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Gratis · elegí una vozLas sombras de la noche me abrazaban. Era un abrazo frío, como el de un fantasma. Caminé por senderos que ya no recordaba haber visto antes. El pasto alto me llegaba hasta las rodillas, y el aire olía a tierra mojada y a algo más… algo desconocido. Me sentía extraño, como si me llamara desde lejos una voz. Una voz suave, casi un susurro, que me arrastraba hacia adelante.
Al llegar, un silbido suave como una flauta rompió el silencio grave. Era una melodía triste, pero a la vez hermosa, que hacía vibrar mi corazón. La vi. Estaba sentada en la orilla de un lago oscuro, casi negro, que brillaba bajo la luz de la luna. Su cabello era largo y ondulado, como algas marinas, y sus ojos brillaban con una luz misteriosa.
-Te estuve esperando – habló con voz que resonó en mi mente. No era una voz fuerte, pero la escuchaba claramente, como si estuviera dentro de mi cabeza.
-¿Tú eres...? – pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
-Ella. La que duerme bajo el lago sin nombre – respondió, con una sonrisa triste en los labios.
-¿Qué soy sin sueños? – pregunté, sin entender por qué decía eso. Pero sentía que era importante, que era la pregunta que necesitaba hacer.
Sentí un ramo marchito en mis manos. Eran rosas, pero estaban secas y sin color. Los pétalos se desmoronaban al tocarlos. Me atrapaba como si los pétalos pesaran todos los años allí. Eran pesados, como si tuvieran el peso de todos los sueños perdidos. Leí entre susurros: "No puedes quedarte. Aún no."
-¿Debo irme? – pregunté, sintiendo un miedo frío recorrer mi espalda.
-Las sombras de tus facciones las necesito – respondió ella, mirando fijamente mi rostro. Su mirada era intensa, como si estuviera buscando algo en mi interior. Parecía que quería robar mis recuerdos.
Al día siguiente, por fin desperté. Estaba en mi cama, en mi habitación de siempre. Fue como si nunca hubiera salido del pueblo. El sol brillaba a través de la ventana, y los pájaros cantaban alegremente. No había rastro de ella ni del lago. Solo el ramo marchito sobre mi almohada. Las rosas estaban aún más secas que antes, y los pétalos se habían caído sobre la tela.
Corrí con mi propia sombra que se alargaba en direcciones contrarias. Quería salir de la casa, necesitaba ver si todo era real. La sombra me seguía, a veces alargándose, a veces acortándose, como si tuviera vida propia.
Cuando llegué al mesón, el dueño seguía ahí en la misma posición. Estaba sentado en una silla frente a la puerta, leyendo un periódico. Me miró con sorpresa.
-¿Salió a dar un paseo? – preguntó, con una sonrisa amable.
-Sí, y traje menos de lo que llevaba – respondí, sintiendo un escalofrío. No sabía qué quería decir con eso, pero sentía que era verdad.
Al día siguiente salí de ese pueblo. Necesitaba alejarme de ese lugar, de esa sensación extraña que me invadía. No volví a recordar lo que pasó ese día. No quise ni pude. Enterré el ramo en un lugar muy lejano. Sabía que si pensaba en ello, volvería a ver el lago, y a ella.
Años después, un anciano llegó al pueblo. Preguntó por el lago sin nombre. Nadie lo recordaba. El anciano sonrió tristemente. "Los sueños se olvidan", dijo. "Pero las sombras, las sombras siempre regresan". Se fue, dejando tras de sí un silencio inquietante. Algunos dicen que el anciano era yo. Otros, que era ella, buscando las sombras de mi rostro, para poder dormir en paz en el lago sin nombre. Y otros más dicen que el lago siempre estuvo ahí, esperando a alguien que lo recuerde, para poder volver a soñar. El lago se alimenta de los sueños perdidos, y ella, la que duerme bajo el lago sin nombre, es la guardiana de esos sueños, esperando a que alguien la libere de su eterno descanso. Quizás, algún día, alguien recuerde el camino, y la libere de su soledad. Hasta entonces, el lago sin nombre seguirá durmiendo, esperando a que alguien se atreva a soñar de nuevo.
Desde entonces, evito las sombras. Siempre busco la luz, el sol, la claridad. Pero a veces, cuando la noche es oscura y silenciosa, siento su abrazo frío, y escucho el silbido suave como una flauta, que me llama desde lejos. Y sé que ella sigue ahí, esperando, en el lago sin nombre, para siempre.
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