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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle escondido entre montañas altísimas, un pequeño gnomo llamado Pip. Pip era el guardián del arcoíris, una tarea muy importante, ya que el arcoíris traía alegría y color a todo el valle. Cada mañana, Pip se despertaba antes que el sol y, con su gorro puntiagudo lleno de campanitas, caminaba hasta la cima de la montaña más alta. Allí, en un claro rodeado de flores silvestres, esperaba pacientemente hasta que los primeros rayos de sol besaban las nubes. Entonces, ¡magia!, el arcoíris se desplegaba en todo su esplendor, pintando el cielo con sus vibrantes colores.
Pero un día, algo terrible sucedió. Pip se despertó, caminó hasta la cima de la montaña, esperó… y esperó. El sol salió, las nubes se iluminaron, pero el arcoíris no apareció. Pip estaba muy preocupado. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba el arcoíris? Sin el arcoíris, el valle parecía triste y gris. Las flores perdieron su brillo, los pájaros dejaron de cantar y hasta el río parecía fluir más lento.
Pip decidió que tenía que encontrar el arcoíris. Se puso su mochila llena de bayas y nueces, cogió su bastón de madera de avellano y se adentró en el bosque. Caminó durante horas, preguntando a todos los animales que encontraba. Le preguntó al conejo, a la ardilla, al búho, pero nadie sabía nada sobre el arcoíris desaparecido.
Finalmente, llegó a la cueva de la sabia anciana tortuga, la criatura más antigua y sabia del valle. La tortuga, sentada en una roca cubierta de musgo, escuchó atentamente la historia de Pip. Cuando Pip terminó, la tortuga cerró los ojos y pensó durante un largo rato. Luego, abrió los ojos lentamente y dijo: “El arcoíris no ha desaparecido, Pip. Simplemente está oculto. Alguien ha robado la alegría del valle, y sin alegría, el arcoíris no puede brillar.”
Pip se sorprendió. ¿Quién querría robar la alegría del valle? La tortuga continuó: “Debes encontrar al ladrón de la alegría y devolverla al valle. Busca al ser más gruñón y solitario, ese será tu sospechoso.”
Pip agradeció a la tortuga y salió de la cueva, decidido a encontrar al ladrón de la alegría. Pensó en todos los habitantes del valle. ¿Quién era el más gruñón y solitario? De repente, recordó a Gruñón el Grillo, un grillo viejo y cascarrabias que vivía solo en una madriguera oscura y nunca hablaba con nadie. Siempre estaba quejándose de todo: del sol, de la lluvia, de los pájaros, de las flores…
Pip fue a la madriguera de Gruñón el Grillo. Llamó a la puerta tímidamente. “¿Gruñón? ¿Estás ahí?”
Una voz ronca respondió desde adentro: “¿Quién me molesta? ¡Déjame en paz!”
“Soy Pip, el guardián del arcoíris. Necesito hablar contigo.”
Gruñón abrió la puerta a regañadientes. Pip vio que la madriguera estaba oscura y desordenada. Gruñón estaba sentado en una silla, con el ceño fruncido.
“¿Qué quieres?”, preguntó Gruñón.
“El arcoíris ha desaparecido”, dijo Pip. “Y la sabia tortuga dice que alguien ha robado la alegría del valle. Creo que tú puedes saber algo al respecto.”
Gruñón se echó a reír con una risa amarga. “¿Yo? ¿Por qué iba a robar la alegría del valle? ¡Yo no tengo alegría! ¡Nadie se preocupa por mí!”
Pip sintió pena por Gruñón. Se dio cuenta de que Gruñón no era malo, solo estaba triste y solo. Pip se sentó junto a Gruñón y le dijo: “No es verdad, Gruñón. Yo me preocupo por ti. Y todo el valle se preocupa por ti, aunque no lo demuestren. Pero es difícil ser feliz cuando tú siempre estás gruñón.”
Gruñón se quedó callado por un momento. Luego, suspiró profundamente. “Supongo que tienes razón”, dijo. “Pero es que… nadie me ha sonreído en mucho tiempo.”
Pip sonrió a Gruñón. “Pues yo te estoy sonriendo ahora, Gruñón.”
Gruñón miró a Pip y, por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de alegría en su corazón. Sin darse cuenta, una pequeña luz brillante salió de su pecho y se elevó hacia el cielo. Al mismo tiempo, el valle empezó a llenarse de color. Las flores recuperaron su brillo, los pájaros empezaron a cantar y el río volvió a fluir con alegría.
Y, de repente, ¡allí estaba!, el arcoíris, brillante y hermoso, pintando el cielo con sus colores vibrantes. Pip y Gruñón salieron de la madriguera y miraron el arcoíris juntos. Gruñón sonrió por primera vez en años. “Es hermoso”, dijo.
Desde ese día, Gruñón el Grillo ya no fue gruñón. Empezó a hablar con los demás animales del valle, a sonreír y a ayudar a los demás. Y Pip, el guardián del arcoíris, aprendió que la alegría es contagiosa y que incluso el corazón más triste puede volver a brillar. Y cada mañana, el arcoíris se desplegaba en el cielo, recordándoles a todos la importancia de la alegría y la amistad.
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