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Gratis · elegí una vozDesde la distancia, yo veía a Emily. Siempre la veía. No porque fuera raro, sino porque era mi amiga, aunque ella no lo supiera del todo. Emily tenía el pelo color miel y unos ojos grandes que parecían dos charcos de chocolate. Iba a mi misma escuela, pero su mundo parecía un poco diferente al mío. Emily tenía autismo, algo que a veces hacía que las cosas fueran un poco más… complicadas para ella.
La campana sonó, anunciando el recreo. Yo salí corriendo al patio, lista para jugar a la rayuela con mis amigas. Pero antes de unirme a ellas, mis ojos buscaron a Emily. Estaba sentada sola en un banco, bajo un gran árbol de hojas verdes. Tenía sus manos sobre las orejas. Sabía lo que pasaba: el ruido del recreo era demasiado para ella. Demasiadas voces, demasiadas risas, demasiados gritos. Era como si una orquesta entera tocara desafinada en su cabeza.
Un grupo de niños se acercó al árbol donde estaba Emily. Empezaron a gritar y a correr alrededor del árbol, haciendo aún más ruido. Vi cómo Emily se encogía aún más, apretando sus manos contra sus orejas con más fuerza. Quise correr a ayudarla, pero me quedé paralizada. No sabía qué decir, qué hacer.
De repente, el Sr. Rodríguez, el profesor de música, apareció. Él también había visto a Emily. Se acercó al grupo de niños y les habló en voz baja. No pude oír lo que les decía, pero vi cómo los niños asentían y se alejaban, jugando en otra parte del patio.
El Sr. Rodríguez se sentó en el banco junto a Emily. Le sacó una pequeña flauta de su bolsillo y empezó a tocar una melodía suave y tranquila. Vi cómo Emily relajaba sus hombros y bajaba las manos de sus orejas. La música parecía calmarla. Cerró los ojos y sonrió un poco. Yo sonreí también.
Después del recreo, volvimos a clase. Durante la lección de matemáticas, la maestra, la Sra. Pérez, pidió a Emily que resolviera un problema en la pizarra. Emily se levantó lentamente y caminó hacia la pizarra. Empezó a escribir números, pero parecía confundida. Se mordía el labio inferior y fruncía el ceño. Sabía que a Emily le costaban las matemáticas, especialmente cuando tenía que hacerlo delante de todos.
Un niño de la clase se rio. "¡Es tonta!", gritó. Otros niños se rieron también. Vi cómo las mejillas de Emily se ponían rojas. Estaba a punto de llorar. Yo sentí mucha rabia. No era justo. Emily era inteligente, solo necesitaba un poco más de tiempo y paciencia.
La Sra. Pérez reprendió a los niños que se habían reído. Luego, se acercó a Emily y le habló en voz baja. "Emily, ¿necesitas ayuda?", le preguntó. Emily asintió con la cabeza. La Sra. Pérez le explicó el problema paso a paso. Emily la escuchó atentamente y, al final, logró resolver el problema. Todos aplaudimos. Emily sonrió tímidamente.
Durante la hora del arte, Emily estaba pintando un cuadro. Estaba usando muchos colores brillantes: rojo, amarillo, azul, verde. Su cuadro era muy bonito. Estaba pintando un jardín lleno de flores. A Emily le encantaban las flores. Decía que eran como pequeñas sonrisas de la naturaleza.
Una niña se acercó a Emily y le dijo: "Tu cuadro es feo. Parece un garabato". Emily dejó de pintar. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Cogió su cuadro y salió corriendo de la clase.
Yo la seguí. La encontré en el baño, llorando. Me acerqué a ella y le puse una mano en el hombro. "Emily", le dije, "tu cuadro es precioso. No le hagas caso a esa niña. Está celosa porque no puede pintar tan bien como tú".
Emily me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. "¿De verdad te gusta mi cuadro?", me preguntó.
"Sí", le dije. "Me encanta. Es muy colorido y alegre. Me recuerda a ti".
Emily sonrió un poco. Me abrazó. Fue la primera vez que me abrazó. Me sentí muy feliz. Tal vez, después de todo, sí era su amiga.
Desde ese día, empecé a pasar más tiempo con Emily. Aprendí a entenderla mejor. Aprendí que a veces necesitaba estar sola, que a veces necesitaba silencio, que a veces necesitaba un poco de ayuda. Aprendí que Emily era una persona maravillosa, con un corazón enorme y un mundo interior lleno de colores brillantes. Y aprendí que ser su amiga era un regalo.
Emily, con el tiempo, empezó a hablarme más. Me contó sobre sus pasiones, como los dinosaurios y las constelaciones. Me explicó cómo se sentía cuando el ruido era demasiado fuerte y cómo le ayudaba dibujar para calmarse. Yo la escuchaba con atención, tratando de entender su mundo. Un mundo que, aunque diferente, era igualmente valioso y hermoso.
Un día, en el patio, vi a Emily jugando con otros niños. Estaban construyendo un castillo de arena juntos. Emily estaba sonriendo. Me sentí muy orgullosa de ella. Sabía que no siempre sería fácil, pero también sabía que Emily era fuerte y valiente. Y yo estaría allí para ella, siempre. TEAcompaño, siempre.
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