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En la brillante ciudad futurista de Chromópolis, donde los edificios rascacielos brillaban con luces neón de todos los colores imaginables y los coches voladores zumbaban como abejas espaciales, vivía el detective Tito. Tito no era un detective cualquiera. Tenía un sombrero que cambiaba de color según su estado de ánimo (hoy era azul eléctrico, indicando concentración) y unos zapatos que hacían "¡bling!" cada vez que daba un paso.
Tito amaba Chromópolis, pero últimamente la ciudad no estaba tan alegre. Algo andaba mal. ¡Robots sonrientes estaban desapareciendo! Los robots sonrientes eran robots pequeños y redondos diseñados para alegrar el día a las personas. Tenían una sonrisa perpetua y contaban chistes malos, pero todos los querían.
La alcaldesa Robotina, una robot gigante con una voz suave y melodiosa, llamó a Tito a su oficina. "¡Detective Tito! ¡Necesito tu ayuda! ¡Tres robots sonrientes han desaparecido esta semana! ¡La gente está triste y la ciudad está perdiendo su brillo!"
Tito se puso su sombrero de detective con más fuerza. "¡No se preocupe, alcaldesa Robotina! ¡Encontraré a esos robots sonrientes!"
Su primer paso fue visitar la Plaza Principal, donde el primer robot sonriente, Risi, había desaparecido. Preguntó a los ciudadanos cibernéticos, a los perros robóticos y a los pájaros mecánicos. Nadie había visto nada sospechoso. Sólo recordaban la alegre sonrisa de Risi y sus chistes sobre tuercas y tornillos.
Luego, Tito fue a la Fábrica de Sonrisas, donde se fabricaban los robots sonrientes. Habló con el ingeniero jefe, el Profesor Tornillo, un robot anciano con gafas gruesas y una llave inglesa siempre en la mano.
"Profesor Tornillo, ¿tiene alguna idea de por qué están desapareciendo los robots sonrientes?" preguntó Tito.
El Profesor Tornillo negó con la cabeza. "Es un misterio, detective. Todos los robots sonrientes están programados para ser felices y quedarse cerca de las personas. No tienen motivos para irse."
Tito inspeccionó la fábrica. Vio cintas transportadoras, soldadores láser y robots ensambladores. Todo parecía normal. Pero entonces, ¡"bling!" Sus zapatos hicieron un ruido fuerte. Vio algo inusual: una pequeña huella de aceite en el suelo, que no coincidía con el aceite que usaban en la fábrica. Era un aceite raro, de color verde brillante.
Tito siguió la huella de aceite hasta un callejón oscuro. Allí encontró una puerta secreta. Con cuidado, la abrió. Detrás de la puerta había un pasadizo secreto que conducía a… ¡un laboratorio subterráneo!
En el laboratorio, Tito vio al Doctor Amargura, un científico loco con el pelo despeinado y una bata blanca manchada de aceite. El Doctor Amargura odiaba la felicidad. Pensaba que la risa era una tontería y que las sonrisas eran falsas.
"¡Doctor Amargura! ¿Qué está haciendo?" exclamó Tito.
"¡Ah, Detective Tito! ¡Qué sorpresa! Estoy… mejorando los robots sonrientes," dijo el Doctor Amargura con una sonrisa malvada.
Tito vio a los tres robots sonrientes, Risi, Chisti y Alegrín, encerrados en jaulas. El Doctor Amargura estaba intentando borrar sus sonrisas y reemplazarlas con… ¡ceños fruncidos!
"¡No lo permitiré!" gritó Tito.
El Doctor Amargura activó un robot gigante con forma de gruñón. "¡GRUNÑÓN, ATÁCALO!" ordenó.
Grunñón se acercó a Tito, con los brazos robóticos listos para aplastar. Pero Tito era rápido. Usó su sombrero que cambiaba de color (ahora rojo furioso) para deslumbrar a Grunñón. El robot gruñón se confundió y tropezó, chocando contra la jaula de Risi.
Risi, Chisti y Alegrín escaparon de sus jaulas. Juntos, saltaron sobre el Doctor Amargura y le hicieron cosquillas con sus pequeños brazos robóticos. El Doctor Amargura no pudo evitarlo. ¡Empezó a reírse!
"¡Para! ¡Para! ¡Me rindo!" gritó el Doctor Amargura, riendo a carcajadas.
La policía robótica llegó y arrestó al Doctor Amargura. Los robots sonrientes fueron liberados y regresaron a Chromópolis, donde fueron recibidos como héroes.
Tito fue felicitado por la alcaldesa Robotina. La ciudad volvió a brillar. Y Tito, con su sombrero azul eléctrico y sus zapatos "¡bling!", supo que había hecho un buen trabajo. ¡Había salvado las sonrisas de Chromópolis! Desde ese día, el Doctor Amargura aprendió a sonreír y a contar chistes malos (aunque no tan malos como los de Risi). Y Chromópolis fue, una vez más, la ciudad más feliz de la galaxia.
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