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Gratis · elegí una vozHabía una vez en un pequeño pueblo llamado Villa Alegre, un niño llamado Tito. Tito era un niño muy curioso, siempre metido en problemas... ¡pero de los buenos! Un día, Tito se despertó con un olor delicioso. ¡Era el olor del desayuno! Su mamá, Elena, hacía las mejores tortitas de Villa Alegre. Pero cuando llegó a la cocina, ¡oh, sorpresa!, las tortitas estaban… ¡desapareciendo!
"¡Mamá, mamá! ¡Las tortitas están volando!", exclamó Tito, señalando con el dedo una tortita que se elevaba misteriosamente en el aire. Elena, con una sonrisa, pensó que Tito estaba jugando. "Tito, no seas tonto. Las tortitas no vuelan".
Pero Tito insistió. "¡Pero mamá, lo juro! ¡Las estoy viendo irse!". Elena, al ver la seriedad en los ojos de su hijo, se acercó a la mesa. De repente, una taza de jugo de naranja se elevó también, ¡y se vació sola en el aire! Elena abrió los ojos como platos. ¡Algo muy extraño estaba pasando!
"¡Esto es obra del Hombre Invisible!", gritó Tito, recordando una vieja historia que su abuelo le contaba. El abuelo decía que en Villa Alegre, hace muchos años, vivía un hombre que había descubierto el secreto de la invisibilidad. Pero era un hombre muy travieso, que usaba su poder para gastar bromas.
Elena, aunque escéptica, decidió seguirle el juego a Tito. "Está bien, Tito. Si es el Hombre Invisible, ¡tendremos que atraparlo! Pero, ¿cómo atrapas a alguien que no puedes ver?". Tito pensó por un momento. "¡Con un plan! Y con… ¡mermelada!".
El plan de Tito era simple pero ingenioso. Sabía que al Hombre Invisible le encantaban las tortitas de su mamá. Así que decidieron preparar una tortita gigante, cubierta de la mermelada más pegajosa que tuvieran. La pondrían en el centro de la mesa y esperarían a que el Hombre Invisible cayera en su trampa.
Prepararon la tortita gigante con mucho cuidado, cubriéndola generosamente con mermelada de fresa. La colocaron en la mesa y se escondieron detrás de la puerta de la cocina, esperando pacientemente. Pasaron unos minutos tensos, y luego… ¡escucharon un ruido! Era un ruido de chupeteo, como si alguien estuviera comiendo la tortita con mucha, mucha gana.
Tito y Elena se asomaron con cuidado. ¡Allí estaba! Bueno, no *estaba*, pero *estaba* pasando algo. La tortita se estaba hundiendo, la mermelada desaparecía, ¡y se podían ver pequeñas huellas pegajosas en la mesa! El Hombre Invisible estaba comiendo.
"¡Ahora, mamá!", gritó Tito. Elena, armándose de valor, salió corriendo y roció al Hombre Invisible con harina. ¡Puf! Una nube blanca llenó la cocina, y de repente… ¡allí estaba! Un hombre cubierto de harina, con mermelada pegada en su ropa, tosiendo y estornudando.
Era un hombre pequeño y regordete, con una barba blanca y una sonrisa traviesa. "¡Me han atrapado!", dijo el hombre, riendo. "Soy Don Hilario, el antiguo panadero del pueblo. Descubrí el secreto de la invisibilidad hace mucho tiempo, y de vez en cuando, me gusta gastar una que otra broma".
Tito y Elena no podían creer lo que veían. ¡Habían atrapado al Hombre Invisible! Don Hilario les explicó que solo podía volverse invisible durante cortos periodos de tiempo, y que usaba su poder para ayudar a los niños del pueblo, dejando dulces en sus puertas sin que se dieran cuenta.
"Pero hoy", dijo Don Hilario, "tenía mucha hambre y el olor de las tortitas era irresistible". Tito y Elena se rieron. Decidieron no revelar el secreto de Don Hilario a nadie. En cambio, le prometieron que le harían tortitas todos los domingos, ¡si prometía no usar su invisibilidad para robarlas!
Don Hilario aceptó encantado. Desde ese día, Villa Alegre fue un lugar aún más feliz. Tito aprendió que incluso las historias más increíbles pueden ser verdad, y que la amistad es el mejor ingrediente para cualquier tortita. Y Don Hilario, bueno, Don Hilario siguió siendo el Hombre Invisible, pero ahora, ¡era el amigo invisible de Tito y Elena! Y todos vivieron felices para siempre… o al menos, hasta la próxima tortita.
Don Hilario se quedó a desayunar, visible y contento. Tito le pregunto cómo se había vuelto invisible, y Don Hilario respondió: "¡Ese es un secreto que me llevaré a la tumba!" guiñando un ojo. Tito sonrió, pensando que tal vez, algún día, él también descubriría el secreto. Pero por ahora, se contentaba con compartir tortitas con su nuevo amigo invisible... visible.
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