad. Te escribo este relato sobre las nubes y la tierra para que sepas cómo vivimos aquí, en la gran pradera, mucho antes de que existieran las ciudades de cristal que imagino que tienes tú. Mi piel está tostada por el sol y mi cabello negro siempre está un poco alborotado por el viento que corre entre los pastizales. Hoy quiero contarte cómo conseguimos nuestra comida y cómo hablamos con el mundo que nos rodea, porque para nosotros, la naturaleza no es algo que está afuera, sino que es nuestra propia familia.
Mi día comienza cuando el sol, al que llamamos Inti, asoma su nariz dorada por encima de las montañas. Mi mamá me despierta con un suave toque en el hombro. No tenemos despertadores ruidosos; el canto de los pájaros madrugadores es nuestra señal para empezar. Lo primero que hacemos es dar las gracias. Antes de tomar cualquier cosa de la tierra, le pedimos permiso. Mi abuelo dice que si cuidas a la tierra, ella siempre te devolverá el favor.
Después de un desayuno rápido de frutos secos, mi hermana pequeña Maya y yo salimos a trabajar. Maya tiene seis años, lleva siempre sus trenzas negras bien apretadas y una túnica amarilla que brilla como una flor de retama. Nuestra primera tarea es la recolección. Para esto, usamos nuestra herramienta favorita: la 'taklla' o palo cavador. Es una rama de madera muy dura, tallada y pulida, con una punta afilada en un extremo. Caminamos por la pradera observando las hojas. ¿Ves esa planta con flores pequeñas y moradas? Debajo de ella, escondida en la tierra fresca, hay una raíz deliciosa y dulce. Enterramos la taklla con cuidado, hacemos palanca y ¡pum!, la tierra se abre para entregarnos su tesoro. No nos llevamos todas las raíces; siempre dejamos algunas para que la planta vuelva a crecer el próximo año. Ese es nuestro trato con el suelo.

Mientras caminamos, también buscamos bayas silvestres. Hay que ser muy observador. Algunas bayas son rojas y dulces, pero otras, aunque se ven bonitas, pueden hacer que te duela la barriga. Mi abuelo me enseñó que si los pájaros no comen de un arbusto, nosotros tampoco deberíamos. Los animales son nuestros mejores maestros. Si ves a un grupo de venados comiendo en un valle, es probable que allí el agua sea pura y la hierba sea tierna.
Al mediodía, me preparo para la parte más difícil: el rastro. No cazamos por diversión, sino solo lo que necesitamos para que la tribu sobreviva durante el invierno. Llevo conmigo mi 'huaraca' o honda, que es una cuerda tejida con lana de llama. Es ligera y puedo llevarla enrollada en mi cintura. Pero antes de usarla, debo ser como una sombra. Aprendí a caminar sin romper ni una sola rama seca y a respirar tan suavemente que ni siquiera las mariposas se asustan al verme pasar.
Hoy sucedió algo asombroso que no esperaba. Estaba siguiendo las huellas de un gran guanaco cerca del río de aguas cristalinas. Sus pezuñas habían dejado marcas profundas en el barro. Estaba concentrado, sintiendo el aroma del pasto mojado, cuando de repente escuché un gemido extraño. No era un guanaco. Me acerqué sigilosamente a un matorral de espinos y vi a un pequeño zorro atrapado entre las ramas. Tenía la pata enredada y estaba muy asustado.

En ese momento, tuve que tomar una decisión. Mi misión era buscar carne para la cena, pero el zorro necesitaba ayuda. Recordé lo que dice mi padre: 'Un cazador que no sabe proteger la vida, no merece recibir los regalos de la naturaleza'. Dejé mi honda en el suelo, me acerqué despacio y le hablé con voz muy bajita, como si fuera una canción de cuna. Al principio, el zorrito me enseñó los dientes, pero luego sintió que no quería hacerle daño. Con mis manos y un cuchillo de piedra obsidiana, corté las ramas que lo aprisionaban. El zorro, una vez libre, no salió corriendo. Me miró fijamente con sus ojos brillantes, dio una vuelta sobre sí mismo y empezó a trotar hacia una colina que nunca habíamos explorado.
Sentí un impulso extraño y decidí seguirlo. Llamé a Maya y juntos corrimos tras el rastro naranja del zorro. Subimos una pequeña cuesta y, al llegar a la cima, nos quedamos con la boca abierta. El zorrito nos había guiado hasta un valle oculto que no conocíamos, lleno de arbustos cargados de unas bayas púrpuras gigantes que solo crecen una vez cada diez años. ¡Había suficiente comida para alimentar a toda la tribu durante semanas!
Ese fue el gran giro de mi día. Al salvar a un animal, él nos salvó a nosotros de pasar hambre. Regresamos a la aldea cargando cestos llenos de frutas y raíces, y esa noche, alrededor de la fogata, contamos la historia del zorro agradecido. No hubo carne de guanaco en la cena, pero hubo un festín de frutas que sabían a miel y a sol.
Así es mi vida, amigo del futuro. No tenemos tiendas donde comprar comida, pero tenemos un mundo entero que nos habla si sabemos escuchar. Usamos piedras, madera y nuestras manos, pero nuestra herramienta más importante es el respeto. Espero que en tu tiempo, todavía existan valles escondidos y zorros que guíen a los niños hacia grandes descubrimientos. Recuerda siempre que la tierra es un ser vivo que respira contigo. ¡Hasta pronto!
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