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Había una vez un lobo muy malo y muy feo llamado Gruñón. Vivía en una cueva oscura y polvorienta en lo profundo del bosque. Gruñón no sonreía nunca y siempre estaba de mal humor. No le gustaba el sol, ni los pajaritos, ni las flores... ¡no le gustaba nada!
Un día, mientras caminaba gruñendo por el bosque, Gruñón olió algo delicioso. ¡Un aroma dulce y horneado que le hizo cosquillas en la nariz! Siguió el olor hasta una pequeña cabaña de madera donde vivía la abuela Margarita, famosa en todo el bosque por sus galletas.
La abuela Margarita estaba sacando del horno una galleta gigante, ¡tan grande como una rueda de carreta! Era una galleta de jengibre decorada con caramelos de colores y chispas de chocolate.
Gruñón, con los ojos brillantes de codicia, se acercó a la cabaña. –¡Abuela Margarita! –gruñó con su voz ronca–. ¡Quiero esa galleta!
La abuela Margarita, que no se asustaba fácilmente, lo miró con dulzura. –Buenos días, señor Lobo. Esta galleta es para celebrar el cumpleaños de mi nietecito, Tomás. ¿Por qué no vuelve usted mañana y le preparo una galleta especial?
–¡No! –gritó Gruñón, dando un pisotón–. ¡La quiero ahora! ¡Soy el lobo más malo y feo del bosque, y tengo que tener lo que quiero!
La abuela Margarita suspiró. Sabía que discutir con Gruñón era inútil. –Está bien, señor Lobo –dijo–. Puede quedarse con la galleta, pero tendrá que ayudarme a llevarla a la casa de Tomás. Está muy lejos y yo ya estoy un poco vieja.
Gruñón, sorprendido por la facilidad con la que había conseguido la galleta, aceptó de mala gana. –¡Está bien, pero no esperes que te ayude mucho! –gruñó.
La abuela Margarita sonrió y le entregó un extremo de la galleta gigante. Gruñón, con la galleta entre sus garras, comenzó a caminar junto a la abuela Margarita hacia la casa de Tomás.
El camino era largo y lleno de obstáculos. Tuvieron que cruzar un río saltando sobre piedras, subir una colina empinada y esquivar las ramas de los árboles. A medida que avanzaban, la abuela Margarita le contaba historias a Gruñón sobre Tomás, un niño muy bueno y cariñoso que siempre ayudaba a los demás.
Gruñón, al principio, no prestaba atención a las historias de la abuela Margarita. Pero poco a poco, algo comenzó a cambiar en su interior. Le sorprendió escuchar sobre la bondad y la alegría que Tomás irradiaba a todos los que lo rodeaban.
En un momento dado, mientras cruzaban el río, Gruñón tropezó y casi dejó caer la galleta. La abuela Margarita, con agilidad sorprendente, lo sujetó para que no cayera. –¡Gracias! –gruñó Gruñón, sintiéndose un poco avergonzado.
–De nada, señor Lobo –respondió la abuela Margarita con una sonrisa–. ¡Ya casi llegamos!
Finalmente, llegaron a la casa de Tomás. El niño, al ver a la abuela Margarita y a Gruñón con la galleta gigante, corrió a abrazarlos. –¡Abuela! ¡Qué galleta tan grande! ¡Gracias! –exclamó Tomás con entusiasmo.
Tomás ofreció un trozo de galleta a la abuela Margarita y a Gruñón. Gruñón, por primera vez en su vida, sintió una alegría genuina al compartir algo con los demás. La galleta sabía deliciosa, pero la compañía era aún mejor.
Después de comer la galleta, Tomás invitó a Gruñón a jugar en el jardín. Gruñón, aunque al principio se mostró reacio, aceptó. Jugaron a las escondidas, a las carreras y a construir castillos de arena. Gruñón se dio cuenta de que se estaba divirtiendo mucho, algo que no había experimentado en años.
Cuando llegó la hora de despedirse, Gruñón se sentía diferente. La maldad y la fealdad que lo caracterizaban parecían haberse desvanecido. –Gracias, Tomás –dijo Gruñón con una sonrisa tímida–. Ha sido un día muy agradable.
–¡Vuelve cuando quieras, señor Lobo! –respondió Tomás con alegría–. Siempre serás bienvenido.
Gruñón regresó a su cueva, pero ya no era la misma cueva oscura y polvorienta. Ahora, la cueva parecía más luminosa y acogedora. Gruñón se sentó en una roca y pensó en todo lo que había sucedido ese día. Se dio cuenta de que la felicidad no se encontraba en ser malo y egoísta, sino en compartir y ayudar a los demás.
Al día siguiente, Gruñón salió de su cueva y se dirigió a la cabaña de la abuela Margarita. –Abuela Margarita –dijo–. ¿Necesita ayuda con algo? Puedo cortar leña, recoger bayas o lo que necesite.
La abuela Margarita sonrió. Sabía que Gruñón había cambiado. –Claro que sí, señor Lobo –dijo–. Siempre hay algo que hacer. Y quizás, después de trabajar, podamos hornear otra galleta gigante… ¡juntos!
Gruñón sonrió de oreja a oreja. Ahora era un lobo bueno y, aunque todavía era un poco feo, ¡era feliz! Y aprendió que incluso el lobo más gruñón puede cambiar su corazón con un poco de bondad y una galleta gigante.
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