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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle escondido entre montañas violetas, una niña llamada Lila. Lila no era una niña común. Tenía un Minotauro guardián, un ser peludo y de cuernos retorcidos, pero con ojos sorprendentemente amables. Este Minotauro, llamado Mino, era el guardián de su alma.
El alma de Lila era un laberinto intrincado, lleno de pasillos sinuosos y jardines secretos. Por estos pasillos caminaban las personas que Lila amaba: su abuela que contaba historias de estrellas, su gato Pancho que ronroneaba como un motorcito, y su mejor amigo, Tomás, con su risa contagiosa.
Pero el laberinto del alma de Lila también tenía una peculiaridad oscura. Cada vez que alguien cercano a Lila le hacía daño, ya fuera intencionalmente o no, su alma, representada como una pequeña figurita de luz, entraba al laberinto. Y Mino, con el corazón apesadumbrado, debía… devorarla.
No era una devoración literal, claro. Era más bien una absorción. Mino se comía la tristeza, el dolor, la decepción. Pero cada vez que lo hacía, una pequeña parte del laberinto se oscurecía, se marchitaba. Lila sentía el dolor como una punzada en el pecho, como una sombra que se extendía por su sonrisa.
Un día, Lila y Tomás tuvieron una gran pelea. Un malentendido, una palabra dicha sin pensar. Pero para Lila, dolió profundamente. Sintió como una nueva figurita de luz, la de Tomás, entraba en su laberinto. La ira y el dolor la cegaron.
"¡Mino!", gritó Lila, con los ojos llenos de lágrimas. "¡Quiero que te comas a Tomás! ¡No quiero que siga caminando por mi laberinto! Me ha hecho mucho daño!"
Mino, que estaba acurrucado junto a la entrada del laberinto, levantó la cabeza. Sus grandes ojos marrones se llenaron de tristeza. "Pero Lila...", murmuró con su voz grave y retumbante. "Tomás es un alma buena. Un alma llena de luz y alegría. No puedo hacer eso."
Lila estaba atónita. Nunca antes Mino se había negado a hacer lo que ella le pedía. "Pero… pero me lastimó", sollozó.
"Lo sé, pequeña estrella", dijo Mino, usando el apodo cariñoso que le había puesto cuando era niña. "Pero el dolor es parte de la vida. Y Tomás no lo hizo con maldad. Se arrepiente. Lo veo en su alma."
Lila se cruzó de brazos, obstinada. "No me importa. ¡Es mi laberinto y yo decido quién se queda y quién se va!"
Mino se levantó y se acercó a Lila. Era mucho más grande que ella, pero su mirada era suave. "Tu laberinto es parte de ti, Lila. Y las personas que lo recorren te ayudan a crecer, incluso cuando te lastiman. Si me pides que me coma a Tomás, estarás destruyendo una parte de ti misma."
Lila no quería escucharlo. Siguió llorando, sintiendo la furia burbujear en su interior.
Mino suspiró. "Te mostraré algo", dijo. Extendió una de sus grandes manos y la colocó suavemente sobre el pecho de Lila. De repente, Lila pudo ver a través de los ojos de Mino. Vio su propio laberinto, brillante y lleno de vida. Pero también vio las zonas oscuras, los lugares donde Mino había tenido que absorber el dolor. Vio cómo cada absorción lo había debilitado, cómo una pequeña parte de él se había apagado.
Luego, Mino le mostró el alma de Tomás. Era una figurita brillante, sí, pero también estaba rodeada de una nube de tristeza y arrepentimiento. Tomás estaba caminando por el laberinto, buscando a Lila, tratando de encontrar el camino de regreso a su corazón.
Lila vio el sincero arrepentimiento de Tomás y sintió una punzada de culpa. Se dio cuenta de que había estado tan concentrada en su propio dolor que no había visto el de Tomás.
"Pero… ¿qué hago?", preguntó Lila, con la voz temblorosa.
"Habla con él", dijo Mino. "Dile cómo te sientes. Escúchalo a él. Permítele que te pida perdón. Y luego, si puedes, perdónale tú también."
Lila asintió, secándose las lágrimas. Se separó de la mano de Mino y corrió a buscar a Tomás.
Lo encontró sentado bajo el gran árbol de sauce del parque, con la cabeza gacha. Cuando Lila se acercó, levantó la vista y sus ojos se llenaron de esperanza.
Lila respiró hondo y le dijo a Tomás todo lo que sentía. Tomás escuchó atentamente y luego le explicó por qué había dicho lo que dijo. Se disculpó sinceramente y le prometió que nunca volvería a lastimarla a propósito.
Lila lo escuchó con el corazón abierto. Vio la sinceridad en sus ojos y sintió que la ira y el dolor se desvanecían. Le perdonó a Tomás, y sintió como una nueva luz entraba en su laberinto, iluminando los rincones oscuros.
Desde ese día, Lila aprendió una valiosa lección. Aprendió que el dolor es parte de la vida, pero que el perdón y la comprensión son aún más importantes. Aprendió que su Minotauro guardián, Mino, no solo estaba allí para protegerla del dolor, sino también para guiarla hacia la luz. Y aprendió que incluso el laberinto del alma más intrincado puede llenarse de amor y alegría, siempre y cuando estemos dispuestos a abrir nuestros corazones.
Tomás volvió a ser su mejor amigo, y el laberinto del alma de Lila se hizo más brillante y hermoso que nunca. Y Mino, el Minotauro corazón de oro, siguió cuidando de ella, con amor y sabiduría, por el resto de sus días.
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