Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo llamado Villa Dulce, un niño llamado Tomás que tenía una palabra favorita: "me". Todo era "me": "¡Me quiero este juguete!", "¡Me comí todo el pastel!", "¡Me voy a ganar!" Decía "me" para todo, sin pensar en los demás.
Un día, una anciana sabia llamada Doña Elena, que vivía en la colina más alta de Villa Dulce, escuchó las constantes exclamaciones de "me" de Tomás. Doña Elena era conocida por sus extraños y maravillosos inventos, y sobre todo, por su gran corazón. Preocupada por la actitud de Tomás, decidió hacer algo al respecto.
Doña Elena se puso a trabajar en su laboratorio, lleno de tubos de ensayo burbujeantes, frascos con polvos brillantes y libros llenos de fórmulas enredadas. Después de días de arduo trabajo, finalmente creó una pequeña botella de cristal que brillaba con una luz suave. La botella contenía un polvo mágico, el "Des-Yo-lucionador", capaz de quitar el "me" de las palabras y, quizás, del corazón de Tomás.
Al día siguiente, Doña Elena se acercó a Tomás mientras jugaba en el parque. "Hola, Tomás," dijo con una sonrisa amable. "Tengo algo para ti. Es un polvo especial que te ayudará a ser aún más feliz".
Tomás, curioso como era, aceptó la botella sin dudarlo. "¿Qué hace?", preguntó, listo para usarlo para su propio beneficio.
"Este polvo mágico," explicó Doña Elena, "tiene el poder de hacer que tus palabras sean aún más poderosas. Pero debes usarlo con cuidado. Cuando sientas la necesidad de decir me, espolvorea un poco de este polvo y piensa en alguien más".
Tomás no entendió del todo, pero emocionado por la magia, guardó la botella en su bolsillo y corrió a jugar.
Ese mismo día, su amigo Lucas estaba construyendo una torre de bloques. Tomás, como siempre, se acercó corriendo y gritó: "¡Me voy a hacer la torre más alta!"
Pero, justo antes de terminar la frase, recordó la botella de Doña Elena. Dudó por un momento, luego sacó la botella y espolvoreó un poquito del polvo mágico. De repente, sintió algo extraño. En lugar de decir "me", pensó en Lucas y en lo feliz que estaría si terminaban la torre juntos.
"¿Te ayudo a hacer la torre más alta, Lucas?", preguntó Tomás, sorprendiendo incluso a sí mismo.
Lucas, que estaba acostumbrado a la actitud egoísta de Tomás, lo miró con incredulidad. Luego, una gran sonrisa iluminó su rostro. "¡Sí, claro! ¡Eso sería genial!"
Juntos, Tomás y Lucas construyeron una torre altísima, la más alta que jamás habían hecho. Tomás se dio cuenta de que era mucho más divertido trabajar en equipo que tratar de hacerlo todo él solo. La alegría de ver a Lucas feliz era mucho más gratificante que cualquier logro individual.
Al día siguiente, Tomás quería un helado de fresa. Corrió a la heladería y, al ver que solo quedaba una porción, gritó: "¡Me lo quedo!"
Una vez más, recordó la botella de Doña Elena. Espolvoreó un poco del polvo mágico y pensó en su hermanita Sofía, a quien también le encantaba el helado de fresa.
"¿Le damos la última porción de helado a Sofía?", le preguntó a la heladera.
La heladera, asombrada por la generosidad de Tomás, le dio a Sofía una porción extra de helado gratis. Sofía, feliz, abrazó a Tomás, llenándolo de un calor que nunca antes había sentido.
Tomás continuó usando el polvo mágico, aprendiendo a pensar en los demás antes que en sí mismo. Descubrió que compartir sus juguetes, ayudar a sus vecinos y escuchar a sus amigos le traía una felicidad mucho mayor que cualquier cosa que pudiera obtener para sí mismo.
Poco a poco, el "me" desapareció de su vocabulario y de su corazón. En su lugar, aparecieron palabras como "nosotros", "ayudar", "compartir" y "amar".
Un día, Tomás fue a visitar a Doña Elena para agradecerle. "Gracias, Doña Elena," dijo. "Su polvo mágico me ha cambiado la vida. He descubierto que es mucho más divertido hacer felices a los demás que preocuparme solo por mí".
Doña Elena sonrió sabiamente. "El verdadero poder no estaba en el polvo, Tomás," dijo. "El poder siempre estuvo dentro de ti. El polvo solo te ayudó a verlo".
Tomás regresó a Villa Dulce, ya no como el niño egoísta que alguna vez fue, sino como un niño amable, generoso y feliz. Y así, Villa Dulce se volvió aún más dulce, gracias al misterio del "me" desaparecido y al poder de un niño para cambiar el mundo, una buena acción a la vez.
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