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Gratis · elegí una vozEn un pequeño pueblo escondido entre las selvas de Brasil y Colombia, vivía un rey llamado Roberto. El rey Roberto amaba a su pueblo más que a nada en el mundo, pero últimamente estaba muy preocupado. Un monstruo, no un monstruo malvado, sino más bien… torpe, había llegado a la región. Este monstruo, grande y peludo, no tenía nombre, pero le gustaba jugar, aunque sus juegos causaban pequeños… desastres.
Un día, el monstruo, que parecía una mezcla extraña entre un dragón y un oso, tropezó mientras intentaba recoger una flor gigante. El tropiezo causó un pequeño… ¡tsunami! Bueno, más bien, un gran charco que inundó la plaza del pueblo. El rey Roberto suspiró. Necesitaba encontrar una solución.
En el pueblo vivían también tres amigos inseparables: una capibara llamada Capy, un gato juguetón llamado Michi y un conejo saltarín llamado Benito. Ellos siempre estaban buscando aventuras y, al enterarse de la preocupación del rey, decidieron ayudar.
"¡Tenemos que hablar con el monstruo!" exclamó Capy, la capibara, siempre la más valiente.
"Pero… ¿y si nos come?" tembló Benito, el conejo.
"No seas tonto, Benito," ronroneó Michi, el gato, con confianza. "Lo observaremos primero. Tal vez sólo quiera jugar."
Así que los tres amigos, sigilosamente, siguieron al monstruo hasta un claro en la selva. Lo vieron intentando, sin mucho éxito, jugar con una mariposa gigante. El monstruo parecía frustrado.
Capy, sintiendo lástima por la criatura, se acercó con cautela. "¡Hola!" gritó.
El monstruo se sobresaltó y dio un paso atrás, asustando a la mariposa. "¡No quería asustarte!" dijo el monstruo con una voz sorprendentemente suave. "Sólo quería jugar."
Michi y Benito se acercaron también. "Nosotros también queremos jugar," dijo Michi.
"¿De verdad?" preguntó el monstruo, con los ojos brillantes.
"¡Claro! Pero… tal vez podamos jugar a algo que no cause… tsunamis," sugirió Benito tímidamente.
Capy tuvo una idea brillante. "¡Podemos jugar al fútbol!" exclamó. "¡A todos en el pueblo les encanta!"
Pero… ¿dónde encontrarían un balón? El monstruo, avergonzado, confesó que él, sin querer, había aplastado todos los balones del pueblo.
De repente, a Michi se le ocurrió una idea. Recordó haber visto una fruta enorme, redonda y muy resistente en un árbol cercano. "¡Podemos usar esa fruta!" maulló.
Así que los cuatro amigos, trabajando juntos, lograron bajar la enorme fruta del árbol. ¡Era perfecta!
Empezaron a jugar al fútbol. Al principio, el monstruo era un poco torpe, pero Capy, Michi y Benito le enseñaron a controlar sus grandes pies. ¡Incluso aprendió a hacer una chilena! Una chilena espectacular que hizo reír a todos.
Mientras jugaban, el rey Roberto, preocupado por el ruido, llegó al claro. Al ver al monstruo jugando amigablemente con los animales, se quedó sorprendido.
"¿Qué está pasando aquí?" preguntó el rey.
"¡Estamos jugando al fútbol, Majestad!" exclamó Capy. "¡Y el monstruo está aprendiendo a hacer chilenas!"
El rey Roberto sonrió. Vio que el monstruo no era malvado, sólo necesitaba amigos y una forma de canalizar su energía. Se unió al juego, y pronto, todos, incluyendo el rey, estaban corriendo y riendo bajo el sol.
La fruta-balón rodó y rodó, llevada por los pies grandes del monstruo, las patas ágiles de Capy, los saltos de conejo de Benito y los toques precisos de Michi. El monstruo, ya no tan torpe, demostró ser un gran jugador. Sus chilenas eran tan poderosas que hacían volar la fruta por los aires.
Desde ese día, el monstruo se convirtió en parte del pueblo. Ayudaba con las tareas pesadas, jugaba al fútbol con los niños y, lo más importante, aprendió a ser cuidadoso. El rey Roberto ya no estaba preocupado, y la plaza del pueblo nunca más se inundó (al menos, no por culpa del monstruo). Y cada vez que el monstruo hacía una chilena, todo el pueblo gritaba de alegría. El monstruo cariñoso había encontrado su lugar, gracias a un balón muy especial y a tres amigos muy valientes.
Y así, el monstruo, la capibara, el gato, el conejo y el rey Roberto vivieron felices para siempre, jugando al fútbol y demostrando que incluso los monstruos más grandes y torpes pueden encontrar su lugar en el mundo, con un poco de amistad y un buen balón para jugar.
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