Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozEl sol se había escondido detrás de las montañas, pintando el cielo con colores anaranjados y violetas. El Curandero Sabio, un hombre de rostro curtido por el sol y ojos llenos de historias, se disponía a dormir. Después de un día entero recolectando hierbas medicinales y ayudando a los aldeanos, su cuerpo le pedía a gritos un descanso. Se dejó caer sobre su viejo colchón de paja, suspirando con cansancio. Sin embargo, la comodidad no llegaba. Algo le incomodaba en la parte baja de la cintura: un fuerte dolor en el coxis parecía envolverlo por completo.
«¡Ay!, esta dura montura me está terminando de dañar la espalda», dijo para sí el sabio curandero, hombre de conocimientos ancestrales y mirada taciturna, y cambiaba de lado cada cierto tiempo para amortiguar el dolor. Intentó estirarse, doblarse, incluso cantar una pequeña canción de cuna que su abuela le cantaba cuando era niño, pero nada parecía aliviar el dolor. El coxis seguía gruñendo, como si tuviera vida propia.
De repente, una vocecita aguda interrumpió sus lamentos. «¿Curandero Sabio? ¿Estás bien?»
El curandero se incorporó, sorprendido. A la luz de la luna que entraba por la ventana, vio una pequeña silueta de pie en la puerta. Era Lila, una niña de ojos curiosos y una trenza larga que le llegaba hasta la cintura.
«Lila, ¿qué haces despierta a estas horas?», preguntó el curandero, con una sonrisa cansada.
«Escuché tus quejidos», respondió Lila, acercándose al colchón. «¿Te duele algo?»
El curandero dudó un momento. No era costumbre suya compartir sus dolencias con los demás, pero la mirada sincera de Lila lo convenció. «Me duele el coxis, Lila. Es como si tuviera una piedra dentro.»
Lila pensó por un momento, frunciendo el ceño. «¿Has probado a hablar con él?»
El curandero soltó una carcajada. «¿Hablar con mi coxis? ¡Eso es absurdo!»
«No lo es», insistió Lila. «Todo en la naturaleza tiene una voz. Quizás tu coxis te está diciendo algo.»
El curandero, intrigado por la idea de la niña, decidió probar. Cerró los ojos y se concentró en el dolor. Intentó escuchar, no con los oídos, sino con el corazón. Después de un rato, sintió una pequeña vibración, como un susurro.
«Siento… siento…», murmuró el curandero, «…que estoy olvidando algo.»
Lila se acercó aún más. «¿Olvidando qué?»
El curandero abrió los ojos, perplejo. «No lo sé. Algo importante… algo que debo hacer.»
De repente, Lila señaló hacia un rincón de la habitación. «¿Es eso?»
En el rincón, sobre una pequeña mesa, había un cuenco de arcilla lleno de semillas. Eran semillas de la flor de la Alegría, una flor que florecía solo una vez al año y cuyas semillas tenían propiedades curativas. El curandero las había recolectado esa mañana, prometiendo plantarlas al día siguiente para que florecieran y pudieran ayudar a los aldeanos. Pero con el cansancio, lo había olvidado por completo.
El curandero se dio cuenta de que Lila tenía razón. Su coxis le estaba recordando su promesa, su responsabilidad. Se levantó con cuidado y tomó el cuenco de semillas.
«Gracias, Lila», dijo el curandero, con una sonrisa sincera. «Me has recordado lo que debo hacer.»
Juntos, el curandero y Lila salieron al jardín bajo la luz de la luna. Plantaron las semillas de la flor de la Alegría, regándolas con cuidado. Mientras trabajaban, el dolor en el coxis del curandero comenzó a desaparecer.
Cuando terminaron, el curandero se sentía mucho mejor. Ya no había dolor, solo una sensación de paz y gratitud. Se dio cuenta de que a veces, los dolores del cuerpo son mensajes del alma, recordándonos lo que es realmente importante.
Lila bostezó, frotándose los ojos. «Creo que ahora sí puedo dormir», dijo la niña.
El curandero la acompañó de vuelta a su casa, agradeciéndole su ayuda. Esa noche, durmió profundamente, sin ningún dolor. Y supo que, a veces, la sabiduría viene de los lugares más inesperados, incluso de la boca de una niña pequeña. El coxis gruñón había cumplido su misión, y el Curandero Sabio había aprendido una valiosa lección sobre la importancia de escuchar a su cuerpo y a su corazón, y sobre todo, de cumplir sus promesas. Al día siguiente, las flores de la Alegría comenzaron a brotar, llenando el jardín de color y esperanza, gracias al coxis gruñón y a la pequeña Lila.
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