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Gratis · elegí una vozEl año es 2025. En el Colegio Cybernet, los alumnos de cuarto grado estaban emocionados. Hoy tocaba clase de informática, ¡y no una clase cualquiera! El Profesor Robotín, un robot pequeño y amigable, les enseñaría a programar juegos. El aula de informática era un lugar asombroso. Pantallas gigantes colgaban del techo, mostrando constelaciones de código. Cada pupitre tenía una tableta holográfica, y en una esquina, descansaba el Profesor Robotín, brillante y listo para la acción.
Sofía, la más curiosa de la clase, no podía esperar. Le encantaba la robótica y soñaba con construir su propio robot algún día. A su lado, Daniel, el bromista del grupo, ya estaba haciendo ruidos de robots con la boca, imitando al Profesor Robotín. María, la más organizada, tenía su cuaderno y lápiz listos, preparada para tomar apuntes.
Cuando el Profesor Robotín se encendió, un zumbido suave llenó el aula. “¡Buenos días, jóvenes programadores!” saludó con su voz metálica pero amigable. “Hoy aprenderemos a crear un juego sencillo: ¡Atrapa la Estrella Fugaz!”
La clase comenzó con entusiasmo. El Profesor Robotín explicaba los conceptos básicos de programación, mientras los alumnos seguían sus instrucciones en las tabletas holográficas. De repente, un estruendo sacudió el aula. Las luces parpadearon y la pantalla gigante se apagó. El Profesor Robotín dejó de moverse.
“¿Qué ha pasado?” preguntó María, asustada.
“¡Creo que se fue la luz!” exclamó Daniel, aprovechando la oportunidad para hacer más ruidos de robot descompuesto.
Cuando las luces volvieron, el Profesor Robotín… ¡había desaparecido! Su lugar estaba vacío. Un silencio sepulcral invadió el aula.
“¡¿Dónde está el Profesor Robotín?!” gritó Sofía, con los ojos muy abiertos.
Los alumnos se levantaron de sus asientos, buscando al robot perdido. Revisaron debajo de los pupitres, detrás de la pantalla gigante, incluso dentro del armario de cables. Pero el Profesor Robotín no estaba por ninguna parte.
“Esto es un misterio,” dijo Sofía, decidida a resolverlo. “Tenemos que encontrarlo.”
Daniel, a pesar de su comportamiento bromista, se puso serio. “Tienes razón. El Profesor Robotín es importante. ¡Y además, quiero aprender a programar el juego!”
María, siempre organizada, sugirió: “Deberíamos buscar pistas. Tal vez dejó algún rastro.”
Comenzaron a inspeccionar el aula minuciosamente. Sofía encontró una pequeña rueda metálica cerca del armario de cables. Daniel descubrió una huella de aceite en el suelo, que parecía dirigirse hacia la puerta. María notó que la puerta del armario de cables estaba ligeramente abierta.
“¡Creo que lo tengo!” exclamó Sofía. “La rueda es del Profesor Robotín. Y la huella de aceite indica que se movió hacia la puerta del armario. ¡Quizás se escondió allí!”
Con cautela, abrieron la puerta del armario de cables. Dentro, encontraron un laberinto de cables y circuitos. Al fondo, vieron una luz tenue. Se adentraron en el laberinto, esquivando cables y con cuidado de no tropezar.
Finalmente, llegaron al final del laberinto. Allí, en una pequeña habitación oculta, encontraron al Profesor Robotín. Estaba rodeado de herramientas y piezas de repuesto.
“¿Profesor Robotín, qué haces aquí?” preguntó María.
El Profesor Robotín se encendió lentamente. “Oh, hola, jóvenes programadores. Estaba… realizando un mantenimiento preventivo. La sobrecarga de energía causó un pequeño cortocircuito en mi sistema. Decidí venir aquí para repararme antes de que causara problemas mayores.”
“¿Pero por qué no nos dijiste nada?” preguntó Daniel.
“No quería preocuparlos,” respondió el Profesor Robotín. “Además, pensé que sería una buena oportunidad para que ustedes pusieran a prueba sus habilidades de detectives.” Sonrió con su pantalla LED.
Sofía, Daniel y María se miraron y sonrieron. Habían resuelto el misterio del Profesor Robotín desaparecido. Y aunque no habían programado el juego de la estrella fugaz, habían aprendido algo aún más importante: el valor del trabajo en equipo, la observación y la resolución de problemas.
Regresaron al aula con el Profesor Robotín, quien, después de una breve explicación, continuó con la clase. Esa tarde, en el Colegio Cybernet, los alumnos de cuarto grado aprendieron que la verdadera aventura a veces se encuentra en los lugares más inesperados, ¡incluso dentro de un armario de cables!
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