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Había una vez, en una pequeña casa situada en la cima de una colina, dos hermanos con una imaginación desbordante: Eduard y Abigail. Eduard, de ocho años, era un niño cuya nariz siempre estaba enterrada en libros de astronomía. Sus ojos brillaban como supernovas cada vez que hablaba de galaxias lejanas y nebulosas de colores. Su sueño más grande no era ser bombero ni futbolista, sino convertirse en astronauta para tocar las estrellas con la punta de sus dedos.
Abigail, su hermana de seis años, era muy diferente. Era tímida y prefería observar el mundo en silencio, pero poseía un ingenio asombroso. Aunque le daban un poco de miedo las alturas, su amor por Eduard era más fuerte que cualquier temor. Ella sabía que su hermano necesitaba un empujón para convertir sus lecturas en una verdadera aventura. Un sábado por la tarde, mientras el sol se ocultaba pintando el cielo de violeta, Abigail entró en la habitación de Eduard con una caja llena de linternas, papel de seda y una vieja brújula del abuelo.
—Eduard —susurró ella—, no podemos esperar a ser mayores para ir al espacio. He construido un simulador de órbita en el jardín. ¡Vamos a buscar los nombres de los planetas!
Eduard, emocionado, tomó su mochila llena de mapas y salieron al patio trasero. Allí, bajo el manto de la noche, la aventura comenzó. Su imaginación transformó el jardín en una plataforma de lanzamiento. '¡Tres, dos, uno... ignición!', gritaron juntos. De repente, el aire pareció vibrar y el suelo se convirtió en una alfombra de estrellas.
Su primera parada fue Mercurio. Eduard explicó que era el planeta más cercano al Sol y el más rápido de todos. 'Es pequeño y está lleno de cráteres, como si hubiera jugado mil partidos de canicas contra los asteroides', dijo Eduard. Abigail usó su linterna para iluminar el camino, imaginando que el calor del sol les rozaba las mejillas.
Siguieron hacia Venus. 'Es el planeta más caliente debido a su densa atmósfera', señaló Eduard mientras caminaban entre los arbustos que ahora parecían nubes de color amarillo brillante. Abigail, con su ingenio, sugirió que Venus era como un horno mágico que guardaba secretos bajo sus nubes de azufre.

Al pasar por la Tierra, ambos suspiraron. Desde su nave imaginaria, se veía como un hermoso mármol azul y verde. 'Es nuestro hogar, el único con agua líquida y vida', recordó Abigail con orgullo. Pero no se detuvieron, pues Marte los esperaba. El suelo del jardín se volvió rojizo bajo sus pies. Eduard les contó sobre los volcanes gigantes y los desiertos de óxido de hierro. 'Es el planeta rojo, el lugar donde algún día los humanos construiremos ciudades', exclamó entusiasmado.
Cruzaron el cinturón de asteroides, saltando sobre piedras imaginarias, hasta llegar al majestuoso Júpiter. Era tan grande que Eduard tuvo que mirar hacia arriba para imaginar su cima. 'Es un gigante gaseoso con una Gran Mancha Roja que es una tormenta eterna', explicó. Abigail se asombró al saber que Júpiter protegía a los otros planetas con su enorme gravedad.
Luego apareció Saturno, el favorito de Abigail. '¡Mira esos anillos!', gritó ella. Eduard le explicó que estaban hechos de pedazos de hielo y roca que brillaban con la luz del sol. Usando un aro de hula-hula, Abigail bailó alrededor de su hermano, representando la belleza del planeta anillado. La timidez de la niña había desaparecido por completo en la inmensidad del espacio.
El viaje se volvió frío al acercarse a Urano y Neptuno. 'Son los gigantes de hielo', dijo Eduard tiritando de mentira. 'Urano gira de lado, como si estuviera cansado, y Neptuno tiene los vientos más fuertes de todo el sistema solar'. Abigail usó una manta azul para envolverse a ambos, protegiéndolos de los vientos gélidos de los confines del cosmos.
Finalmente, después de haber nombrado y visitado cada mundo, los hermanos se sentaron en el césped, que volvía a ser simplemente hierba bajo la luz de la luna real. Eduard miró a su hermana y le dio las gracias. 'Sin tu ingenio, solo habría leído sobre ellos. Hoy, gracias a ti, los he sentido cerca'. Abigail sonrió, dándose cuenta de que ya no tenía miedo a lo desconocido.
Esa noche, mientras dormían, los planetas no eran solo puntos de luz en el cielo, sino amigos que habían visitado. Eduard y Abigail comprendieron que, aunque fueran pequeños, su curiosidad y unión eran motores más potentes que cualquier cohete espacial. Y así, entre sueños de anillos de hielo y desiertos rojos, los hermanos prometieron que su próxima aventura sería aún más lejos, hacia las estrellas que aún no tenían nombre.
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