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Gratis · elegí una vozEn un pueblito escondido entre montañas altísimas y campos llenos de flores bailarinas, vivía una niña llamada Lucía. Lucía amaba la noche. Cada noche, antes de dormir, se asomaba a su ventana para saludar a la Luna. La Luna, redonda y brillante, siempre le devolvía una sonrisa plateada que llenaba de paz su corazón.
Pero una noche, algo terrible había sucedido. Lucía abrió su ventana y... ¡horror! La Luna no sonreía. Estaba allí, redonda y brillante como siempre, pero su sonrisa, esa curva suave y luminosa que tanto amaba Lucía, ¡había desaparecido!
Lucía sintió un vuelco en el estómago. ¿Dónde se había ido la sonrisa de la Luna? Preocupada, decidió que tenía que hacer algo. No podía permitir que la Luna estuviera triste. Se puso su pijama con estrellitas, sus pantuflas de conejito y, con una linterna en mano, salió de su casa.
El pueblo estaba en silencio, bañado por la luz pálida de las estrellas. Lucía caminó hasta la plaza, donde se encontraba el árbol más antiguo del pueblo, un roble gigante que, según decían las abuelas, había visto más lunas que nadie. Se acercó al árbol y, con voz suave, le preguntó:
—Abuelo Roble, ¿has visto la sonrisa de la Luna? ¡Ha desaparecido!
El roble, cuyas hojas susurraban con la brisa nocturna, respondió con una voz grave y sabia:
—La sonrisa de la Luna es un tesoro muy valioso, Lucía. No se pierde así como así. Quizás alguien la ha tomado prestada.
—¿Tomada prestada? ¿Quién querría tomar prestada la sonrisa de la Luna? —preguntó Lucía, confundida.
—Busca a quien esté triste, Lucía. Quien no tenga alegría en el corazón. Quizás allí encuentres la respuesta —respondió el roble.
Lucía siguió el consejo del abuelo roble. Caminó por las calles del pueblo, observando a la gente. Vio a Don José, el panadero, con el ceño fruncido mientras cerraba su tienda. Vio a la señora Emilia, la florista, con los ojos aguados mientras regaba sus flores. Pero ninguno parecía tener la sonrisa de la Luna.
De repente, escuchó un sollozo proveniente del parque. Se acercó con cuidado y vio a un niño sentado en un columpio, con la cabeza gacha. Era Mateo, un niño nuevo en el pueblo que siempre parecía estar solo.
—¿Estás bien, Mateo? —preguntó Lucía con dulzura.
Mateo levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos e hinchados.
—No… no estoy bien —dijo con voz temblorosa—. Extraño mucho mi antigua casa, mis amigos… todo es diferente aquí.
Lucía entendió. Mateo estaba triste, muy triste. Se sentó a su lado en el columpio.
—Yo sé lo que es sentirse así —dijo Lucía—. Cuando me mudé a esta casa, también me sentí sola. Pero luego conocí a mis amigos y aprendí a amar este pueblo.
Lucía sacó de su bolsillo una pequeña estrella de papel que había hecho en la escuela. Se la ofreció a Mateo.
—Toma —dijo Lucía—. Esta estrella te recordará que siempre hay luz, incluso en la oscuridad.
Mateo tomó la estrella y la miró con curiosidad. Una pequeña sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios.
—Gracias —dijo Mateo—. Es muy bonita.
En ese momento, Lucía sintió una sensación extraña. Miró hacia arriba y… ¡allí estaba! La Luna, brillando con su sonrisa plateada de siempre. La sonrisa había regresado.
Lucía entendió. La sonrisa de la Luna no se había perdido. Simplemente, había estado prestando su alegría a Mateo. Al consolar a Mateo y ofrecerle su amistad, Lucía había ayudado a la Luna a recuperar su sonrisa.
Lucía y Mateo se quedaron un rato en el parque, hablando y riendo bajo la luz de la Luna sonriente. Mateo le contó a Lucía sobre su antigua casa y sus amigos, y Lucía le contó sobre los lugares mágicos de su nuevo pueblo.
Desde esa noche, Lucía y Mateo se hicieron grandes amigos. Juntos exploraron el pueblo, jugaron en el parque y compartieron muchas aventuras. Y cada noche, antes de dormir, Lucía se asomaba a su ventana para saludar a la Luna, que siempre le devolvía una sonrisa aún más brillante que antes, una sonrisa que compartía con todos los que necesitaban un poco de alegría en su corazón.
La Luna había aprendido una valiosa lección: que la verdadera alegría se encuentra al compartirla con los demás. Y Lucía había aprendido que incluso la más pequeña de las acciones puede iluminar la noche más oscura.
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