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Gratis · elegí una vozUn día en la escuela, cuando estábamos almorzando en el comedor ruidoso y lleno de risas, algo extraordinario sucedió. Yo, Sofía, estaba sentada con mis mejores amigos, Tomás y Elena. Tomás estaba construyendo una torre gigante con sus cajas de jugo vacías, y Elena estaba contando cuántos chícharos tenía en su plato. Yo, por otro lado, estaba a punto de disfrutar de mi sándwich de crema de cacahuate y mermelada, mi favorito absoluto.
Pero, ¡oh, no! ¡Mi sándwich no estaba! El plato estaba vacío. Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Dónde podría haber ido?
"¡Mi sándwich ha desaparecido!" exclamé, con la voz llena de sorpresa. Tomás y Elena dejaron de hacer lo que estaban haciendo y me miraron con los ojos bien abiertos.
"¿Desaparecido? ¿Cómo?" preguntó Tomás, dejando caer su torre de cajas de jugo.
"No lo sé," respondí. "Lo tenía aquí hace un segundo. Estaba justo aquí, listo para ser devorado, y ahora... ¡puff! ¡Se ha ido!"
Elena, siempre la más observadora de nosotros, escaneó la mesa con la mirada. "Quizás se te cayó al suelo," sugirió.
Revisamos debajo de la mesa, pero nada. Ni siquiera una migaja. El misterio se hacía más grande.
"Esto es un caso para los Detectives del Almuerzo," declaró Tomás, inflando el pecho con orgullo. Los Detectives del Almuerzo éramos nosotros tres, claro. Solíamos resolver pequeños misterios en el recreo, como encontrar calcetines perdidos o descubrir quién se había comido las galletas de chocolate de la Sra. Rodríguez.
Elena se puso las gafas de sol que siempre llevaba en la mochila (aunque no hubiera sol) y dijo con voz grave: "Sofía, describe la escena del crimen."
Intenté recordar cada detalle. "Estaba sentada aquí, con mi plato frente a mí. El sándwich estaba en el plato, cubierto con una servilleta de lunares. Estaba a punto de quitar la servilleta cuando... ¡desapareció!"
Tomás tomó notas en un pequeño cuaderno con un lápiz mordisqueado. Elena inspeccionó el plato vacío en busca de huellas dactilares (aunque sabía que no encontraría ninguna).
Empezamos nuestra investigación. Preguntamos a otros niños si habían visto algo sospechoso. Un niño con un bigote de leche nos dijo que había visto a un gato merodeando cerca de las mesas, pero no le dimos mucha importancia, ya que no se permitían animales en la escuela.
Luego, vimos a Carlos, el chico más travieso de la clase, con la boca llena de algo que parecía... ¡sí, mermelada! Carlos siempre estaba metido en problemas, así que era nuestro principal sospechoso.
"Carlos," dije con firmeza. "¿Viste mi sándwich de crema de cacahuate y mermelada?"
Carlos se atragantó con lo que estaba comiendo y negó con la cabeza. "Yo no fui," dijo con la boca llena. "Estaba comiendo mi propia manzana."
No le creímos del todo, pero no teníamos pruebas. Seguimos buscando pistas. Revisamos los botes de basura, debajo de las sillas, e incluso dentro de la mochila de la Sra. Rodríguez (con su permiso, por supuesto).
De repente, Elena gritó: "¡Miren!"
Señaló hacia la mesa de la esquina, donde estaba sentada una niña nueva, llamada Ana. Ana era muy tímida y casi no hablaba con nadie.
Ana tenía un plato con... ¡un sándwich de crema de cacahuate y mermelada! Era exactamente igual al mío. Pero lo más importante, ¡tenía una servilleta de lunares! ¡Una servilleta de lunares idéntica a la que cubría mi sándwich!
Nos acercamos a Ana con cautela. "Hola, Ana," dije suavemente. "¿De dónde sacaste ese sándwich?"
Ana se sonrojó y bajó la mirada. "Yo... yo lo traje de casa," murmuró.
"¿Y la servilleta?" preguntó Elena, señalando la servilleta de lunares.
Ana dudó por un momento, luego dijo con voz temblorosa: "Yo... yo la encontré en el suelo. Pensé que era bonita."
Tomás y Elena me miraron, esperando mi reacción. Estaba confundida. Algo no encajaba.
"Ana," dije, "¿puedo ver tu sándwich más de cerca?"
Ana asintió y me pasó el plato. Lo observé con atención. Entonces, lo vi. Una pequeña marca de mordisco en una esquina del sándwich. ¡Era mi marca! Siempre mordía la esquina de mis sándwiches antes de empezar a comer.
"Ana," dije con calma, "este es mi sándwich."
Ana empezó a llorar. "Lo siento," sollozó. "Tenía mucha hambre y olvidé mi almuerzo en casa. Vi tu sándwich y... no pude resistirme."
La entendí. A todos nos ha pasado alguna vez tener mucha hambre. La miré con compasión.
"No te preocupes, Ana," dije. "Todos cometemos errores. Pero la próxima vez, pídele ayuda a alguien. La Sra. Rodríguez siempre tiene fruta extra."
Ana asintió con la cabeza, secándose las lágrimas. "Lo siento mucho, Sofía," dijo. "¿Me perdonas?"
"Por supuesto," respondí. "Pero tendrás que compartir el resto de tu sándwich conmigo."
Ana sonrió. "¡Claro!"
Así que, Ana y yo compartimos el sándwich de crema de cacahuate y mermelada. No era exactamente como lo había planeado, pero aprendí algo importante ese día: que incluso los Detectives del Almuerzo pueden encontrar la amistad en los lugares más inesperados, ¡incluso en un sándwich desaparecido!
Al final, Carlos, el chico travieso, sí se había comido algo que no era suyo. Resulta que había robado un puñado de uvas del almuerzo de la Sra. Rodríguez, pero esa es otra historia.
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