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Había una vez, en la soleada y acogedora ciudad de Yecla, dos amigos inseparables llamados Lucía y Pablo. Lucía era una niña de cabello rizado y ojos curiosos que siempre llevaba una libreta para dibujar. Pablo, por su parte, era un niño pecoso con una imaginación desbordante que podía convertir cualquier palo de madera en una espada mágica. Vivían rodeados de viñedos, el aroma de las gachamigas y la imponente silueta del Monte Arabí vigilando sus juegos.
Una tarde de primavera, mientras exploraban las faldas del monte buscando piedras con formas extrañas, encontraron algo inusual: una pequeña grieta entre las rocas que desprendía un brillo iridiscente. Al acercarse, el aire empezó a oler a flores desconocidas y a caramelo de miel. Sin pensarlo dos veces, se tomaron de la mano y cruzaron el umbral. En un abrir y cerrar de ojos, el paisaje de Yecla se transformó. Ya no estaban entre pinos y vides, sino en una ciudad que parecía sacada de un sueño: Villa Armonía.
Villa Armonía era un lugar donde las casas tenían techos de galleta y las calles estaban hechas de adoquines que cambiaban de color según el humor de quienes los pisaban. Pero lo más sorprendente no era la arquitectura, sino sus habitantes. Lucía y Pablo caminaron maravillados por la avenida principal cuando se encontraron con una escena que los dejó boquiabiertos. Frente a una casa azul brillante, una familia numerosa estaba pintando un mural. Había seres de piel azulada, otros con piel dorada como el sol, y algunos que tenían pequeñas alas transparentes.
—¡Hola! —saludó una mujer alta con tres brazos, que usaba cada uno para sostener un pincel diferente—. Soy Zora. Estos son mis siete hijos y mis dos hermanos. Todos vivimos aquí.

Lucía observó con asombro. Algunos niños eran bajitos, otros muy altos, unos tenían el pelo verde y otros no tenían pelo en absoluto. —¡Sois muchísimos! —exclamó Pablo—. ¿No os peleáis nunca?
Zora rió con un sonido que recordaba a campanillas. —A veces tenemos opiniones distintas, pero nos queremos tanto que siempre encontramos una solución. En esta familia, cada mano extra ayuda a que el trabajo sea más ligero y la risa más fuerte.
Continuando su camino, los niños llegaron a un parque donde un sauce llorón de hojas plateadas daba sombra a otra familia. Esta era más pequeña: dos hombres de aspecto bondadoso jugaban al escondite con una niña pequeña que reía sin parar. La niña tenía la piel oscura y los hombres tenían la piel pálida, pero sus sonrisas eran idénticas.
—¡Os encontré! —gritó la niña, saltando a los brazos de uno de sus padres.

—El amor no entiende de colores ni de procedencias —le dijo el otro padre a Lucía al notar su mirada curiosa—. Somos una familia porque nos elegimos cada día y nos cuidamos con todo el corazón.
Lucía y Pablo siguieron explorando y conocieron a los más diversos grupos: una abuelita que vivía con su nieto y tres perros que trataba como si fueran hijos; una familia donde todos hablaban con las manos mediante señas; y otra donde vivían tres tías con un grupo de primos. En cada hogar que visitaban, el mensaje era el mismo: no importaba si eran dos, diez, rojos, verdes, altos o bajos. Lo que hacía que aquel lugar fuera mágico era el hilo invisible del cariño que los unía a todos.
—¿Sabes, Pablo? —dijo Lucía mientras descansaban junto a una fuente de chocolate—. En Yecla también tenemos familias así, aunque a veces no nos fijamos tanto. Mi vecina vive solo con su abuelo, y mi primo tiene dos mamás.
—Es verdad —asintió Pablo—. Y todos se ayudan igual que aquí. Creo que Villa Armonía no es tan diferente de nuestro hogar, solo que aquí los colores son más brillantes para que nos demos cuenta de lo que de verdad importa.
De repente, el brillo del Monte Arabí empezó a llamarlos desde la lejanía. Sabían que era hora de volver. Se despidieron de sus nuevos amigos y cruzaron de nuevo la grieta mágica. Al aparecer de nuevo en Yecla, el sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos rosados y naranjas que nada tenían que envidiar a la ciudad fantástica.
Caminaron de regreso a sus casas con el corazón lleno de nuevas historias. Al llegar a la puerta de Lucía, su madre y su padre salieron a recibirla con un abrazo cálido, y Pablo vio a su hermana mayor esperándolo con su juguete favorito. Los dos niños se miraron y sonrieron. Habían aprendido que la familia es ese lugar seguro donde siempre eres bienvenido, sin importar cuántos miembros la formen o qué aspecto tengan. Porque al final del día, el amor es el único idioma que todos, en Yecla o en cualquier mundo fantástico, hablamos con el corazón.
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