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Gratis · elegí una vozJavier era un niño de seis años con una energía inagotable y una sonrisa que contagiaba alegría. Le encantaba jugar al pillarse en el patio del jardín infantil, construir torres altísimas con bloques y cantar canciones a todo pulmón. Sin embargo, Javier tenía un pequeño problemita: ¡era un experto en perder cosas!
Casi todos los días, las tías del jardín, la Tía Sofía y la Tía Elena, se encontraban en medio de una búsqueda del tesoro. "¿Dónde estará el lápiz rojo de Javier?", preguntaba la Tía Sofía, mientras rebuscaba entre las pinturas. "¡Oh, no! Otra vez el polerón de Javier", exclamaba la Tía Elena, encontrándolo hecho un ovillo dentro de la mochila, que ya parecía a punto de explotar.
La mochila de Javier era un universo aparte. Guardaba tesoros inimaginables: hojas secas, piedritas brillantes, la mitad de una galleta mordisqueada y, por supuesto, un montón de útiles escolares extraviados. El polerón de Javier, un suéter azul marino con un dibujo de un cohete espacial, era especialmente escurridizo. A veces aparecía colgado en el perchero de otro niño, otras veces debajo de una silla y, con mucha frecuencia, dentro de la mochila, ocupando casi todo el espacio disponible.
Un día, la Directora del jardín, la Señora Patricia, llamó a los padres de Javier a una reunión. "Javier es un niño maravilloso", comenzó la Señora Patricia con una sonrisa amable, "pero el próximo año entrará a primero básico y necesita aprender a ser más responsable con sus cosas. En primero básico, los niños tienen que cuidar de sus útiles y recordar dónde los dejan".
Los padres de Javier, Don Carlos y Doña Ana, entendieron perfectamente la preocupación. "Hemos notado lo mismo en casa", dijo Don Carlos. "A veces, Javier deja sus juguetes en la sala y luego no los encuentra".
Doña Ana agregó: "Intentaremos ayudarlo a ser más organizado y responsable".
Al día siguiente, Doña Ana tuvo una idea brillante. Le regaló a Javier una caja de madera pequeña, decorada con estrellas y planetas. "Esta es tu caja de tesoros, Javier", le dijo Doña Ana. "Aquí puedes guardar tus lápices, tus gomas de borrar y todos tus útiles importantes. Así, siempre sabrás dónde están".
Javier estaba encantado con su caja de tesoros. La decoró con pegatinas de astronautas y la colocó en su escritorio. Esa noche, antes de acostarse, ordenó cuidadosamente todos sus lápices y gomas dentro de la caja.
Sin embargo, el problema del polerón persistía. Un día, Javier salió al patio a jugar y se quitó el polerón porque hacía calor. Lo dejó tirado en el suelo y se olvidó por completo de él. Al sonar la campana, corrió adentro a lavarse las manos para el almuerzo.
La Tía Sofía vio el polerón tirado en el suelo. En lugar de guardarlo ella misma, decidió darle una pequeña lección a Javier. Esperó a que terminara el almuerzo y le dijo: "Javier, ¿has visto tu polerón? No lo encuentro por ninguna parte".
Javier se puso pálido. "¡Ay, no! ¡Mi polerón! ¿Dónde estará?", exclamó, comenzando a buscar desesperadamente por todo el jardín.
Después de un rato, la Tía Sofía lo guio discretamente hacia el lugar donde había dejado el polerón. "¿Quizás lo dejaste por aquí?", sugirió la Tía Sofía.
Javier vio el polerón tirado en el suelo. Se sintió avergonzado. "¡Oh! Aquí está", dijo en voz baja.
La Tía Sofía se agachó a su altura y le dijo suavemente: "Javier, es importante recordar dónde dejas tus cosas. Cuando termines de jugar, puedes doblar tu polerón y guardarlo en tu mochila o colgarlo en tu perchero. Así, siempre sabrás dónde está".
Javier asintió con la cabeza. Recogió el polerón, lo dobló con cuidado y lo guardó en su mochila. Ese día, aprendió una valiosa lección.
Desde ese día, Javier se esforzó por ser más responsable. Empezó a usar su caja de tesoros para guardar sus útiles y a recordar dónde dejaba su polerón. A veces, todavía se olvidaba, pero las Tías Sofía y Elena lo ayudaban a recordar, sin hacer el trabajo por él.
Poco a poco, Javier se fue volviendo más autónomo. Aprendió a vestirse solo, a preparar su mochila y a recoger sus juguetes después de jugar. Estaba listo para entrar a primero básico, con su caja de tesoros y su polerón espacial siempre a mano. Y lo más importante, ¡estaba listo para ser responsable!
Un día, la Señora Patricia visitó la sala de Javier. Lo vio ordenando sus lápices en su caja de tesoros. "¡Muy bien, Javier!", dijo la Señora Patricia con una sonrisa. "Estás listo para primero básico".
Javier sonrió orgulloso. Sabía que aún tenía mucho que aprender, pero estaba dispuesto a esforzarse. ¡Ya no era solo un niño que perdía cosas, sino un niño responsable y autónomo, listo para la aventura de primero básico!
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