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Gratis · elegí una vozA Lucía no le gustaba nada, pero nada, su hermano Tomás. Tomás era tres años menor, lo que significaba que era experto en: 1) robarle sus crayones favoritos, el azul cielo y el verde esmeralda; 2) cantar canciones tontas a todo pulmón justo cuando Lucía intentaba leer; y 3) dejar sus calcetines sucios, apestosos y desparejados ¡en el lugar más inesperado! Un día, Lucía encontró un calcetín rayado de Tomás en el bote de su planta de fresas. ¡En el bote! La paciencia de Lucía se agotó como un globo desinflado. "¡Lo odio!" gritó al cielo. "¡Desearía que desapareciera!"
Justo después de gritar eso, sintió un cosquilleo en la nariz. Estornudó. Y el mundo pareció dar una vuelta. Cuando abrió los ojos, todo estaba… ¡raro! Su habitación era la misma, pero a la vez diferente. Faltaba algo. Miró a su alrededor, buscando el caos habitual que Tomás siempre dejaba atrás. Pero no había juguetes tirados, ni dibujos a medio terminar, ni… ¡calcetines apestosos! ¡Tomás no estaba!
"¡Al fin!" pensó Lucía. "¡Paz y tranquilidad!" Se sentó en su escritorio para dibujar. ¡Azul cielo! ¡Verde esmeralda! Podía usarlos sin que nadie se los quitara. Intentó cantar una canción, pero le pareció extrañamente silenciosa. Hasta que se dio cuenta: no oía a Tomás cantando sus tonterías. Fue a la sala. No había dibujos pegados en la nevera con imanes torcidos. No había un castillo de almohadas construido en el sofá. No había… nada. Era como si Tomás nunca hubiera existido.
Al principio, Lucía disfrutó del silencio. Disfrutó de tener todos los crayones y todos los juguetes para ella sola. Disfrutó de poder ver su programa favorito sin interrupciones. Pero después de un rato, el silencio se volvió… pesado. Empezó a extrañar el ruido de los carritos de juguete chocando contra el suelo. Empezó a extrañar las canciones tontas, aunque fueran desafinadas. Empezó a extrañar… incluso los calcetines apestosos.
Esa noche, Lucía no podía dormir. Se sentía un poco… culpable. ¿Había sido su deseo el que había hecho desaparecer a Tomás? Bajó las escaleras y encontró a su mamá sentada en la cocina, tomando una taza de té. "Mamá," dijo Lucía con voz temblorosa, "¿no echas de menos a Tomás?"
Su mamá la miró con confusión. "¿A Tomás? Lucía, cariño, no tenemos ningún Tomás." Lucía sintió un escalofrío. ¡Incluso su mamá lo había olvidado! Tenía que hacer algo. Recordó el cosquilleo en la nariz y el estornudo. Tal vez, si hacía lo mismo, Tomás volvería.
Subió corriendo a su habitación, cerró los ojos y pensó en Tomás. Pensó en sus calcetines apestosos, en sus canciones tontas y en cómo siempre le robaba los crayones. Pero esta vez, no sintió enojo. Sintió… ¿cariño? Pensó en cómo Tomás siempre la seguía a todas partes, queriendo jugar con ella. Pensó en cómo, cuando se caía, Tomás siempre corría a abrazarla. Pensó en cómo, aunque a veces la volvía loca, en realidad lo quería mucho. Intentó estornudar, pero nada. Intentó de nuevo. ¡Nada!
Desesperada, bajó a la cocina y le preguntó a su mamá: "Mamá, ¿dónde guardas la pimienta?"
Su mamá la miró con curiosidad, pero le indicó el estante. Lucía tomó el bote de pimienta, cerró los ojos y respiró hondo. ¡Achís! Estornudó con todas sus fuerzas. De nuevo, el mundo dio una vuelta. Cuando abrió los ojos, escuchó… ¡una canción tonta! Y ahí estaba, en el sofá, con un calcetín rayado en la mano y el otro en la cabeza, cantando a todo pulmón. "¡Lucía! ¡Mira mi sombrero de calcetín!" gritó Tomás, corriendo a abrazarla.
Lucía lo abrazó con fuerza. "¡Tomás! ¡No vuelvas a desaparecer!" Tomás la miró confundido. "¿Desaparecer? Pero si siempre estoy aquí."
Desde ese día, Lucía ya no odió a Tomás. Todavía le molestaban sus calcetines apestosos y sus canciones tontas, pero ahora sabía que la vida sin él sería mucho peor. Incluso empezó a dejarle usar sus crayones, aunque solo un poquito. Y a veces, hasta cantaba con él, aunque fuera en secreto. Y cuando encontraba un calcetín desparejado, ya no gritaba. Simplemente sonreía y pensaba: "Ese Tomás… ¡siempre tan Tomás!"
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