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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza sobre el laberinto de maíz. Mateo, con sus siete años y su gorra roja siempre puesta, corría entre las altas plantas, riendo a carcajadas. Su hermana mayor, Luna, de diez años, intentaba seguirle el ritmo, pero Mateo era como una ardilla, ¡imposible de atrapar!
"¡Mateo, espera! ¡No te alejes mucho!" gritó Luna, con la voz un poco agitada. Pero Mateo ya estaba demasiado lejos, su risa se oía cada vez más tenue. Luna se detuvo para tomar aire. Habían venido al laberinto de maíz como parte de la fiesta de otoño del pueblo. Había música, puestos de comida y juegos, pero para Mateo, lo mejor era el laberinto.
Luna respiró hondo y siguió adelante. El laberinto era enorme, con pasillos estrechos y giros inesperados. Las paredes de maíz eran más altas que ella, casi como si estuvieran intentando esconderla. Empezó a sentir un poco de miedo. "¡Mateo!" llamó de nuevo, pero solo el viento respondió.
Pasó un rato largo, y Luna, con el corazón latiendo con fuerza, se dio cuenta de que se había perdido. No reconocía nada. "¡Ay no! ¡Ahora los dos estamos perdidos!" pensó, con lágrimas asomándose a sus ojos. Intentó recordar las indicaciones que les había dado el señor del laberinto: "Manténganse a la derecha, siempre a la derecha". Pero, ¿cuál era su derecha ahora? Todo se veía igual.
Decidió calmarse. Sabía que Mateo, aunque travieso, también era listo. Seguramente estaría intentando encontrar el camino de vuelta. Se apoyó contra una pared de maíz y cerró los ojos. Intentó recordar el sonido de la música de la fiesta. Si lograba oírla, podría caminar en esa dirección.
Después de un rato, escuchó algo. Era un sonido lejano, como una melodía que se filtraba entre las hojas. ¡Era la música! Luna abrió los ojos y caminó decididamente en la dirección del sonido. A cada paso, la música se hacía más fuerte. ¡Estaba cerca!
De repente, escuchó un sollozo. Era un llanto suave, como el de un pajarito asustado. Luna aguzó el oído. El llanto venía de un pasillo cercano. Corrió hacia allí y, entre las altas plantas de maíz, vio a Mateo, sentado en el suelo, abrazado a sus rodillas.
"¡Mateo!" gritó Luna, aliviada. Mateo levantó la cabeza y sus ojos se iluminaron al ver a su hermana. "¡Luna! ¡Me perdí! ¡Tenía mucho miedo!" dijo, corriendo a abrazarla.
Luna lo abrazó con fuerza. "Ya, ya, estoy aquí. Te encontré. No tienes que tener miedo." Lo abrazó con fuerza y le besó la frente. "Yo también estaba un poco asustada, pero sabía que te encontraría."
Después de calmar a Mateo, Luna pensó en cómo salir del laberinto. Recordó lo que había aprendido sobre seguir el sonido. "Mateo, escúchame. ¿Oyes la música? Vamos a caminar hacia ella. Sígume de cerca, ¿vale?"
Mateo asintió, sujetando la mano de Luna con fuerza. Juntos, caminaron en dirección a la música. Luna se guiaba por el sonido y, aunque a veces el camino parecía dar vueltas, ella no se rindió. Sabía que tenían que seguir adelante.
Finalmente, después de un buen rato, vieron una luz al final del pasillo. ¡Era la salida del laberinto! Corrieron hacia ella y, en un abrir y cerrar de ojos, estaban de nuevo en la fiesta, rodeados de gente y música.
Su mamá, al verlos, corrió a abrazarlos. "¡Mis niños! ¡Estábamos tan preocupados! ¿Dónde se habían metido?"
Luna explicó lo que había pasado, cómo Mateo se había perdido y cómo ella lo había encontrado siguiendo el sonido de la música. Su mamá los abrazó con fuerza, aliviada de que estuvieran bien.
Después de esa aventura, Mateo y Luna aprendieron una valiosa lección: que siempre debían permanecer juntos y que, incluso cuando las cosas se ponían difíciles, podían confiar el uno en el otro. Y aunque el laberinto de maíz era muy divertido, siempre se asegurarían de no alejarse demasiado. Y Luna se convirtió en la heroína de Mateo, la hermana que lo rescató del misterioso laberinto.
Esa noche, mientras se acurrucaban en la cama, Mateo le dijo a Luna: "Gracias por encontrarme, Luna. Eres la mejor hermana del mundo." Luna sonrió y le dio un beso en la frente. "Siempre te encontraré, Mateo. Siempre."
La fiesta de otoño continuó, con música, risas y el dulce aroma de las manzanas acarameladas. Pero para Mateo y Luna, el recuerdo del laberinto de maíz siempre sería especial: el lugar donde se perdieron y se encontraron, y donde su amor de hermanos se hizo aún más fuerte.
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