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Gratis · elegí una vozValentina era una niña con una sonrisa tan brillante como el sol de la mañana. Le encantaba dibujar flores, cantar canciones de pajaritos y jugar al escondite en el parque. Pero últimamente, Valentina se sentía un poco… observada. Cada vez que salía al parque, encontraba una flor silvestre, una pequeña nota con un dibujo de un pajarito o incluso una piedrecita brillante justo donde había estado sentada. Al principio, le pareció divertido, pero luego empezó a sentir un cosquilleo de inquietud en la barriga.
"Mamá, creo que alguien me está siguiendo," le dijo Valentina a su mamá una tarde mientras merendaban galletas. Su mamá, una mujer con el pelo lleno de rizos amables, le sonrió con dulzura. "¿Siguiendo? ¿Quién podría estar siguiéndote, mi cielo?"
"No lo sé," respondió Valentina, mordisqueando una galleta. "Pero siempre encuentro cosas… regalos, supongo… donde he estado. Y siento que alguien me mira."
La mamá de Valentina la abrazó fuerte. "No te preocupes, cariño. Investigaremos esto juntas. Tal vez es solo un admirador secreto."
Al día siguiente, Valentina y su mamá decidieron ir al parque juntas. Se sentaron en el banco junto al estanque de los patos. Valentina dibujaba un pato regordete en su cuaderno, mientras su mamá leía un libro. De repente, Valentina sintió una presencia. Levantó la vista y vio a un niño pequeño, escondido detrás de un árbol, con una ramita llena de flores silvestres en la mano. Era Mateo, un niño tímido de su clase que casi nunca hablaba.
Valentina sintió un vuelco en el corazón. ¿Era Mateo quien la había estado siguiendo? Se sintió un poco asustada, pero también un poco triste. Mateo parecía tan… solo.
"¡Hola, Mateo!" gritó Valentina con una sonrisa. Mateo saltó como si lo hubieran pillado haciendo travesuras. Su cara se puso roja como un tomate.
"H-Hola, Valentina," tartamudeó Mateo, escondiendo las flores detrás de su espalda.
"¿Esas flores son para mí?" preguntó Valentina con suavidad.
Mateo asintió tímidamente y le ofreció las flores. "Son… son para ti. Me gustan mucho tus dibujos y tus canciones."
Valentina tomó las flores y le sonrió a Mateo. "¡Gracias, Mateo! Son preciosas. A mí también me gusta mucho tu… tu silencio. Es muy tranquilo."
La mamá de Valentina se acercó y le sonrió a Mateo. "Hola, Mateo. Valentina nos ha contado que alguien le ha estado dejando regalitos. ¿Eras tú?"
Mateo asintió con la cabeza, mirando al suelo. "Lo siento. No quería asustarla. Solo… quería ser su amigo."
Valentina se acercó a Mateo y le tomó la mano. "No me asustaste mucho, Mateo. Pero la próxima vez, en lugar de esconderte, ¿por qué no te acercas y me dices hola?"
Mateo levantó la vista y le sonrió a Valentina. "¿De verdad?"
"¡Claro que sí!" dijo Valentina. "¿Quieres dibujar conmigo? Estoy dibujando un pato muy gordo."
Mateo asintió con entusiasmo. "¡Sí! Sé dibujar patos muy bien."
Así que Valentina y Mateo se sentaron juntos en el banco y dibujaron patos. La mamá de Valentina sonrió al verlos. Parecía que el misterio del admirador secreto había sido resuelto, pero la historia no terminó ahí.
Unos días después, Valentina estaba jugando en el jardín de su casa cuando encontró otra flor silvestre, esta vez atada con una cinta roja. Junto a la flor, había una nota: "Tus dibujos son muy bonitos. Me recuerdan a mi nieta. Sigue dibujando."
Valentina se dio la vuelta y vio a la anciana que vivía al final de la calle, la señora Elena, sentada en su mecedora en el porche. La señora Elena era una mujer muy mayor con el pelo blanco como la nieve y una sonrisa arrugada. Valentina nunca le había hablado antes, pero siempre la veía cuidando su jardín lleno de flores.
Valentina se acercó a la señora Elena. "¿Fuiste tú quien me dejó la flor?" preguntó Valentina.
La señora Elena sonrió. "Sí, querida. Veo que siempre estás dibujando en el parque. Me recuerdas a mi nieta, Sofía, que también era una artista. Ella… ella se fue hace mucho tiempo."
Valentina sintió un nudo en la garganta. "Lo siento mucho," dijo Valentina.
"No te preocupes, querida. Tus dibujos me traen alegría. Gracias por eso."
Valentina abrazó a la señora Elena con cuidado. "A partir de ahora, te traeré mis dibujos para que los veas," dijo Valentina.
La señora Elena le sonrió a Valentina con los ojos llenos de lágrimas. "Eso me haría muy feliz, querida."
Desde ese día, Valentina siguió dibujando y cantando, pero ya no sentía el cosquilleo de inquietud. Ahora sabía que no siempre se trataba de ser seguido, sino de ser visto, de ser apreciado, de conectar con los demás. Y a veces, incluso un admirador secreto podía convertirse en un amigo, o en una abuela adoptiva.
Valentina entendió que a veces, las personas que parecen estar acechando, en realidad solo están buscando una conexión, buscando a alguien con quien compartir su alegría, su tristeza o simplemente su soledad. Y a veces, todo lo que necesitan es una sonrisa y una invitación a dibujar un pato gordo.
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