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Gratis · elegí una vozEn el Valle Verde, donde los árboles cantaban canciones al viento y las flores bailaban con las mariposas, vivía un pequeño dragón llamado Draco. Draco no era como los dragones de los cuentos. No escupía fuego, ni rugía a los caballeros. Draco amaba los pasteles. ¡Oh, cómo amaba los pasteles! Especialmente los de fresa con crema batida que hacía la abuela Elara, la mejor pastelera del valle.
Un día soleado, la abuela Elara horneó el pastel de fresa más grande y delicioso que jamás había creado. Lo colocó en el alféizar de la ventana para que se enfriara, mientras ella iba a buscar bayas frescas al bosque. "¡No lo toques, Draco!", le advirtió con una sonrisa.
Draco prometió no tocarlo, pero el aroma del pastel era tan tentador... Era un aroma dulce y cremoso que le hacía cosquillas en la nariz y le hacía la boca agua. Intentó ignorarlo, jugando con sus amigos, las ardillas Saltarinas y el conejo Orejotas, pero el pastel parecía llamarlo.
Cuando la abuela Elara regresó, ¡el pastel había desaparecido! La ventana estaba vacía, solo quedaban unas pocas migajas de fresa en el alféizar. La abuela Elara puso cara de sorpresa y un poquito de tristeza. "¿Draco?", preguntó con una voz suave.
Draco, con los ojos llenos de lágrimas, negó con la cabeza. "¡Yo no fui, abuela! ¡Lo prometí!", exclamó. Las ardillas Saltarinas y el conejo Orejotas asintieron con la cabeza para confirmar la inocencia de Draco.
La abuela Elara sabía que Draco era un dragón de palabra, aunque a veces le costaba resistirse a los pasteles. Así que, decidieron investigar. Siguieron el rastro de migajas de fresa, que los llevó a través del jardín, por el sendero del bosque y hasta el río Risueño.
Cerca del río, encontraron una huella enorme. Era mucho más grande que la pata de Draco. "¡Mira!", exclamó Orejotas. "¡Es la huella de un dragón gigante!"
Las ardillas Saltarinas subieron a un árbol alto para tener una mejor vista. "¡Allí está!", gritaron. "¡Un dragón gigante está comiendo el pastel junto a la cascada!"
El dragón gigante, llamado Glotón, era conocido por su apetito insaciable. Se decía que podía comerse una montaña entera de pastel de un solo bocado. Estaba sentado junto a la cascada, con el pastel de fresa en su regazo, devorándolo con entusiasmo. Tenía crema batida en toda su cara y un brillo de felicidad en sus ojos.
La abuela Elara se acercó al dragón Glotón con una sonrisa. "Hola, Glotón", dijo amablemente. "Veo que te gusta mi pastel de fresa."
Glotón se sorprendió al verla. "Oh, hola, abuela Elara", respondió con la boca llena de pastel. "Es el pastel más delicioso que he probado en mi vida. Lo siento, no sabía que era tuyo."
La abuela Elara se rió. "No te preocupes, Glotón. Pero la próxima vez, sería bueno pedirlo, ¿verdad?"
Glotón asintió con la cabeza, avergonzado. "Tienes razón. Lo siento mucho, Draco. No quería que te culparan."
Draco se sintió aliviado de que su nombre fuera limpiado. "Está bien, Glotón", dijo. "Pero la próxima vez, ¡comparte un poco!"
La abuela Elara tuvo una idea. "¿Qué tal si horneamos un pastel gigante para Glotón y otro pequeño para Draco?", sugirió.
Glotón y Draco se iluminaron de alegría. Ayudaron a la abuela Elara a recoger fresas y a batir la crema. Juntos, hornearon dos pasteles deliciosos: uno enorme para Glotón y uno perfecto para Draco.
Ese día, aprendieron una lección importante: que compartir es mucho más divertido que comer a escondidas y que incluso los dragones más glotones pueden aprender a ser amables. Y Draco, bueno, Draco aprendió que la abuela Elara siempre hace los mejores pasteles, ¡y que tener amigos que te apoyen es aún mejor!
Desde entonces, Glotón visitaba a menudo el Valle Verde para ayudar a la abuela Elara a recoger bayas y, por supuesto, para disfrutar de un trozo de pastel (siempre después de pedirlo, claro). Y Draco y Glotón se hicieron los mejores amigos, compartiendo historias y, de vez en cuando, un trozo de pastel de fresa.
El Valle Verde volvió a ser un lugar aún más feliz, lleno de risas, amistad y, por supuesto, el irresistible aroma del pastel recién horneado.
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