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Había una vez, en un pequeño pueblo lleno de casas de colores brillantes y jardines florecientes, un niño llamado Tomás. Tomás era un niño muy alegre y curioso, pero a veces se olvidaba de una palabra muy importante: "por favor".
Un día, la abuela Elena, una señora con el cabello blanco como la nieve y una sonrisa cálida, horneó sus famosas galletas de chocolate. El aroma dulce llenó toda la casa, atrayendo a Tomás como un imán. Las galletas estaban colocadas en un plato sobre la mesa de la cocina, listas para ser devoradas.
Tomás entró corriendo a la cocina, sus ojos brillando al ver las deliciosas galletas. Sin pensarlo dos veces, extendió la mano para agarrar una.
"¡Una galleta!" exclamó, tomando la más grande del plato.
La abuela Elena, que estaba cerca, le sonrió suavemente. "Tomás, ¿no te olvidas de algo?"
Tomás, con la boca llena de galleta, frunció el ceño. "¿De qué?"
La abuela Elena señaló el plato de galletas. "¿Cómo se le pide algo a alguien?"
Tomás pensó por un momento. Se había olvidado de la palabra mágica. "¡Ah!… Quiero… galleta… " dijo, señalando el plato.
La abuela Elena sonrió. "Casi, Tomás. ¿Qué tal si intentas decir: Abuela, ¿me das una galleta, por favor?"
Tomás repitió las palabras, aunque le costó un poco. "Abuela, ¿me das una galleta, por favor?"
La abuela Elena le entregó otra galleta con una sonrisa. "¡Muy bien, Tomás! Ves, cuando usamos por favor, las cosas son mucho más agradables."
Tomás se comió la segunda galleta, saboreándola mucho más que la primera. Se dio cuenta de que la abuela tenía razón. Decir "por favor" hacía que la galleta supiera aún mejor.
Al día siguiente, un misterio sacudió la casa de la abuela Elena. ¡Una de las galletas había desaparecido del plato! Tomás, la abuela Elena y el gato Misi, eran los únicos que estaban en la casa.
"¡Oh, no! ¿Quién se ha comido la galleta?" exclamó la abuela Elena, mirando el plato vacío.
Tomás negó con la cabeza. "Yo no fui, abuela. Ya me comí las que me diste ayer."
Misi, el gato, se acurrucó en el suelo, ronroneando inocentemente. Parecía no saber nada al respecto.
La abuela Elena se rascó la cabeza, pensativa. "Esto es un misterio. Tendremos que resolverlo."
Tomás recordó lo que había aprendido sobre la palabra mágica. Decidió usarla para investigar. Se acercó a Misi y dijo: "Misi, ¿viste quién se comió la galleta, por favor?"
Misi levantó la cabeza, maulló suavemente y luego corrió hacia la ventana. Saltó al alféizar y comenzó a mirar hacia el jardín.
Tomás y la abuela Elena siguieron a Misi hasta la ventana. En el jardín, vieron a una ardilla traviesa sentada en una rama, ¡con un trozo de galleta en la boca!
La ardilla, al verse descubierta, salió corriendo con su botín. Tomás y la abuela Elena se rieron a carcajadas.
"¡La ardilla era la ladrona de galletas!" exclamó Tomás.
La abuela Elena asintió. "Parece que incluso las ardillas no pueden resistirse a mis galletas. Pero mira, Tomás, incluso para resolver un misterio, la palabra por favor nos ayudó. Le pediste a Misi que nos ayudara, y él lo hizo."
Tomás sonrió. Había aprendido una valiosa lección. No solo era importante decir "por favor" para pedir cosas, sino también para pedir ayuda y mostrar respeto a los demás.
Desde ese día, Tomás siempre recordaba usar la palabra mágica. La usaba para pedirle a su abuela que le leyera cuentos, para pedirle a su papá que lo llevara al parque y para pedirle a sus amigos que jugaran con él. Descubrió que cuando usaba "por favor", la gente siempre estaba más dispuesta a ayudarlo y a hacer las cosas que él quería. Incluso las ardillas, probablemente, serían más amables si les pidiera la galleta con un "por favor".
Y así, Tomás, el niño que a veces olvidaba la palabra mágica, se convirtió en el niño que siempre la recordaba, haciendo del mundo un lugar más amable y agradable para todos a su alrededor. Aprendió que "por favor" no era solo una palabra, sino una llave mágica que abría puertas y corazones.
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