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Gratis · elegí una vozMateo tenía once años y su mundo era como un rompecabezas al que le faltaban muchas piezas. No veía todo el paisaje, solo fragmentos. Se chocaba con cosas, tropezaba con todo, y en el colegio… ¡ay, el colegio! Era un laberinto lleno de trampas.
Al principio, todo era oscuridad. No una oscuridad total, sino una sombra que comía los bordes de las cosas. Intentaba disimular, pero era inútil. En clase, la pizarra era un borrón gigante. Los ejercicios en el cuaderno se convertían en jeroglíficos imposibles de descifrar. "Mateo, ¿estás prestando atención?" – la voz del profesor resonaba como un trueno. Él asentía, fingiendo entender, mientras por dentro se sentía pequeño y frustrado.
Los recreos eran peores. Las mochilas abandonadas eran minas terrestres. Los niños corriendo, fantasmas borrosos que aparecían de repente, chocando contra él. "¡Fíjate por dónde vas!" – le gritaban. Él solo podía murmurar un "lo siento", sintiéndose culpable por algo que no podía controlar.
Un día, al salir de la escuela, tropezó con una señora mayor. Ella cayó al suelo con un quejido. "¡Pero qué torpe eres, muchacho! ¿Es que no ves por dónde caminas?" Mateo, rojo de vergüenza, intentó explicar: "Lo siento, señora, es que… es que tengo un problema de visión. No veo bien los lados".
La señora, al principio furiosa, suavizó su expresión al escucharle. Le ayudó a levantarse y le miró con curiosidad. "¿Un problema de visión? ¿Y por qué no llevas gafas?"
"Las gafas no lo solucionan, señora. Se llama pérdida de campo visual. Es como si viera a través de un túnel".
La señora asintió lentamente, entendiendo un poco más. "Bueno, pues ten más cuidado, jovencito".
Esa noche, Mateo se sentía especialmente triste. Su madre le abrazó fuerte. "Ya verás, hijo, encontraremos una solución. Hablaremos con tu profesor".
Al día siguiente, la madre de Mateo se reunió con el profesor, Don Raúl. Le explicó la situación de Mateo, la dificultad que tenía para leer, moverse por el aula y relacionarse con sus compañeros. Don Raúl escuchó atentamente, con el ceño fruncido al principio, pero luego con una expresión de comprensión.
Don Raúl era un profesor con vocación. No era de los que se limitaban a dar la lección. Él quería que todos sus alumnos aprendieran y se sintieran integrados. Así que, después de la reunión con la madre de Mateo, tuvo una idea.
Al día siguiente, Don Raúl dedicó la primera hora de clase a hablar sobre la discapacidad visual. Les explicó a los niños qué era la pérdida de campo visual y cómo afectaba a la vida de Mateo. Les puso ejemplos sencillos para que lo entendieran mejor. Les pidió que se pusieran en el lugar de Mateo, imaginando cómo sería no poder ver todo lo que les rodeaba.
Al principio, los niños estaban callados, sorprendidos. Pero luego empezaron a hacer preguntas. "¿Y cómo hace para leer?", preguntó Sofía. "¿Y cómo hace para jugar al fútbol?", preguntó Pablo. Don Raúl respondió a todas las preguntas con paciencia y claridad.
Después, Don Raúl propuso un juego. Vendó los ojos a algunos niños y les pidió que intentaran moverse por la clase, guiados por sus compañeros. Al principio, fue un caos. Los niños vendados chocaban con las mesas, tropezaban con las sillas. Pero poco a poco, aprendieron a moverse con más cuidado, a escuchar las indicaciones de sus compañeros, a confiar en ellos.
Después de la actividad, la clase era diferente. Los niños habían comprendido la dificultad de Mateo y estaban dispuestos a ayudarle. Empezaron a tener más cuidado al dejar sus mochilas en el suelo. Le avisaban cuando había obstáculos en su camino. Le explicaban las lecciones con más detalle. Le invitaban a jugar con ellos.
Incluso la señora con la que Mateo había tropezado en la calle fue a la escuela para disculparse. Don Raúl la invitó a hablar con los niños sobre la importancia del respeto y la empatía.
Mateo, poco a poco, empezó a sentirse más cómodo en el colegio. Ya no se sentía tan solo ni tan frustrado. Sus compañeros le ayudaban a leer los ejercicios, le guiaban por el aula, le invitaban a jugar al fútbol (aunque a veces se chocaba con el balón, ¡pero ya no importaba tanto!).
Su mundo, que antes era un rompecabezas incompleto, empezaba a encajar. Las piezas que faltaban no aparecieron mágicamente, pero sus compañeros, su profesor y su familia le ayudaron a verlas de otra manera, a encontrar la belleza en los fragmentos, a construir un mundo más inclusivo y amable para todos.
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