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Gratis · elegí una vozEl Metro de Santiago era como un reloj gigante. Cada tren llegaba a su hora, cada puerta se abría y cerraba con precisión. Todo estaba en su lugar, como si alguien muy importante hubiera decidido que así debía ser. Don Michel Foucault, un señor muy sabio, decía algo parecido: “El poder moderno actúa disciplinando los cuerpos”. ¡Imagínate! Como si el Metro nos dijera dónde sentarnos y cuándo bajarnos.
Elena, una joven mamá, lo sabía bien. Con su bebé dormido en el cochecito, viajaba tranquila. El Metro era su amigo, un lugar seguro donde todos seguían las reglas.
Pero un día, ¡oh, no! Una rueda del cochecito se atascó entre la puerta y la barra metálica. ¡Un pequeño accidente! Un momento de confusión. Nada grave, pensó Elena.
Y entonces… ¡clic! Un teléfono apareció. Alguien estaba grabando.
¡Puf! Como si una burbuja explotara, el orden se rompió. ¡Bienvenidos al mundo digital! Un mundo donde las cosas cambian muy rápido, como arena movediza. Don Zygmunt Bauman, otro señor muy inteligente, lo llamaba la “modernidad líquida”. Decía que nada es sólido, ni siquiera nuestras ideas.
El video de Elena voló por internet. ¡Zas! De pantalla en pantalla. Los comentarios llegaban como rayos:
* “¡Qué falta de respeto!”
* “¡Multa inmediata!”
* “¡Que la funen!” (¡Una palabra fea que significa castigar a alguien en las redes sociales!).
Elena, la mamá trabajadora, se convirtió en “La Mamá del Coche”. La persona se transformó en un personaje. Su vida privada se convirtió en un espectáculo público.
¡Imagínate! Antes, para vigilarnos, necesitábamos una torre alta y un guardia que nos observara sin que lo viéramos. Don Foucault lo llamaba el “panóptico”.
Pero ahora, ¡la torre es un celular! Cada uno de nosotros puede ser un vigilante. Todos observan, todos juzgan, pero nadie se hace responsable de lo que dice.
Elena sintió un nudo en la garganta. No era una multa, ni un castigo físico. Era algo peor: un dolor en el corazón, una vergüenza pública. Se sentía como si todos la estuvieran mirando con ojos acusadores.
Mientras Elena lloraba en casa, sintiéndose muy triste, la red buscaba otra historia. ¡Otra funa! ¡Otro enemigo! ¡Otro espectáculo!
Porque, como decía Don Bauman, “las relaciones humanas se vuelven frágiles, superficiales y reemplazables”. Elena se sintió como un juguete roto, usado y tirado a la basura.
Sofía, una estudiante de Psicología que le gustaba pensar mucho sobre estas cosas, vio el video y se puso a reflexionar:
—Antes, aprendíamos las reglas en la escuela, en la casa, en los libros. Ahora, ¡las reglas se escriben en los comentarios de internet! ¡Qué loco!
La modernidad nos ofrecía estructuras sólidas, como el Metro con sus rieles rectos. Pero la posmodernidad líquida deshace esas certezas, y con ellas se van la empatía, el tiempo para pensar, ¡y hasta el derecho a equivocarnos!
El Metro seguía su camino, avanzando entre estaciones con nombres modernos y brillantes. Pero los pasajeros, dentro de los vagones, vivían en un mundo diferente, un mundo donde todos se vigilan y se juzgan.
¡Un lugar que prometía seguridad se había convertido en un escenario de vigilancia mutua!
Sofía, preocupada por todo esto, decidió escribir algo para su clase:
“No hay justicia en un castigo sin rostro. Si nuestra identidad depende de lo que digan en las redes sociales, perdemos nuestra dignidad y nos volvemos crueles.”
Porque, en este cambio de mundo tan rápido:
* Del orden sólido al juicio líquido…
* De las instituciones importantes a la multitud en internet…
* De mirarnos con respeto a observarnos con sospecha…
Todos corremos el riesgo de convertirnos en:
* El próximo video viral.
* El próximo hashtag cruel.
* La próxima víctima del panóptico digital.
Por eso, ¡debemos ser amables! ¡Debemos pensar antes de escribir! ¡Debemos recordar que detrás de cada pantalla hay una persona con sentimientos! Y así, quizás, podamos hacer del Metro (y del mundo) un lugar un poquito mejor.
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