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Amelia, una nena de cuatro años con coletas rubias y ojos brillantes como estrellitas, tenía un collar muy especial. No era un collar cualquiera; era un regalo de su abuela, hecho con piedritas de colores que brillaban bajo el sol. Amelia lo adoraba y lo llevaba a todas partes: al parque, al supermercado, ¡incluso a la hora del baño (aunque su mamá siempre le pedía que se lo quitara antes de meterse en la bañera)!
Un día, Amelia estaba jugando en el parque con su oso de peluche, Pompón. Lo hacía volar por el aire, imitando a un avión, mientras tarareaba una canción inventada. Había mucha gente en el parque: niños corriendo, padres charlando y algunos señores leyendo el periódico en los bancos. De repente, sintió un tirón en el cuello. Miró hacia abajo y... ¡su collar no estaba!
Amelia se quedó paralizada. ¿Dónde estaba su collar? ¡Se había ido! Empezó a buscar a su alrededor, revolviendo las hojas secas y mirando debajo de los bancos. Pompón, tirado en el suelo, parecía tan preocupado como ella. "¡Mi collar! ¡Mi collar!" gritaba Amelia, con los ojos llenos de lágrimas.
Una señora que paseaba a su perro se acercó. "¿Qué pasa, pequeña?" preguntó con voz amable.
"¡Alguien me robó mi collar!" sollozó Amelia, señalando su cuello vacío.
La señora se agachó y la miró a los ojos. "No te preocupes, vamos a buscarlo. ¿Viste a alguien cerca de ti?"
Amelia pensó un momento. "Vi a un señor con un sombrero grande y una chaqueta oscura. Estaba muy cerca cuando Pompón estaba volando", dijo, señalando el lugar donde había estado jugando.
La señora y Amelia empezaron a buscar juntos. Preguntaron a otros niños si habían visto algo, pero nadie sabía nada. Amelia estaba cada vez más triste. Pensaba en su abuela y en lo mucho que le había gustado el collar. ¡No quería perderlo!
De repente, un niño pequeño, que estaba jugando con un camión de bomberos, se acercó corriendo. "¡Mira, mira!" gritó, mostrando algo brillante en su mano. "¡Lo encontré detrás de ese árbol!"
Era el collar de Amelia! La señora lo tomó con cuidado y se lo devolvió a Amelia. "¡Aquí está, pequeña! ¡Lo encontraste!"
Amelia lo cogió y lo abrazó con fuerza. ¡Estaba tan feliz! "¡Gracias, gracias!" le dijo al niño, con una sonrisa enorme.
El niño sonrió y volvió a jugar con su camión. Amelia se puso el collar otra vez, asegurándose de que estuviera bien sujeto. Ahora, tenía que descubrir quién se lo había quitado.
Amelia, con Pompón en brazos, se sentó en un banco y observó a la gente del parque. Recordó al señor con el sombrero grande y la chaqueta oscura. Lo buscó con la mirada, pero no lo veía por ningún lado.
Entonces, vio algo que le llamó la atención. Un señor, sentado en un banco leyendo un periódico, tenía una mano vendada. Y Amelia recordó que, cuando sintió el tirón del collar, había sentido como un rasguño en el cuello.
Amelia se acercó al señor con cuidado. "Disculpe, señor," dijo con voz temblorosa. "¿Se hizo daño en la mano?"
El señor se sobresaltó y bajó el periódico. "¿Qué? ¿Qué dices, niña?" preguntó con voz ronca.
Amelia señaló la venda. "Su mano. ¿Está herida?"
El señor se puso nervioso. "No... no es nada. Me caí," balbuceó.
Amelia no le creyó. "Creo que usted me quitó mi collar," dijo con valentía.
El señor se enfadó. "¡No digas tonterías, niña! ¡Vete a jugar!"
Pero Amelia no se movió. Se mantuvo firme y lo miró a los ojos. El señor, al ver la determinación en la mirada de Amelia, suspiró y sacó algo de su bolsillo. Era una piedrita de color, igual a las que tenía el collar de Amelia.
"Lo siento, pequeña," dijo el señor, con la cabeza gacha. "Estaba pasando por un mal momento y... vi tu collar y... no sé, simplemente lo tomé. Pero ya veo que te importa mucho. Aquí tienes una piedrita. La perdí cuando te lo quité."
Amelia tomó la piedrita y la guardó en su bolsillo. Aunque el señor había intentado robar su collar, se sentía un poco triste por él. "Está bien," dijo Amelia. "Pero no lo vuelva a hacer."
El señor asintió con la cabeza. "No lo haré. Lo prometo."
Amelia volvió corriendo con su mamá, que la estaba buscando preocupada. Le contó toda la historia y le mostró la piedrita que le había dado el señor. Su mamá la abrazó con fuerza y le dijo que estaba muy orgullosa de ella por ser tan valiente.
Desde ese día, Amelia siguió llevando su collar, pero con más cuidado. Aprendió que no todas las personas son buenas, pero que siempre hay que ser valiente y defender lo que es importante. Y, sobre todo, aprendió que incluso los ladrones pueden arrepentirse y que la bondad siempre puede triunfar.
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