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Gratis · elegí una vozTito era un niño pequeño, muy pequeño, pero con una frustración… ¡enorme! Cuando las cosas no salían como él quería, un monstruo rojo y peludo parecía brotar de su interior. Sus manitas se cerraban en puños, sus pies pateaban el suelo, y un grito agudo resonaba por toda la casa.
Cuando Tito se frustraba, el sol parecía esconderse detrás de las nubes. Mamá, con su sonrisa de siempre, se ponía triste. Papá, que adoraba jugar con él, suspiraba con resignación. Incluso su perrito, Lucas, escondía la cola entre las patas y se acurrucaba en un rincón. El mundo alrededor de Tito se llenaba de una tristeza silenciosa.
Un día, Tito estaba construyendo una torre con bloques. Quería que fuera altísima, ¡más alta que su cabeza! Pero los bloques se caían una y otra vez. ¡Pum! ¡Crash! El monstruo rojo empezó a crecer dentro de Tito. Sus mejillas se pusieron rojas, sus ojos se aguaron, y un grito amenazó con salir.
"¡No puedo! ¡No puedo! ¡Es imposible!" gritó Tito, tirando los bloques al suelo. Lucas ladró suavemente, como consolándolo. Mamá se acercó y se sentó junto a él.
"Tito," dijo Mamá con suavidad, "veo que estás frustrado. Es normal sentirse así a veces. Pero ¿sabes qué? Hay otras maneras de lidiar con esa frustración."
Tito la miró con los ojos llenos de lágrimas. "¿Cómo? ¿Cómo puedo hacer que el monstruo se vaya?"
Mamá sonrió. "El monstruo no se va a ir del todo, Tito. La frustración es parte de nosotros. Pero podemos enseñarle a ser más pequeño y menos ruidoso. Podemos domarlo."
Esa tarde, Mamá le enseñó a Tito un truco mágico. Le dijo que cuando sintiera que el monstruo rojo empezaba a crecer, debía respirar hondo, muy hondo, contando hasta cinco. Luego, soltar el aire lentamente, como si estuviera inflando un globo.
"Esto te ayudará a calmarte y a pensar con más claridad," explicó Mamá. "Y después, puedes hablarme sobre cómo te sientes. Juntos podemos encontrar una solución."
Tito probó el truco al día siguiente. Estaba dibujando un sol amarillo brillante, pero el lápiz se rompió. ¡Plaf! El monstruo rojo empezó a asomar. Pero esta vez, Tito se acordó del truco de Mamá. Cerró los ojos, respiró hondo, contando hasta cinco, y soltó el aire lentamente.
Sintió que el monstruo se hacía un poquito más pequeño. Abrió los ojos y le dijo a Mamá: "El lápiz se rompió. Estoy frustrado porque no puedo terminar mi sol."
Mamá le dio otro lápiz y lo abrazó. Tito pudo terminar su dibujo. ¡El sol amarillo brillaba más que nunca!
Con el tiempo, Tito aprendió a domar al monstruo de la frustración. A veces, el monstruo seguía apareciendo, pero ya no era tan grande ni tan ruidoso. Tito aprendió a pedir ayuda, a hablar sobre sus sentimientos, y a encontrar soluciones a sus problemas.
Un día, Tito estaba jugando en el jardín. Estaba intentando plantar una semilla de girasol. Pero la tierra estaba dura y la semilla no quería entrar. Tito sintió una pequeña punzada de frustración. Pero recordó el truco de Mamá. Respiró hondo, contó hasta cinco, y soltó el aire.
Luego, en lugar de gritar o tirar la pala, le pidió ayuda a Papá. Papá le enseñó cómo ablandar la tierra con un poco de agua. Juntos, plantaron la semilla de girasol.
Con el paso de los días, la semilla brotó. Un pequeño tallo verde asomó de la tierra. Tito lo regaba con cuidado todos los días. El girasol creció y creció, hasta convertirse en una planta alta y hermosa, con una flor gigante que seguía al sol.
El jardín, que antes parecía triste cuando Tito se frustraba, ahora era un lugar lleno de alegría y color. Mamá sonreía con más frecuencia, Papá jugaba con Tito con entusiasmo, y Lucas movía la cola sin parar. Tito había aprendido a controlar sus emociones, y el mundo a su alrededor era mucho más feliz. Aprendió que la paciencia y la ayuda de los demás pueden convertir la frustración en algo hermoso, como un girasol que busca el sol. Y así, Tito, el niño que a veces tenía un monstruo de la frustración, se convirtió en el jardinero feliz de un jardín lleno de sonrisas.
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