Cuento corto para niños

El Misterio del Fuego Fatuo y la Niña Perdida

Un grupo de biólogas en formación se adentra en el cerro buscando murciélagos, pero se encuentran con algo mucho más misterioso: una mujer con un pasado trágico y una conexión inexplicable con un fuego fatuo. Juntas, confrontan cazadores furtivos y una fuerza sobrenatural que las une en una experiencia inolvidable.

A partir de: Y… ahí estaba ella. Caminaba delante de nosotras, abriéndose paso entre la maleza con el filo del machete. Volteó, sonrió con una seguridad casi infantil y preguntó si ese era el camino correcto. No esperó respuesta: siguió adelante con la misma energía de quien busca un tesoro. Nosotras avanzábamos detrás, resignadas. Una semana antes habíamos visto algo que todavía nos erizaba la piel. Mientras subíamos el sendero, ella comenzó a hablar. Su voz era serena, como si lo que contara no le perteneciera. Dijo que tenía diez años cuando su tía —la mujer que debía cuidarla— la golpeó hasta creerla muerta y la arrojó al canal del río. Aquella noche de los años sesenta era tan oscura que parecía no tener fondo. La niña despertó envuelta en lodo frío. Le ardían las heridas, le pesaban los párpados. Cuando vio la luna asomarse pidió, entre sollozos, que no se fuera, que no la dejara sola en aquel olor a muerte. Con torpeza trató de ponerse de pie. El instinto de sobrevivir le empujaba las piernas, aunque cada músculo le gritaba que se quedara tirada. Se obligó a no llorar. “Si lloro, me quiebro”, pensaba. Y justo cuando se sentó bajo un árbol para lamentar la desgracia de haber sido regalada por su propia madre, una bola de fuego cruzó a pocos metros. Era una luz viva, silenciosa, y la niña la observó sin espanto, demasiado cansada para reaccionar. Como si aquella energía entendiera su miseria, la esfera se detuvo… se quedó quieta frente a ella, inmóvil, expectante. Después, la niña perdió el conocimiento. Cuando abrió los ojos, el cielo apenas aclaraba. Estaba en una plazuela, recargada en el brocal de una fuente. Se lavó la cara y, al voltear, vio un grupo de lavanderas. Sin pensarlo, corrieron a ayudarla. Le curaron las heridas, le dieron ropa seca. Las que menos tenían, fueron las que más dieron. Le preguntaron su nombre, su casa, su procedencia. Ella solo respondió: “Estoy perdida”. Querían pagarle el pasaje para volver, pero sus heridas eran tan graves que la llevaron con la curandera del barrio. La casa era un universo propio: hierbas colgadas, gallinas sueltas, frascos con líquidos turbios, instrumentos antiguos. Entre esa mezcla caótica apareció una mujer de mirada profunda que, al verla, sonrió y dijo: —Al fin llegas. Ya te estaba esperando. Preparó un remedio para las heridas recientes; para las otras, las antiguas, dijo que no había cura. Luego añadió: —Volverás a casa, porque así lo pediste, pero tu vida será difícil por un tiempo. Cuando creas que no puedes más, aparecerá un hombre que será abrigo y escudo. Lo amarás sin saberlo… y lo sabrás demasiado tarde. Y aquí estábamos nosotras, en el 2005, subiendo el cerro para quedarnos a dormir y observar murciélagos. Le conté a mi madre que era trabajo de campo, nada más. La noche cayó pesada, húmeda. El fuego nos daba apenas un círculo de seguridad hasta que los escuchamos: pasos rápidos, disparos secos, gritos. Apagamos la fogata como pudimos. Las voces hablaban de un animal que estaban cazando. Y sí, como biólogas en formación, nos nació la locura de protegerlo. Nos escondimos entre arbustos, armadas con lo que había: piedras, palos, un machete, un cuchillo táctico y una escopeta militar de los años setenta. La habíamos probado antes; sabíamos que era de corto alcance, pero mortal. A esas alturas, el miedo al culatazo era lo de menos. Importaba sobrevivir… y proteger a la criatura que huía. Contenimos la respiración, tratando de fundirnos con el sonido de los insectos. Nos creíamos invisibles. Letales. Pero lo que apareció entre los árboles no era un cazador. Era una bola de fuego. Un fuego fatuo idéntico al que ella había visto de niña. Se detuvo frente a nosotras, inmóvil. No hacía ruido. No palpitaba. Solo existía ahí, suspendido. Una de nosotras estaba acostada boca arriba sosteniendo la escopeta; dos más apuntaban con palos afilados como si fueran estacas; otra alzaba el cuchillo; la última empuñaba el machete. Y ninguna se atrevía a moverse. De pronto, todo se apagó. Cuando desperté, la luz del amanecer ya teñía el cerro. El rocío cubría nuestras mochilas. Una de ellas tenía en la mano una estampa arrugada con la oración de la Magnífica, como si la hubiera estado sosteniendo toda la noche. Nadie habló. Nadie preguntó. Pero todas sabíamos que aquello… no había sido un sueño.

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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Y… ahí estaba ella.

Caminaba delante de nosotras, abriéndose paso entre la maleza con el filo del machete. Volteó, sonrió con una seguridad casi infantil y preguntó si ese era el camino correcto. No esperó respuesta: siguió adelante con la misma energía de quien busca un tesoro.

Nosotras avanzábamos detrás, resignadas. Una semana antes habíamos visto algo que todavía nos erizaba la piel.

Mientras subíamos el sendero, ella comenzó a hablar. Su voz era serena, como si lo que contara no le perteneciera. Dijo que tenía diez años cuando su tía —la mujer que debía cuidarla— la golpeó hasta creerla muerta y la arrojó al canal del río. Aquella noche de los años sesenta era tan oscura que parecía no tener fondo.

La niña despertó envuelta en lodo frío. Le ardían las heridas, le pesaban los párpados. Cuando vio la luna asomarse pidió, entre sollozos, que no se fuera, que no la dejara sola en aquel olor a muerte. Con torpeza trató de ponerse de pie. El instinto de sobrevivir le empujaba las piernas, aunque cada músculo le gritaba que se quedara tirada.

Se obligó a no llorar. “Si lloro, me quiebro”, pensaba. Y justo cuando se sentó bajo un árbol para lamentar la desgracia de haber sido regalada por su propia madre, una bola de fuego cruzó a pocos metros. Era una luz viva, silenciosa, y la niña la observó sin espanto, demasiado cansada para reaccionar. Como si aquella energía entendiera su miseria, la esfera se detuvo… se quedó quieta frente a ella, inmóvil, expectante. Después, la niña perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, el cielo apenas aclaraba. Estaba en una plazuela, recargada en el brocal de una fuente. Se lavó la cara y, al voltear, vio un grupo de lavanderas. Sin pensarlo, corrieron a ayudarla. Le curaron las heridas, le dieron ropa seca. Las que menos tenían, fueron las que más dieron. Le preguntaron su nombre, su casa, su procedencia. Ella solo respondió: “Estoy perdida”.

Querían pagarle el pasaje para volver, pero sus heridas eran tan graves que la llevaron con la curandera del barrio. La casa era un universo propio: hierbas colgadas, gallinas sueltas, frascos con líquidos turbios, instrumentos antiguos. Entre esa mezcla caótica apareció una mujer de mirada profunda que, al verla, sonrió y dijo:

—Al fin llegas. Ya te estaba esperando.

Preparó un remedio para las heridas recientes; para las otras, las antiguas, dijo que no había cura. Luego añadió:

—Volverás a casa, porque así lo pediste, pero tu vida será difícil por un tiempo. Cuando creas que no puedes más, aparecerá un hombre que será abrigo y escudo. Lo amarás sin saberlo… y lo sabrás demasiado tarde.

Y aquí estábamos nosotras, en el 2005, subiendo el cerro para quedarnos a dormir y observar murciélagos. Le conté a mi madre que era trabajo de campo, nada más. La noche cayó pesada, húmeda. El fuego nos daba apenas un círculo de seguridad hasta que los escuchamos: pasos rápidos, disparos secos, gritos. Apagamos la fogata como pudimos.

Las voces hablaban de un animal que estaban cazando. Y sí, como biólogas en formación, nos nació la locura de protegerlo. Nos escondimos entre arbustos, armadas con lo que había: piedras, palos, un machete, un cuchillo táctico y una escopeta militar de los años setenta. La habíamos probado antes; sabíamos que era de corto alcance, pero mortal. A esas alturas, el miedo al culatazo era lo de menos. Importaba sobrevivir… y proteger a la criatura que huía.

Contenimos la respiración, tratando de fundirnos con el sonido de los insectos. Nos creíamos invisibles. Letales.

Pero lo que apareció entre los árboles no era un cazador.

Era una bola de fuego. Un fuego fatuo idéntico al que ella había visto de niña.

Se detuvo frente a nosotras, inmóvil. No hacía ruido. No palpitaba. Solo existía ahí, suspendido.

Una de nosotras estaba acostada boca arriba sosteniendo la escopeta; dos más apuntaban con palos afilados como si fueran estacas; otra alzaba el cuchillo; la última empuñaba el machete. Y ninguna se atrevía a moverse.

De pronto, todo se apagó.

Cuando desperté, la luz del amanecer ya teñía el cerro. El rocío cubría nuestras mochilas. Una de ellas tenía en la mano una estampa arrugada con la oración de la Magnífica, como si la hubiera estado sosteniendo toda la noche.

Nadie habló.

Nadie preguntó.

Pero todas sabíamos que aquello… no había sido un sueño.

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Publicado el 14/04/2026

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