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Lupita era una gallina muy especial. Tenía plumas suaves color canela, un pico amarillo brillante y unos ojos curiosos que siempre estaban explorando el mundo. Vivía en una pequeña granja con sus papás humanos, Yilena y Geovany. Yilena le cantaba canciones de cuna cada mañana, inventando rimas sobre gusanos gorditos y solecitos felices. Geovany le construyó un columpio con una vieja llanta, donde Lupita se balanceaba suavemente mientras el viento le acariciaba las plumas. La querían mucho, muchísimo.
Lupita amaba su vida en la granja. Le encantaba escarbar en la tierra en busca de gusanos jugosos, perseguir mariposas de colores y cacarear con sus amigas las otras gallinas. Todas las tardes, cuando el sol comenzaba a ponerse, Yilena y Geovany la llamaban para darle un puñado de maíz fresco. Lupita corría hacia ellos, agitando sus alas con entusiasmo y piando alegremente.
Un día, Lupita notó que Yilena y Geovany estaban un poco extraños. Estaban hablando en voz baja y mirando a Lupita con expresiones tristes en sus rostros. Lupita no entendía qué pasaba. ¿Había hecho algo malo? ¿Ya no la querían?
Esa noche, Lupita no pudo dormir. Se sentía inquieta y preocupada. Escuchó a Yilena y Geovany hablando en la cocina. “Tenemos que hacerlo, Geovany,” dijo Yilena con voz temblorosa. “No podemos seguir gastando tanto en comida para gallinas.”
Lupita sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué iban a hacer?
A la mañana siguiente, Geovany llevó a Lupita a un lugar desconocido. La metió en una jaula con otras gallinas que piaban asustadas. Lupita intentó escapar, pero la jaula estaba cerrada con llave. Estaba muy asustada y confundida.
Pasaron varios días. Lupita y las otras gallinas vivían en la jaula, comiendo comida que les daban personas extrañas. Lupita extrañaba a Yilena y Geovany. Extrañaba sus canciones de cuna, su columpio y su maíz fresco.
Un día, un hombre alto y corpulento sacó a Lupita de la jaula. Lupita se asustó aún más. El hombre la llevó a una pequeña caseta donde había una gran olla hirviendo. Lupita comprendió lo que iba a pasar. Estaba aterrorizada.
Pero justo cuando el hombre estaba a punto de meter a Lupita en la olla, escuchó una voz. Era la voz de Yilena. “¡No! ¡Por favor, no!” gritó Yilena, corriendo hacia la caseta. Geovany la seguía de cerca.
Yilena abrazó a Lupita con fuerza. “Lo siento mucho, Lupita,” dijo entre lágrimas. “No queríamos hacerte daño. Pero no sabíamos qué más hacer.”
Geovany explicó que no tenían suficiente dinero para seguir cuidando a todas las gallinas. Habían pensado que la única solución era venderlas para hacer sopa. Pero en el último momento, se dieron cuenta de que no podían hacerlo. Querían demasiado a Lupita.
Yilena y Geovany llevaron a Lupita de vuelta a la granja. Prometieron que encontrarían una manera de cuidarla y de alimentar a todas las gallinas. Decidieron vender algunos de sus muebles y trabajar horas extras para ganar más dinero.
Lupita estaba muy feliz de estar de vuelta en casa. Perdonó a Yilena y Geovany. Sabía que la querían de verdad, aunque a veces cometieran errores. Y aprendió una valiosa lección: que el amor verdadero puede superar cualquier obstáculo.
Sin embargo, el susto que Lupita se llevó al borde de la olla de sopa la dejó un poco traumatizada. Ya no era la gallina curiosa y aventurera de antes. Se volvió más cautelosa y desconfiada. Incluso tenía pesadillas con ollas gigantes hirviendo.
Yilena y Geovany notaron el cambio en Lupita. Intentaron consolarla y asegurarle que nunca más la lastimarían. Le daban más abrazos, le cantaban canciones más dulces y la dejaban dormir en su habitación.
Pero nada parecía funcionar. Lupita seguía asustada y triste. Un día, Yilena tuvo una idea. “Vamos a hacer un caldo,” dijo. “Pero no un caldo de gallina. Vamos a hacer un caldo de verduras, el favorito de Lupita.”
Yilena y Geovany prepararon un delicioso caldo de verduras con zanahorias, papas, calabacín y hierbas aromáticas. Invitaron a todas las gallinas a comer. Lupita al principio se mostró reacia, pero cuando olió el delicioso aroma del caldo, se animó a probarlo.
Le encantó. El caldo era cálido, reconfortante y lleno de sabor. Lupita comió hasta saciarse. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió segura y feliz. El miedo a la sopa desapareció. Aprendió que no todos los caldos son malos, y que el amor de su familia humana era más fuerte que cualquier temor.
A partir de ese día, Lupita volvió a ser la gallina alegre y curiosa que siempre había sido. Siguió viviendo feliz en la granja con Yilena y Geovany, rodeada de amor y de deliciosos caldos de verduras.
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