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Gratis · elegí una vozEn lo alto de los Andes peruanos, donde las montañas tocan el cielo y el aire es frío como un abrazo de hielo, se esconden las minas. Y en lo profundo de esas minas, vivía un ser pequeño y travieso llamado Muki. El Muki no era un minero, ni un duende, ni nada que se pareciera a algo que hubieras visto antes. Era pequeño, con ojos brillantes como pepitas de oro y un gorro puntiagudo que siempre llevaba puesto. Se decía que era el guardián del oro, el espíritu de la montaña.
Pero el Muki no era un guardián aburrido. ¡Oh, no! Le encantaba gastar bromas. A veces, movía las herramientas de los mineros, escondiéndolas en lugares imposibles. Otras veces, hacía que las lámparas parpadearan y se apagaran, sumiendo la mina en la oscuridad y llenando los corazones de los mineros de un miedo escalofriante. Incluso, en las noches más oscuras, hacía resonar ecos extraños que parecían gemidos o risas lejanas, haciendo que los mineros salieran corriendo a la superficie, temblando de miedo.
"¡Es el Muki!", gritaban, con los rostros pálidos. "¡Nos está asustando!"
Pero no todos los mineros se asustaban. Algunos sabían que el Muki, a pesar de sus travesuras, tenía un punto débil. Le encantaban los regalos, especialmente el licor fuerte, las hojas de coca y, sobre todo, los chocolates.
Un día, un joven minero llamado Samuel decidió probar suerte. No era tan fuerte como los otros mineros, pero era astuto y tenía un corazón generoso. Sabía que la mina estaba pasando por un momento difícil, y la gente necesitaba encontrar oro para alimentar a sus familias. Así que, en lugar de temer al Muki, Samuel preparó una ofrenda especial: una botella del mejor licor de caña, un puñado de hojas de coca frescas y una caja entera de chocolates, los más deliciosos que pudo encontrar en el pueblo.
Entró en la mina con el corazón latiendo con fuerza. Dejó la ofrenda en una pequeña gruta, donde creía que vivía el Muki, y esperó. El silencio era denso, interrumpido solo por el goteo del agua. De repente, sintió una presencia. Un pequeño ser apareció de entre las sombras, con ojos brillantes y una sonrisa pícara. Era el Muki.
El Muki olfateó el licor, probó las hojas de coca y, al ver los chocolates, sus ojos se iluminaron como dos estrellas. Se abalanzó sobre la caja y comenzó a devorar los chocolates con avidez. Samuel sonrió.
"Hola, Muki", dijo con voz suave. "Sé que te gusta divertirte, pero necesito tu ayuda. Mi pueblo necesita oro".
El Muki dejó de comer chocolates y miró a Samuel con curiosidad. "¿Ayuda? ¿Por qué debería ayudarte? Me gusta asustar a los mineros".
"Porque sé que en el fondo eres bueno", respondió Samuel. "Y porque te traje regalos".
El Muki sonrió de nuevo. "¡Me gustan los regalos! Pero ayudar no es lo mío".
Samuel no se rindió. Le contó al Muki sobre las familias que pasaban hambre, sobre los niños que necesitaban ropa nueva y sobre la esperanza que el oro podía traer a su pueblo. Le habló con sinceridad y con el corazón.
El Muki escuchó atentamente, mordisqueando un chocolate tras otro. Finalmente, suspiró. "Está bien", dijo. "Te ayudaré. Pero solo un poco".
Y así, el Muki guio a Samuel a una veta de oro escondida, tan brillante y abundante que Samuel apenas podía creerlo. Era más oro del que había visto en su vida. Samuel agradeció al Muki con todo su corazón y prometió compartir el oro con su pueblo.
Desde ese día, la suerte del pueblo cambió. Las familias tuvieron comida, los niños tuvieron ropa nueva y la esperanza volvió a florecer. Y Samuel, cada vez que entraba en la mina, dejaba una pequeña ofrenda para el Muki: un poco de licor, algunas hojas de coca y, por supuesto, sus chocolates favoritos. El Muki siguió gastando bromas, pero ya no eran tan peligrosas. Y a veces, incluso, guiaba a los mineros a pequeñas vetas de oro, recordándoles que la generosidad y la bondad siempre son recompensadas. La mina prosperó, no solo por el oro, sino por la amistad inesperada entre un joven minero y el travieso guardián de la montaña.
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