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Gratis · elegí una vozEvelyn, una estudiante italiana de intercambio, se maravilló al ver el Whitmore Building. Doce pisos de ladrillo rojo se alzaban hacia el cielo de Nueva York, una postal perfecta. Ella vivía en el piso siete, rodeada del bullicio de la ciudad. Pero había algo peculiar en el Whitmore: nadie, absolutamente nadie, había pisado jamás el piso trece. Se decía que era un piso fantasma, un lugar maldito. Evelyn, con su curiosidad italiana, lo encontraba fascinante.
En el piso doce vivía la señorita Holloway, una mujer misteriosa con gafas gruesas y un aire reservado. Siempre vestía de negro y susurraba al pasar. Evelyn la encontraba un poco aterradora, pero también intrigante.
Un día, una nueva inquilina llegó al Whitmore: Amelia, otra chica de la edad de Evelyn, con una energía contagiosa y una sed insaciable de aventuras. Amelia rápidamente se hizo amiga de Evelyn. Juntas exploraban la ciudad, probaban comidas raras y compartían secretos.
Una tarde, mientras tomaban un café en el pequeño balcón de Evelyn, Amelia confesó su obsesión con el piso trece. "¿No te da curiosidad, Evelyn?", preguntó Amelia, con los ojos brillantes. "¿Qué habrá allí arriba? ¿Por qué nadie puede entrar?"
Evelyn se mordió el labio. Aunque sentía curiosidad, también le daba un poco de miedo la idea. "Dicen que está maldito, Amelia. Es mejor no meterse en problemas."
Pero Amelia era imparable. "Tonterías", dijo, agitando la mano. "Es solo un rumor. Mañana, voy a subir al piso trece."
Evelyn intentó disuadirla, pero fue inútil. Amelia estaba decidida. Al día siguiente, Evelyn esperó ansiosamente en su apartamento. Las horas pasaban y Amelia no regresaba. La preocupación de Evelyn crecía con cada minuto que pasaba.
Finalmente, Evelyn decidió que tenía que hacer algo. Subió al piso doce y llamó a la puerta de la señorita Holloway. La mujer abrió la puerta con cautela, como si esperara malas noticias.
"Señorita Holloway, ¿ha visto a Amelia?", preguntó Evelyn, con la voz temblorosa. "Dijo que iba a subir al piso trece y no ha regresado."
La señorita Holloway palideció. "¡El piso trece!", exclamó. "¡No debió hacerlo! Ese piso está prohibido por una razón."
Juntas, Evelyn y la señorita Holloway subieron las escaleras hasta el piso doce. La puerta al piso trece estaba cerrada con llave. Pero Amelia, ingeniosa como era, había encontrado la manera de abrirla. La puerta colgaba ligeramente abierta.
Evelyn sintió un escalofrío. La señorita Holloway dudó, pero Evelyn la animó a entrar. Con cautela, empujaron la puerta y entraron al piso prohibido.
El piso estaba cubierto de polvo y telarañas. El aire era denso y olía a humedad y a algo más... algo dulce y pútrido. La luz que entraba por las ventanas sucias era tenue y fantasmal.
Recorrieron el piso con cautela, llamando el nombre de Amelia. No obtuvieron respuesta. El piso parecía vacío, abandonado. Pero de pronto, un sonido… un suave gemido… vino de una habitación al final del pasillo.
Con el corazón latiendo con fuerza, Evelyn y la señorita Holloway se acercaron a la habitación. La puerta estaba entreabierta. Al empujarla, se encontraron con una escena sorprendente.
En el centro de la habitación, sentada en una silla mecedora, estaba Amelia. Pero no era la misma Amelia que conocían. Su piel era pálida y translúcida, sus ojos estaban vidriosos. En su regazo, acunaba un viejo muñeco de porcelana con una sonrisa macabra.
"Amelia, ¿estás bien?", preguntó Evelyn, con cautela.
Amelia levantó la vista lentamente. "Estamos jugando", dijo con una voz suave y extraña. "¿Quieres jugar con nosotros?"
Antes de que Evelyn pudiera responder, el muñeco de porcelana abrió los ojos y sonrió. Evelyn gritó. La señorita Holloway, sin dudarlo, tomó a Evelyn de la mano y la sacó de la habitación. Cerraron la puerta de golpe y corrieron escaleras abajo, sin detenerse hasta llegar al apartamento de Evelyn.
Nunca volvieron a ver a Amelia. El piso trece permaneció cerrado y prohibido. Evelyn, atormentada por la imagen de Amelia y el muñeco de porcelana, nunca olvidó su aventura en el Whitmore Building. Aprendió que a veces, la curiosidad puede tener consecuencias terribles. Y que algunos misterios, es mejor dejarlos sin resolver.
La señorita Holloway se mudó del Whitmore Building poco después. Evelyn continuó viviendo allí hasta el final de su intercambio, siempre mirando con recelo el piso trece, recordando la desaparición de Amelia y el misterio del piso prohibido.
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