Cuento corto para dormir

¡El Misterio del Queso Desaparecido y el Gatito Travieso!

Bigotes, un gatito travieso, se come un trozo de queso gouda que la señora Emilia había dejado en la encimera. A la mañana siguiente, la señora Emilia descubre el pastel (o, mejor dicho, la falta de queso) y, aunque al principio se sorprende, termina perdonando a Bigotes por su travesura. Aprenden a compartir el queso con moderación y a vivir felices en Villa Miau.

A partir de: El gatito comió queso de noche

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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Era una noche tranquila en Villa Miau. La luna brillaba con fuerza, iluminando los tejados de las casitas. En una de esas casas, vivía un gatito llamado Bigotes. Bigotes no era un gatito cualquiera; era un gatito muy curioso y, a veces, un poco travieso. Tenía un pelaje suave como la seda, de color blanco con manchas atigradas, y unos ojos grandes y verdes que brillaban con picardía.

La señora Emilia, la dueña de Bigotes, era una señora muy amable y cariñosa. Le gustaba consentir a su gatito con todo tipo de golosinas, especialmente con queso. Tenía una despensa llena de quesos deliciosos: queso manchego, queso brie, queso cheddar… ¡Un paraíso para un gatito amante del queso!

Esa noche, la señora Emilia había dejado un trozo de queso gouda en la encimera de la cocina. Era un queso holandés con un olor muy apetitoso. Lo había reservado para preparar unos sándwiches al día siguiente. Pero, ¡ay!, no contaba con la astucia de Bigotes.

Bigotes, después de cenar su plato de pescado, sintió un aroma irresistible que flotaba en el aire. Era el aroma del queso. Su pequeño estómago ronroneó de emoción. Con sigilo, como un pequeño ninja gatuno, se acercó a la cocina. La puerta estaba entreabierta, y una fina línea de luz se colaba por la rendija.

Bigotes empujó la puerta con su patita y entró en la cocina. Sus ojos se posaron inmediatamente en el trozo de queso gouda que descansaba sobre la encimera. Era grande, amarillo y brillante. ¡Perfecto!

“Miau…”, murmuró Bigotes, relamiéndose los bigotes. “Este queso es mío”.

Pero la encimera era alta, demasiado alta para que Bigotes pudiera alcanzarla. Primero intentó saltar, pero no llegó. Luego, intentó trepar por la pata de la mesa, pero era demasiado resbaladiza. Bigotes no se rendía. Era un gatito persistente.

Miro a su alrededor y vio una silla. ¡Una silla! ¡Esa era la solución! Con cuidado, empujó la silla hasta colocarla justo debajo de la encimera. Luego, saltó sobre la silla y, desde allí, se impulsó hasta alcanzar el queso.

¡Lo había logrado! Bigotes estaba ahora frente al trozo de queso gouda. Lo olisqueó con deleite y le dio un pequeño mordisco. ¡Qué sabor tan delicioso! Era cremoso, salado y ligeramente dulce. Bigotes no pudo resistirse. Empezó a comer queso sin parar.

Comió y comió, hasta que su pequeño estómago estuvo a punto de explotar. El queso estaba tan bueno que no podía dejar de comer. Cuando finalmente terminó, sólo quedaban unas pequeñas migajas sobre la encimera.

Satisfecho y con la barriga llena, Bigotes bajó de la encimera con cuidado y se dirigió, tambaleándose un poco, hacia su cama. Se acurrucó en su cojín favorito y cerró los ojos. Pronto, se quedó profundamente dormido, soñando con montañas de queso gouda.

A la mañana siguiente, la señora Emilia se levantó temprano para preparar los sándwiches. Entró en la cocina y se dirigió hacia la encimera para tomar el queso. Pero, ¡oh, sorpresa! ¡El queso había desaparecido!

“¿Dónde está el queso?”, se preguntó la señora Emilia, mirando a su alrededor. Buscó por toda la cocina, pero no encontró ni rastro del queso gouda. Estaba desconcertada. ¿Quién se había comido el queso?

Entonces, su mirada se posó en Bigotes, que dormía plácidamente en su cojín. Lo observó con detenimiento y vio que tenía unas pequeñas migajas de queso pegadas a sus bigotes. ¡Ajá! ¡El misterio estaba resuelto!

La señora Emilia sonrió. No podía enfadarse con Bigotes. Sabía que le encantaba el queso y que, probablemente, no había podido resistirse a la tentación. Se acercó a Bigotes y lo acarició suavemente.

“Bigotes, gatito travieso”, le dijo la señora Emilia con cariño. “Te has comido todo el queso, ¿verdad?”.

Bigotes abrió un ojo y miró a la señora Emilia con cara de inocente. “Miau…”, respondió, como si no supiera nada.

La señora Emilia rió. Sabía que Bigotes estaba mintiendo, pero no le importaba. Le preparó un nuevo plato de comida y le dio un abrazo. Bigotes ronroneó feliz, agradecido por el cariño de su dueña.

Desde aquella noche, la señora Emilia guardó el queso en un lugar seguro, fuera del alcance de Bigotes. Pero, de vez en cuando, le daba un pequeño trozo como premio por ser un gatito tan adorable, aunque un poco travieso. Y Bigotes, por su parte, aprendió que, aunque el queso es delicioso, es mejor pedirlo que robarlo. Y así, Bigotes y la señora Emilia vivieron felices para siempre en Villa Miau, compartiendo su amor y su afición por el queso (con moderación, claro está).

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Publicado el 14/04/2026

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