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Ariana era una niña muy especial. Su mente era como un universo lleno de estrellas brillantes, ideas que chispeaban y una curiosidad insaciable. Le encantaba dibujar. Con sus lápices de colores, podía crear mundos enteros en un papel: castillos flotantes, animales parlantes y paisajes llenos de magia. Pero Ariana tenía un pequeño secreto, un volcán escondido dentro de su corazón. Cuando se sentía frustrada o enojada, ¡pum!, el volcán hacía erupción y sus pobres lápices de colores sufrían las consecuencias. Los partía, los rompía, los dejaba hechos pedacitos.
Su mamá, Doña Elena, veía a Ariana como una pequeña adulta. Confiaba mucho en su inteligencia, a veces demasiado. La regañaba con frases largas y complicadas que a veces Ariana no entendía del todo. A pesar de las regañinas, Doña Elena a veces le compraba libros de arte o una nueva caja de lápices de colores, aunque con un poco de miedo a que terminaran destrozados. “Eres muy inteligente, Ariana,” le decía su mamá, “debes aprender a controlar tus emociones.”
El papá de Ariana, Don Ricardo, era diferente. Él era más de abrazos y sonrisas. Sabía que Ariana era inteligente, pero también sabía que era una niña. A veces, le compraba a escondidas una nueva libreta para dibujar o un estuche de acuarelas brillantes. Él entendía que a Ariana le costaba mucho expresar lo que sentía con palabras. En lugar de regañarla, intentaba hablar con ella con calma y paciencia.
Un día, Ariana estaba dibujando un dragón increíblemente detallado. Estaba tan concentrada que casi no escuchó a su mamá llamándola para cenar. Cuando finalmente se levantó, tropezó y cayó sobre su dibujo, ¡arruinándolo por completo! La frustración la invadió como una ola gigante. Sintió que el volcán en su interior comenzaba a rugir. Tomó su lápiz rojo favorito, el que usaba para dibujar las llamas del dragón, y ¡CRACK! Lo partió por la mitad.
Doña Elena, al escuchar el ruido, entró corriendo en la habitación. Vio el dibujo arruinado, el lápiz roto y la cara roja de furia de Ariana. Suspiró. “Ariana, ¡otra vez con lo mismo! Ya te he dicho mil veces que…”, comenzó a regañar, pero Don Ricardo la interrumpió.
“Elena, espera,” dijo Don Ricardo, acercándose a Ariana. Se agachó a su altura y le tomó la mano. “Ariana, ¿qué pasó?” le preguntó con suavidad.
Ariana, con los ojos llenos de lágrimas, señaló el dibujo arruinado. “¡Lo arruiné! ¡Estaba quedando perfecto!”
Don Ricardo abrazó a Ariana. “Lo sé, cariño. Es frustrante cuando algo no sale como queremos. Pero romper los lápices no lo arregla, ¿verdad?”
Ariana negó con la cabeza, sintiéndose un poco avergonzada.
“¿Qué tal si hacemos algo diferente?” propuso Don Ricardo. “En lugar de romper los lápices, ¿por qué no intentas dibujar cómo te sientes? Puedes usar colores oscuros para la frustración, o líneas torcidas para el enojo. ¿Qué te parece?”
Ariana lo pensó por un momento. Nunca había intentado dibujar sus emociones. Siempre había dibujado cosas, personas, lugares… pero nunca sus sentimientos.
“Está bien,” dijo tímidamente. Don Ricardo le dio una hoja nueva y una caja de lápices de colores (esta vez, escondida de Doña Elena). Ariana comenzó a dibujar. No dibujó un dragón, ni un castillo, ni nada que se pareciera a algo real. Dibujó líneas gruesas y oscuras, círculos rojos furiosos y manchas moradas de tristeza. Al principio, se sintió rara, pero poco a poco, a medida que dibujaba, la frustración comenzó a disminuir. El volcán en su interior se fue calmando.
Cuando terminó, le mostró el dibujo a Don Ricardo. Él lo miró con atención, sin juzgar. “Es interesante,” dijo. “Veo mucha energía aquí. ¿Qué sientes cuando ves este dibujo?”
Ariana lo miró. “Me siento… menos enojada,” dijo. “Como si la rabia hubiera salido del dibujo.”
Don Ricardo sonrió. “Ves, Ariana,” dijo. “Tienes muchas formas de expresar tus sentimientos. Romper los lápices no es la única.”
Esa noche, después de cenar, Doña Elena se acercó a Ariana. “Cariño,” dijo con un tono más suave. “Sé que a veces me pongo muy seria y te regaño mucho. Pero es porque quiero lo mejor para ti. Eres muy inteligente y sé que puedes aprender a manejar tus emociones.” Le dio un abrazo a Ariana y le regaló un cuaderno nuevo, con hojas gruesas especiales para acuarelas.
A partir de ese día, Ariana comenzó a dibujar sus emociones. Cuando se sentía frustrada, dibujaba tormentas. Cuando se sentía triste, dibujaba ríos de lágrimas. Y cuando se sentía feliz, dibujaba arcoíris brillantes. Todavía se enojaba a veces, pero ya no rompía sus lápices. Había encontrado una forma mejor de expresar lo que sentía, una forma que no lastimaba a nadie, ni siquiera a sus amados colores. Y aunque Doña Elena seguía siendo un poco seria, aprendió a ser un poco más paciente. Don Ricardo, por supuesto, siguió dándole abrazos y comprándole libretas a escondidas. Y Ariana, la niña inteligente con el volcán en el corazón, aprendió que incluso las emociones más fuertes podían ser hermosas… si se dibujaban con el corazón.
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