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Gratis · elegí una vozEn la soleada selva, vivía un mono muy travieso llamado Miguelito. A Miguelito le encantaban los plátanos. ¡Eran su comida favorita! Un día, Miguelito encontró un plátano gigante, ¡el más grande que jamás había visto! Lo dejó en una piedra para ir a buscar a su amiga Sofía, la tortuga, para mostrarle su hallazgo.
"¡Sofía, Sofía! ¡Mira lo que encontré!", gritó Miguelito mientras corría hacia el río donde Sofía tomaba el sol.
Sofía, con su caparazón brillante, bostezó lentamente. "¿Qué pasa, Miguelito? ¿Por qué tanto alboroto?"
"¡Un plátano! ¡Un plátano gigante! ¡Tienes que verlo!", exclamó Miguelito, con los ojos brillantes de emoción.
Sofía, aunque lenta, se entusiasmó. "¡Un plátano gigante! ¡Eso sí que es interesante! Vamos a verlo."
Pero cuando llegaron a la piedra, ¡el plátano no estaba! Miguelito se rascó la cabeza, muy confundido. "¡Pero si lo dejé aquí! ¿Dónde se habrá ido?"
Sofía miró alrededor con sus ojos sabios. "Mmm, esto es un misterio. Tendremos que investigar."
"¡Sí! ¡Vamos a ser detectives!", gritó Miguelito, saltando de alegría.
Primero, preguntaron a la señora Búho, que siempre estaba observando todo desde su árbol alto. "Señora Búho, ¿vio usted quién se llevó el plátano de Miguelito?"
La señora Búho parpadeó lentamente. "¡Hoo, hoo! Vi a un oso muy grande pasando por aquí hace un rato. Llevaba algo amarillo en sus manos. ¡Hoo, hoo!"
"¡Un oso!", exclamó Miguelito. "¡Debe ser él! ¡Vamos a buscar al oso!"
Sofía y Miguelito siguieron las huellas del oso hasta un claro en el bosque. Allí, encontraron al oso, llamado Bernardo, comiendo frambuesas.
"¡Bernardo! ¿Fuiste tú quien te llevaste el plátano de Miguelito?", preguntó Sofía con voz firme.
Bernardo se sobresaltó y dejó caer las frambuesas. "¡Oh, hola, Sofía! ¡Hola, Miguelito! Yo... yo no me llevé ningún plátano."
Miguelito no le creyó. "¡Pero la señora Búho te vio con algo amarillo!"
Bernardo suspiró. "Está bien, está bien. Lo confieso. Vi el plátano y me dio mucha hambre. Pero... ¡no me lo comí! Lo cambié por estas deliciosas frambuesas."
"¿Lo cambiaste? ¿Con quién?", preguntó Sofía.
"Con la ardilla Ana. A ella le encantan los plátanos, y yo quería frambuesas", respondió Bernardo.
Miguelito y Sofía fueron a buscar a Ana, la ardilla, que estaba saltando de rama en rama con mucha energía.
"¡Ana! ¿Tienes el plátano de Miguelito?", preguntó Miguelito.
Ana se detuvo y miró a Miguelito con sus ojos brillantes. "¡Sí! Bernardo me lo dio a cambio de frambuesas. ¡Es el plátano más delicioso que he probado en mi vida!"
Miguelito se sintió un poco triste. "Pero... ese plátano era mío."
Ana, al ver la cara de Miguelito, se sintió mal. "Oh, lo siento mucho, Miguelito. No sabía que era tuyo. ¡Aquí tienes! Puedes quedártelo."
Ana le devolvió a Miguelito el plátano, pero Miguelito ya no tenía tanta hambre. Había estado buscando el plátano durante tanto tiempo que se le había quitado el apetito.
"Gracias, Ana", dijo Miguelito. "Pero... ¿sabes qué? Creo que prefiero compartirlo con todos ustedes. ¡Tengo una idea!"
Miguelito partió el plátano en trozos pequeños y los compartió con Sofía, Bernardo y Ana. Todos disfrutaron del delicioso plátano juntos.
"¡Este plátano sabe aún mejor compartido con amigos!", exclamó Miguelito, sonriendo.
Sofía, Bernardo y Ana estuvieron de acuerdo. ¡Compartir era mucho más divertido que tener un plátano gigante solo para uno mismo!
Desde ese día, Miguelito aprendió que compartir es mucho más gratificante que tenerlo todo para uno mismo. Y aunque le encantaban los plátanos, lo que más le gustaba era la compañía de sus amigos.
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