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Gratis · elegí una vozDon Erizo era un erizo muy elegante. Le encantaba pasear por el bosque con su sombrero de paja. Era un sombrero muy especial, tejido por la abuela Coneja con las briznas de trigo más doradas. Un día, Don Erizo se despertó y ¡horror! Su sombrero no estaba.
"¡Oh, no!", exclamó Don Erizo, con las púas erizadas de preocupación. "¿Dónde estará mi querido sombrero?"
Decidió pedir ayuda. Primero, fue a ver a la Ardilla Saltarina. La Ardilla siempre estaba atenta a todo lo que pasaba en el bosque.
"Ardilla Saltarina, ¿has visto mi sombrero?", preguntó Don Erizo, con voz temblorosa.
La Ardilla Saltarina paró de roer una nuez y pensó un momento. "Hmm, sombrero, sombrero... ¡Ah! Creo que vi algo parecido cerca del río. Pero no estoy segura de si era tu sombrero, Don Erizo. Era redondo y amarillo, eso sí."
Don Erizo dio las gracias a la Ardilla y corrió hacia el río. Allí encontró a la Rana Renata, sentada en una hoja de nenúfar.
"Rana Renata, ¿has visto un sombrero de paja cerca del río?", preguntó Don Erizo, jadeando un poco.
La Rana Renata abrió sus grandes ojos verdes. "¡Un sombrero! ¡Sí! Lo vi flotando en el agua. Creo que se lo llevó la corriente."
Don Erizo se puso muy triste. ¡Su sombrero se había ido río abajo! Pero no se rindió. Siguió el curso del río, preguntando a todos los animales que encontraba.
Preguntó al Pato Pascual, que estaba nadando tranquilamente. El Pato Pascual no había visto ningún sombrero. Preguntó al Castor Carlos, que estaba construyendo una presa. El Castor Carlos tampoco había visto nada.
Don Erizo estaba a punto de perder la esperanza cuando llegó a la orilla de un pequeño lago. Allí, vio a la Tortuga Teresa, tomando el sol sobre una roca.
"Tortuga Teresa, por favor, ¿has visto un sombrero de paja flotando en el lago?", preguntó Don Erizo, con la voz casi apagada.
La Tortuga Teresa abrió lentamente sus ojos y sonrió. "¡Claro que sí, Don Erizo! Está en la isla. El viento lo arrastró hasta allí."
Don Erizo miró hacia la isla. ¡Allí estaba su sombrero! Pero la isla estaba en medio del lago. ¿Cómo iba a llegar hasta allí?
De repente, tuvo una idea. Recordó que el Castor Carlos le había dicho que estaba construyendo una balsa. Corrió a ver al Castor Carlos y le explicó su problema.
El Castor Carlos, que era muy amable, aceptó ayudar a Don Erizo. Juntos, empujaron la balsa hasta el lago. Don Erizo subió a la balsa y remó con todas sus fuerzas hacia la isla.
Cuando llegó a la isla, Don Erizo saltó de la balsa y corrió hacia su sombrero. ¡Allí estaba, sano y salvo! Lo recogió con cuidado y lo colocó sobre su cabeza.
"¡Gracias, sombrero mío!", dijo Don Erizo, feliz de tenerlo de vuelta.
De repente, escuchó un pequeño llanto. Miró a su alrededor y vio a un grupo de conejitos pequeños, llorando debajo de un árbol.
"¿Qué os pasa, conejitos?", preguntó Don Erizo.
"Hemos perdido nuestra pelota", dijo uno de los conejitos, con la voz entrecortada. "Se cayó al lago y no sabemos nadar."
Don Erizo pensó un momento. Entonces, tuvo otra idea. Usó su sombrero como una pequeña barca. Con mucho cuidado, metió el sombrero en el agua y lo empujó hacia donde estaba la pelota. Los conejitos le indicaron dónde estaba la pelota. Con una ramita, Don Erizo logró subir la pelota al sombrero. Luego, empujó el sombrero de vuelta a la orilla.
Los conejitos, muy contentos, cogieron su pelota y le dieron las gracias a Don Erizo.
"¡Gracias, Don Erizo! ¡Eres muy amable!", dijeron los conejitos al unísono.
Don Erizo sonrió. Estaba muy feliz de haber ayudado a los conejitos. Volvió a subir a la balsa y remó de vuelta a la orilla. El Castor Carlos lo estaba esperando.
"Gracias, Castor Carlos", dijo Don Erizo. "No habría podido recuperar mi sombrero sin tu ayuda."
El Castor Carlos sonrió. "De nada, Don Erizo. Siempre estoy dispuesto a ayudar a mis amigos."
Don Erizo volvió a su casa, con su sombrero bien colocado sobre su cabeza. Estaba muy contento de haber recuperado su sombrero y de haber ayudado a los conejitos. Esa noche, durmió plácidamente, soñando con sombreros que flotaban en el lago y con conejitos jugando con una pelota. Aprendió que incluso cuando las cosas se pierden, con ayuda y buena voluntad, se pueden encontrar, ¡y hasta usar para ayudar a otros!
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