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Gratis · elegí una vozUna noche oscura con abundante lluvia. Las gotas gordas golpeaban las ventanas como pequeños tambores furiosos. Sofía, una niña de siete años con dos coletas castañas y una imaginación desbordante, miraba desde su ventana, fascinada y un poco asustada. El viento aullaba como un lobo hambriento, sacudiendo los árboles del jardín.
"¡Qué noche tan terrible!", exclamó su abuela, Doña Elena, mientras cerraba las contraventanas. Doña Elena era una mujer sabia con el pelo blanco como la nieve y una sonrisa que siempre calmaba a Sofía. "Es mejor quedarse adentro y contar historias."
Pero Sofía no quería historias. Quería aventuras. Observó cómo el agua formaba riachuelos en el asfalto, llevando consigo hojas y ramitas. De repente, vio algo brillante que se movía con la corriente. Era… ¡un paraguas! Un paraguas rojo, pequeño y con un mango de madera que parecía la cabeza de un pato.
"¡Abuela, mira! Un paraguas se lo está llevando la lluvia," gritó Sofía, señalando con el dedo la ventana.
Doña Elena se acercó y miró. "¡Vaya, qué pena! Seguro que alguien lo ha perdido."
Sofía sintió una punzada de tristeza por el paraguas abandonado. Se imaginó a su dueño, quizás otro niño, empapado y triste por haberlo perdido. Decidió que tenía que hacer algo.
"Abuela, ¿podemos ir a buscarlo? ¡Quizás podamos encontrar a quien pertenece!"
Doña Elena dudó. La lluvia era muy fuerte y la noche muy oscura. Pero vio la determinación en los ojos de Sofía y no pudo negarle la aventura.
"Está bien, Sofía. Pero nos abrigaremos muy bien y solo iremos hasta la esquina. ¡Y llevaremos mi paraguas grande!"
Se pusieron sus abrigos impermeables, sus botas de goma y salieron a la noche tormentosa. El paraguas de Doña Elena era enorme y colorido, como un arcoíris al revés. Sofía sostenía una linterna pequeña que proyectaba un haz de luz tembloroso.
Caminaron con cuidado, siguiendo el curso del agua. La lluvia les golpeaba la cara y el viento intentaba arrancarles el paraguas. Pero Sofía no se rindió. Estaba decidida a encontrar el paraguas rojo.
Llegaron a la esquina y vieron que el paraguas rojo se había atascado en un charco grande junto a una farola. Sofía lo recogió con cuidado. Estaba mojado y un poco sucio, pero seguía siendo bonito.
"¿Y ahora qué, abuela? ¿Cómo vamos a encontrar a su dueño?" preguntó Sofía, sintiéndose un poco desanimada.
Doña Elena sonrió. "Podemos poner un cartel en la tienda de Don José. Seguro que alguien lo reconoce."
Don José era el dueño de la tienda de caramelos del barrio. Siempre estaba dispuesto a ayudar a los vecinos. Así que, al día siguiente, Sofía y Doña Elena fueron a la tienda con el paraguas rojo y un cartel que decía: "¿Has perdido este paraguas? Pregunta en la tienda de Don José."
Durante días, nadie reclamó el paraguas. Sofía empezó a pensar que nunca encontrarían a su dueño. Estaba a punto de resignarse cuando, un día, entró en la tienda un niño pequeño con el pelo rubio y los ojos azules. Estaba empapado hasta los huesos.
"¿Has visto un paraguas rojo?", preguntó el niño, con la voz temblorosa. "Lo perdí anoche y ahora mi mamá está muy enfadada."
Sofía sintió una alegría inmensa. "¡Sí, lo tenemos!" Corrió a buscar el paraguas y se lo entregó al niño.
El niño lo reconoció al instante. "¡Es mi paraguas de pato!", exclamó, abrazándolo con fuerza. "¡Muchas gracias!"
El niño, que se llamaba Martín, le contó a Sofía que había ido a visitar a su abuela y que el viento le había arrancado el paraguas de las manos. Estaba muy agradecido de que lo hubieran encontrado.
Para agradecerles, Martín les regaló a Sofía y a Doña Elena dos caramelos grandes de fresa. Sofía sintió que había hecho algo realmente importante. No solo había encontrado el paraguas perdido, sino que también había hecho feliz a alguien.
Volvieron a casa bajo un cielo azul y brillante. La lluvia había cesado y el sol brillaba con fuerza. Sofía supo que nunca olvidaría la noche tormentosa y la aventura del paraguas perdido. Aprendió que incluso en la oscuridad, se puede encontrar la luz y que hacer el bien a los demás siempre trae alegría. Y, por supuesto, siempre recordaría la importancia de un buen paraguas en una noche de tormenta.
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