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Había una vez en un pequeño pueblo rodeado de palmeras y brisa salada, un niño llamado Mateo que tenía una curiosidad tan grande como el océano Atlántico. Mateo vivía con su abuelo Don Tico, un hombre de manos fuertes y corazón de azúcar, que siempre decía que la patria no era solo un pedazo de tierra, sino un sentimiento que se llevaba en el pecho. Un día, mientras exploraban el desván de su vieja casa de madera pintada de azul, Mateo encontró un mapa antiguo que no se parecía a ningún otro. No tenía nombres de ciudades, sino dibujos de flores, instrumentos musicales y aves que parecían cobrar vida bajo la luz del sol.
—Abuelo, ¿qué es esto? —preguntó Mateo con los ojos muy abiertos.
Don Tico sonrió y se acomodó el sombrero de paja. —Ese, mi pequeño, es el Mapa de los Colores Radiantes. Dice la leyenda que si lográs recorrer los puntos marcados, entenderás el verdadero espíritu de nuestra patria dominicana. ¿Te animás a una aventura?
Mateo no lo pensó dos veces. Tomó su mochila, metió un par de mangos frescos y, de la mano de su abuelo, emprendió el viaje. La primera parada los llevó al Valle del Cibao. Allí, la tierra era tan fértil que parecía que si plantabas un sueño, por la mañana ya habría florecido. Se encontraron con un campesino llamado Don Cándido, quien trabajaba la tierra mientras cantaba una copla.
—La patria es el sudor que alimenta al hermano —dijo Don Cándido mientras les regalaba un racimo de plátanos verdes—. Es el respeto por lo que la tierra nos da con tanto amor.
Mateo anotó esto en su corazón. Mientras caminaban, el aire comenzó a llenarse de un sonido rítmico. ¡Tacu-tacu, tacu-tacu! Eran los sonidos de una tambora, una güira y un acordeón. De repente, se vieron en medio de un rincón donde la gente bailaba merengue. Una niña llamada Altagracia se acercó a Mateo y lo invitó a bailar.
—¡Vení, Mateo! ¡Sentí el ritmo! La patria es la alegría que llevamos en los pies, es la música que nos une aunque no nos conozcamos —le gritó ella entre risas. Mateo, aunque al principio estaba un poco tímido, empezó a mover los pies. Se dio cuenta de que la música dominicana era como un abrazo cálido que te hacía olvidar cualquier tristeza.
Después de bailar hasta que el sol empezó a bajar, Don Tico lo llevó hacia el Este, donde la arena es blanca como el azúcar y el mar tiene todos los tonos de azul que existen en la paleta de un pintor. Allí conocieron a un viejo pescador que estaba reparando sus redes. El hombre les habló de la valentía de los hombres del mar y de cómo la libertad era como el horizonte: infinita y siempre digna de ser buscada. Mateo miró las olas y pensó en los héroes de los que le hablaba su abuelo en las noches, aquellos hombres y mujeres que soñaron con una nación libre y soberana.
—La patria también es memoria, Mateo —le susurró Don Tico—. Es recordar a quienes lucharon para que hoy pudieras caminar por estas playas con total tranquilidad.
El viaje continuó hacia las montañas de Jarabacoa, donde el aire es frío y huele a pinos. Allí, Mateo vio nacer los ríos que bañan toda la isla. Se dio cuenta de que la patria era también la naturaleza: la cigua palmera volando alto, la flor de la caoba y el verde eterno de los montes. Se sentó en una roca y miró el paisaje. Se sentía pequeño, pero al mismo tiempo parte de algo inmenso.
—Abuelo, ya entiendo —dijo Mateo mientras el sol se ocultaba, tiñendo el cielo de rojo, azul y blanco, como los colores de su bandera—. La patria no es solo el mapa que encontramos en el desván. La patria sos vos contándome historias, es Don Cándido cultivando la tierra, es Altagracia bailando con alegría y es este mar que nos rodea. La patria es nuestra casa grande.
Don Tico lo abrazó con fuerza. —Exactamente, hijo. Ser dominicano es llevar un pedacito de sol en la mirada y una mano siempre dispuesta a ayudar al vecino. Es amor, es trabajo y es orgullo.
De regreso en casa, Mateo ya no veía su pueblo de la misma manera. Cada vez que escuchaba el sonido de una tambora, o cuando probaba un sancocho calientito en los días de lluvia, recordaba su aventura. Decidió que él también sería un guardián de esos colores radiantes. Estudiaría mucho para cuidar su tierra, plantaría árboles para que las aves siguieran cantando y siempre, siempre, recibiría a los demás con la misma sonrisa con la que lo recibieron a él en el camino.
Esa noche, Mateo se durmió con el mapa bajo la almohada, pero ya no lo necesitaba para encontrar el camino. Sabía que mientras amara su tierra y a su gente, la patria viviría en él para siempre. Y así, bajo la luz de las estrellas que brillan sobre la isla de Quisqueya, el niño soñó con un futuro lleno de esperanza, donde cada dominicano, sin importar dónde estuviera, siempre encontraría el camino de regreso al corazón de su amada nación.
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