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Javier, con sus trece años y una altura que ya casi alcanzaba la de su padre, prefería mil veces jugar videojuegos a doblar la ropa. David, de doce y con la energía de un cachorro, encontraba más emocionante construir fortalezas de almohadas que lavar los platos. Eran hermanos, sí, pero la colaboración en casa era… digamos, una palabra inexistente en su vocabulario.
Su madre, Sofía, suspiraba con frecuencia. "¡Chicos, necesito ayuda! La casa no se limpia sola", les recordaba casi a diario. Pero Javier se excusaba con los deberes y David con la creación de un nuevo invento con cajas de cartón. El padre, Miguel, también intentaba animarlos, pero sus recordatorios terminaban perdidos entre el ruido de la televisión y las risas de los hermanos.
Un día, Sofía, cansada de la situación, decidió tomar medidas drásticas. "¡Se acabó!" exclamó durante la cena. "A partir de mañana, la casa estará dividida en zonas. Cada uno tendrá su responsabilidad, y si no se cumplen, ¡adiós videojuegos y construcciones!"
Javier y David se miraron con preocupación. La idea de perder sus pasatiempos favoritos no les hacía ninguna gracia. Al día siguiente, un cartel enorme, dividido en secciones con nombres, colgaba en la nevera. Javier era responsable de la cocina y David del salón.
Los primeros días fueron un desastre. Javier dejaba migas por todas partes y David acumulaba juguetes y libros en montañas peligrosas. Las discusiones eran constantes. "¡Tu cocina está asquerosa!" gritaba David. "¡Y tu salón parece una jungla!" respondía Javier.
Pero entonces, algo extraño comenzó a suceder. Los calcetines. ¡Desaparecían! No importa cuántos lavaran, siempre faltaba uno. Primero un calcetín azul de Javier, luego uno rojo de David, después uno a rayas de Sofía… ¡Un misterio! La casa era un caos, sí, pero ahora también estaba embrujada por un ladrón de calcetines.
"¡Esto es obra tuya!" acusó Javier a David. "¡Estás escondiendo los calcetines para echarme la culpa!"
"¡Yo no he sido!" se defendió David. "¡Además, también se están llevando los míos! ¿Por qué haría eso?"
Decidieron investigar. Javier, con su lógica adolescente, inspeccionó cada rincón de la cocina. David, con su ingenio infantil, buscó pistas en el salón. Revisaron debajo de los sofás, detrás de los armarios, incluso dentro del bote de las galletas. ¡Nada!
Una tarde, mientras Javier fregaba los platos (a regañadientes), notó algo inusual. Un pequeño hilo de lana asomaba por debajo de la lavadora. Tiró del hilo y… ¡sorpresa! Un calcetín azul, exactamente igual al que había perdido, salió arrastrándose.
"¡David, ven aquí!" gritó Javier emocionado. David corrió a la cocina y juntos, con cuidado, movieron la lavadora. Detrás, en un rincón oscuro y polvoriento, descubrieron… ¡un nido! Un nido enorme, hecho de calcetines de todos los colores y tamaños. ¡Una familia de ratones había estado robando los calcetines para construir su hogar!
Javier y David se miraron y, por primera vez en días, se rieron juntos. Habían resuelto el misterio de los calcetines desaparecidos. Pero ahora, ¿qué harían con los ratones?
Decidieron hablar con sus padres. Miguel, con su paciencia habitual, les sugirió llamar a un experto para reubicar a los ratones en un lugar seguro y alejado de la casa. Sofía, aliviada de que la misteriosa desaparición de calcetines no fuera producto de su imaginación, accedió de inmediato.
Esa noche, mientras esperaban al experto, Javier y David se sentaron juntos en el salón. "Sabes", dijo Javier, "quizás deberíamos ayudar un poco más en casa".
"Sí", respondió David. "Y quizás podríamos hacerlo… juntos".
Al día siguiente, después de que los ratones fueron reubicados, Javier y David limpiaron la casa juntos. Javier fregó los platos con más entusiasmo y David recogió los juguetes con más cuidado. Se dieron cuenta de que trabajar en equipo no era tan malo, e incluso podía ser… divertido. Y aunque de vez en cuando seguían discutiendo, la colaboración se había convertido en una palabra que, poco a poco, comenzaba a formar parte de su vocabulario. Y los calcetines, por fin, permanecían en pares.
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