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Gratis · elegí una vozCarlota era una niña con una imaginación tan grande que a veces le salía por las orejas, como si fueran pompas de jabón llenas de ideas brillantes. Le encantaba pintar, dibujar, esculpir con plastilina... ¡todo lo que tuviera que ver con el arte! Pero había un pequeño problemita, un problemita del tamaño de un aguacate gigante: su maestra de arte, la Señorita Prudencia, era... digamos... un poco… rígida.
La Señorita Prudencia creía que el cielo debía ser azul, el pasto verde, y los elefantes grises. ¡Nada de experimentos raros! Un día, Carlota decidió pintar un retrato de su gato, Don Gato. Don Gato era un gato muy especial; tenía un ojo verde esmeralda y otro azul zafiro, y un bigote que parecía un manillar de bicicleta antigua. Carlota lo pintó con rayas moradas, manchas naranjas, y un sombrero de payaso verde lima. ¡Era una obra maestra… a su manera!
(Imagen 1: Carlota, con una gran sonrisa, pintando a Don Gato con colores brillantes y un sombrero de payaso. Don Gato, con sus ojos de diferente color, la mira con curiosidad.)
Cuando la Señorita Prudencia vio el cuadro, casi se le caen las gafas al suelo. "¡Carlota! ¡¿Qué es esto?! Los gatos no son morados, ni naranjas, ni usan sombreros de payaso!", exclamó, con voz temblorosa. Carlota, un poco asustada, respondió: "Pero Señorita Prudencia, así veo yo a Don Gato. Es un gato muy divertido, ¡y los colores lo hacen más feliz!". La Señorita Prudencia suspiró profundamente. "El arte debe ser realista, Carlota. Debes pintar lo que ves, no lo que imaginas." Le puso una nota roja gigante en el cuadro y le dijo que lo volviera a hacer, esta vez, "correctamente".
Carlota se sintió muy triste. ¿Acaso su imaginación no valía nada? ¿Tenía que pintar el mundo como lo veía la Señorita Prudencia, aunque fuera aburrido? Decidió hablar con su abuelo, Don Aquiles, un señor con una barba blanca como la nieve y una colección de sombreros extravagantes. Don Aquiles era un artista jubilado, y siempre tenía un consejo sabio (y a veces un poco loco) para Carlota.
"¡Ah, Carlota, mi pequeña Picasso!", exclamó Don Aquiles al ver a Carlota con cara de pena. "¿Problemas con la Señorita Realismo Absoluto?" Carlota asintió con la cabeza. Don Aquiles se rascó la barba y luego se puso un sombrero de plumas de colores brillantes. "Mira, Carlota, el arte es como un helado. A algunos les gusta de vainilla, a otros de chocolate, y a otros de… ¡pepino con chile! Lo importante es que te guste a ti. Si la Señorita Prudencia quiere pintar elefantes grises, ¡que los pinte! Pero tú, pinta elefantes rosados con lunares verdes, ¡si eso te hace feliz!"
(Imagen 2: Carlota hablando con su abuelo, Don Aquiles, que lleva un sombrero de plumas de colores. Él le sonríe mientras gesticula con las manos.)
Don Aquiles le contó a Carlota historias de artistas famosos que habían sido incomprendidos en su época, como Van Gogh, que pintaba cielos estrellados llenos de remolinos, o Frida Kahlo, que se pintaba con cejas unidas y flores en el pelo. "¡Todos ellos fueron rebeldes, Carlota! ¡Y gracias a ellos, el mundo es un lugar más colorido!" Carlota se sintió inspirada. Al día siguiente, volvió a la clase de arte con una idea genial. En lugar de volver a pintar a Don Gato de manera "correcta", decidió pintar un mural gigante en la pared del salón.
El mural era una explosión de colores y formas. Había árboles con hojas de arcoíris, ríos de chocolate, casas flotantes hechas de caramelos, y… ¡elefantes rosados con lunares verdes, por supuesto! La Señorita Prudencia llegó al salón y se quedó boquiabierta. No podía creer lo que veía. Los demás niños, al ver el mural, empezaron a reír y a aplaudir. ¡Nunca habían visto algo tan divertido y original!
(Imagen 3: Carlota y sus compañeros pintando un mural gigante lleno de colores y formas fantásticas. La Señorita Prudencia los mira con sorpresa.)
Al principio, la Señorita Prudencia frunció el ceño, pero luego, al ver las caras felices de los niños y la pasión de Carlota por el arte, no pudo evitar sonreír. Se dio cuenta de que el arte no tenía que ser siempre realista, sino que también podía ser una forma de expresar la imaginación y la creatividad. "Bueno, Carlota…", dijo la Señorita Prudencia, con una sonrisa tímida. "Tal vez… tal vez el arte no tenga que ser siempre… tan… prudente."
Carlota sonrió de oreja a oreja. ¡Había logrado que la Señorita Prudencia entendiera la importancia de la libertad expresiva en el arte! Desde ese día, la clase de arte se convirtió en un lugar mucho más divertido y creativo. Los niños pintaban lo que querían, como lo querían, y nadie les decía que el cielo tenía que ser siempre azul. Y Don Gato, bueno, Don Gato siguió siendo un gato muy especial, con rayas moradas, manchas naranjas, y un sombrero de payaso verde lima. ¡Y era feliz así!
(Imagen 4: Carlota, la Señorita Prudencia, y los demás niños sonriendo frente al mural. La Señorita Prudencia lleva un sombrero de payaso verde lima.)
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