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Gratis · elegí una vozDon Ramiro vivía en una casita pequeña, muy lejos del bullicio de la ciudad. Trabajaba haciendo mandados para el puesto de salud del pueblo. Un día, la enfermera le entregó una caja de madera, bien cerrada con una cuerda gruesa. "Don Ramiro, necesitamos que lleve esta caja a la comisaría. Es urgente", le dijo con voz seria. "No la abra por nada del mundo, es muy importante".
Don Ramiro, un hombre obediente y curioso, asintió con la cabeza. Tomó la caja con cuidado, notando que era sorprendentemente ligera. Comenzó su largo camino a pie, la caja bajo el brazo. El sol pegaba fuerte y el camino era polvoriento. A medida que se alejaba del puesto de salud, el silencio del campo lo envolvía. Solo se oían los cantos de los pájaros y el zumbido de los insectos.
De repente, en medio de la tranquilidad, Don Ramiro escuchó un llanto. Era el suave sollozo de una niña, seguido por una voz maternal que intentaba consolarla. "Shhh, mi niña, ya, ya... todo estará bien", susurraba la voz. Don Ramiro sintió un escalofrío. No quiso voltear. Pensó que quizás una familia estaba pasando por un mal momento y no quería entrometerse. Siguió caminando, apresurando el paso.
Pero el llanto no cesaba. Don Ramiro juraría que la niña y su madre lo seguían, cada vez más cerca. Podía oír los pasos suaves detrás de él, el roce de la ropa, el constante y lastimero llanto. Se sentía incómodo, nervioso. La caja en su brazo le pesaba más que antes.
Después de caminar lo que le parecieron horas, Don Ramiro divisó un coche a lo lejos. Con renovadas energías, corrió hacia él, agitando los brazos para que se detuviera. El coche, un viejo taxi amarillo, frenó con un chirrido. Un hombre de bigote y gorra se asomó por la ventanilla.
"¡Por favor, señor! ¿Me puede llevar al pueblo? ¡Es urgente!", exclamó Don Ramiro, sin aliento.
"¿Qué trae ahí?", preguntó el taxista, señalando la caja.
"Es un encargo del puesto de salud para la comisaría", respondió Don Ramiro.
"Suba, suba. Pero apúrese, que no tengo todo el día".
Don Ramiro estaba a punto de subir al taxi cuando se acordó del llanto. "Espere un momento, señor. Hay una señora con su hija que viene detrás. La niña está llorando mucho. Déjelas subir también, por favor".
El taxista frunció el ceño y miró hacia atrás. "¿Señora? ¿Niña? Aquí no hay nadie, señor. Solo usted".
Don Ramiro se quedó perplejo. Miró a su alrededor. Efectivamente, no había nadie a la vista. El camino estaba desierto. ¿Había imaginado el llanto? ¿La voz de la madre? Estaba confundido.
"Debe estar cansado del camino, señor. Suba, suba", insistió el taxista.
Don Ramiro, aún dudoso, subió al taxi. Durante el trayecto, no dejó de mirar por la ventana, esperando ver a la misteriosa mujer y a su hija. Pero no vio nada.
Finalmente, llegaron a la comisaría. Don Ramiro se bajó del taxi y le pagó al taxista, quien se marchó rápidamente, quizás pensando que Don Ramiro estaba un poco loco.
Don Ramiro entró a la comisaría y se dirigió al mostrador. "Buenas tardes, señores. Traigo un paquete del puesto de salud", dijo, entregando la caja al oficial de guardia.
"Ah, sí, estábamos esperándolo", respondió el oficial. "¿De qué se trata?"
"No lo sé, señor. La enfermera me dijo que era urgente y que no debía abrirlo", explicó Don Ramiro.
"Está bien. Espere un momento, vamos a ver qué es", dijo el oficial, tomando un cuchillo para cortar la cuerda que ataba la caja.
Don Ramiro sintió curiosidad, pero también un presentimiento extraño. Mientras el oficial forcejeaba con la cuerda, Don Ramiro pensaba en el llanto de la niña y en la voz de la madre. ¿Qué relación tenía todo eso con la caja?
Finalmente, la cuerda se rompió y el oficial abrió la caja. Lo que encontraron dentro dejó a todos sin aliento. No eran medicinas, ni documentos, ni nada parecido. Dentro de la caja, sobre un lecho de algodón, descansaba un pequeño cráneo humano. Era el cráneo de una niña.
Don Ramiro se quedó pálido, sin poder creer lo que veía. Jamás imaginó que la ligera caja que había cargado durante todo el camino contenía los restos de una niña. El llanto, la voz de la madre... ¿habían sido reales? ¿O solo producto de su imaginación?
Los oficiales comenzaron a interrogar a Don Ramiro, tratando de averiguar quién había puesto el cráneo en la caja y por qué. Don Ramiro les contó todo lo que sabía, desde el encargo de la enfermera hasta el llanto que escuchó en el camino. Pero no pudo darles ninguna respuesta concreta. El misterio de la caja silenciosa, y del cráneo que contenía, quedó sin resolver. Don Ramiro, por su parte, nunca olvidaría aquel día y el escalofriante viaje que lo llevó a descubrir el secreto más macabro que jamás había imaginado.
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