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Gratis · elegí una vozTito vivía en un pueblo pequeño y soleado, con casas de colores y calles empedradas. Un día, Tito recibió un regalo muy especial: ¡una caja sorpresa! Era de cartón, cubierta de pegatinas brillantes y atada con un lazo rojo. Tito no podía esperar para abrirla, pero decidió guardarla para un momento especial. Salió a la plaza del pueblo, llevando la caja con cuidado entre sus brazos.
En la plaza, la vida era bulliciosa. Doña Elena, una señora de pelo blanco y gafas redondas, estaba sentada en un banco, vigilando a sus nietos, Sofía y Mateo, que jugaban a la pelota. El camarero del bar "Sol", Don Pepe, limpiaba las mesas con un trapo, silbando una melodía alegre. La jardinera, Marta, regaba las flores del jardín central, con su sombrero de paja y una sonrisa amable. Y luego estaba Lucas, un chico un poco diferente, con el pelo teñido de azul, pantalones rotos y una chaqueta llena de parches. Lucas siempre estaba solo, leyendo un libro en una esquina.
Tito colocó la caja sorpresa con cuidado en el suelo, justo al lado del banco de Doña Elena. Decidió ir a saludar a Don Pepe y pedirle un zumo de naranja. "¡Hola, Don Pepe!", gritó Tito. Don Pepe le sonrió. "¡Hola, Tito! ¿Qué tal esa caja tan misteriosa?", preguntó. Tito se encogió de hombros con una sonrisa traviesa. "Es una sorpresa, Don Pepe. ¡Pero no puedo decirte qué hay dentro!", respondió. Don Pepe le guiñó un ojo y le preparó el zumo.
Después de beber su zumo, Tito regresó a donde había dejado su caja. ¡Pero la caja no estaba! Tito sintió que el corazón le daba un vuelco. "¡Mi caja! ¡Mi caja! ¿Dónde está mi caja?", gritó desesperado. Sus gritos resonaron por toda la plaza. Doña Elena, Sofía, Mateo, Don Pepe, Marta y Lucas se acercaron corriendo, preocupados por lo que sucedía.
"¿Qué pasa, Tito? ¿Por qué gritas?", preguntó Doña Elena, con Sofía y Mateo agarrados a sus faldas. "¡Mi caja! ¡Alguien ha robado mi caja sorpresa! Estaba aquí mismo, al lado del banco", explicó Tito, con lágrimas en los ojos. La plaza se llenó de murmullos y miradas acusadoras.
"¡Yo no he sido!", exclamó Don Pepe, levantando las manos. "Estaba limpiando las mesas, ¿cómo iba a robar una caja?" Marta, la jardinera, negó con la cabeza. "Yo estaba regando las flores. No he visto nada raro", dijo. Doña Elena frunció el ceño. "Mis nietos estaban jugando aquí mismo. Ellos no han cogido nada", afirmó. Sofía y Mateo asintieron con la cabeza, con los ojos muy abiertos. Todos miraron a Lucas, el chico de pelo azul, que permanecía en silencio, con su libro en la mano.
"¡Seguro que has sido tú!", acusó Doña Elena. "Siempre estás solo y tienes pintas raras". Lucas levantó la vista, sorprendido. "¿Yo? Yo no he robado nada. Estaba leyendo", respondió, mostrando el libro. Tito no sabía a quién creer. Estaba muy triste y enfadado. "¡Alguien tiene que haber cogido mi caja!", gritó de nuevo.
De repente, Sofía, la nieta de Doña Elena, tiró de la falda de su abuela. "Abuela, mira", dijo, señalando detrás del banco. Detrás del banco, medio oculta entre las flores, ¡estaba la caja de Tito! Pero… ¡el lazo rojo estaba desatado! Tito corrió hacia la caja y la abrió con cuidado. Dentro no había un juguete caro ni un tesoro brillante. Había… ¡semillas de flores! Semillas de todos los colores y tamaños.
Tito recordó que, antes de pedir el zumo, había visto a Marta, la jardinera, sin semillas para plantar en el jardín. Sintió vergüenza por haber acusado a todos. "Lo siento mucho a todos", dijo Tito. "Pensé que alguien había robado mi caja, pero… creo que se cayó detrás del banco. Y el lazo se desató". Marta sonrió. "Quizás las semillas querían salir y florecer", dijo.
Lucas se acercó a Tito. "¿Quieres plantar algunas semillas conmigo?", le preguntó. Tito asintió con entusiasmo. Juntos, Tito y Lucas plantaron las semillas en el jardín de la plaza. Doña Elena y sus nietos les ayudaron. Don Pepe trajo más zumo de naranja. Marta les enseñó cómo cuidar las plantas. La plaza se llenó de risas y alegría. Tito aprendió que las apariencias engañan y que, a veces, las mejores sorpresas vienen en cajas llenas de semillas. Y descubrió que, en su pequeño pueblo, la amistad era el tesoro más valioso de todos.
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