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Había una vez, en el corazón de una tierra que los mapas habían decidido olvidar, una ciudad llamada Sombragrís. En Sombragrís, los edificios eran tan altos y tan apretados que el sol nunca llegaba al suelo. Las calles estaban hechas de adoquines que susurraban lamentos cuando alguien los pisaba, y los ciudadanos, gente de rostros largos y abrigos de plomo, se dedicaban a profesiones extrañas: afiladores de sombras, catadores de lágrimas o tejedores de niebla. Era un lugar donde la risa se consideraba un ruido molesto y la felicidad, una enfermedad exótica.
Lázaro era un niño que no encajaba. Mientras que los otros niños de la Escuela de Suspiros practicaban para ver quién lograba la exhalación más lúgubre, Lázaro tenía la mala costumbre de tararear melodías que nadie conocía. Sus pies, a diferencia de los de sus vecinos, no pesaban. A veces, si no tenía cuidado, sus talones se elevaban unos centímetros del suelo, como si el aire de Sombragrís intentara escupirlo hacia el cielo. Para evitar flotar, su madre lo obligaba a llevar botas rellenas de piedras de río.
—Lázaro, pórtate bien y no brilles —le decía su madre, una mujer que coleccionaba nubes en frascos de mermelada—. Sabes que en esta ciudad la ligereza es una falta de respeto.
Un martes de ceniza, mientras buscaba tornillos oxidados en el Callejón de los Ecos Perdidos, Lázaro encontró una puerta pequeña, pintada de un color que no era gris, ni negro, ni azul medianoche. Era un color que no tenía nombre en Sombragrís. Al cruzarla, se encontró en el taller del Maestro Aurelio, el último Inventor de Asombros. Aurelio era un hombre tan viejo que su piel parecía papel de pergamino arrugado y su traje estaba hecho enteramente de engranajes de latón que hacían clic-clac al caminar.

—Has venido por el Gran Engranaje, ¿verdad? —preguntó Aurelio, alimentando a un cuervo mecánico con trozos de carbón dulce.
—No sé qué es eso —respondió Lázaro, sintiendo que su corazón latía con un ritmo que no era el de los relojes de la ciudad.
—Es lo que hace que el mundo gire hacia la luz —suspiró el viejo—. Pero Sombragrís se ha oxidado tanto que el engranaje se ha detenido. Por eso todos están tan... pesados. Tú, muchacho, tienes el brillo que nos falta.
Lázaro pasó meses ayudando a Aurelio en secreto. El taller era un lugar fantástico: había peces mecánicos que nadaban en el aire y libros que se leían solos mediante susurros. Lázaro aprendió que su "ligereza" no era un defecto, sino el combustible necesario para la gran máquina del Asombro. Aurelio le explicó que para devolverle el color a la ciudad, alguien debía entrar en el corazón del Gran Reloj de la Torre del Perpetuo Lamento y cantar la canción más alegre que conociera. Pero había un truco: el reloj se alimentaba de la esencia de quien cantaba.

—El que devuelve la luz, se queda sin sombra —advirtió el viejo con una sonrisa triste.
Lázaro miró por la ventana hacia la plaza, donde la gente caminaba con la cabeza baja, cargando con el peso de siglos de melancolía. Vio a la niña de los paraguas rotos, que nunca había sonreído, y al Barón de las Penas, que solo sabía contar segundos perdidos. Lázaro tomó una decisión. Se quitó las botas de hierro y, por primera vez, dejó que sus pies se elevaran.
Subió a la Torre del Perpetuo Lamento, el edificio más alto de la ciudad. En la cima, el Gran Reloj estaba cubierto de hiedra negra y moho. Lázaro se colocó en el centro de los engranajes gigantescos. Empezó a cantar. Cantó sobre el sol que nunca había visto, sobre el sabor de las fresas que solo existían en sus libros y sobre el sentimiento de libertad.
A medida que su voz llenaba la torre, los engranajes empezaron a moverse con un estruendo de música celestial. Una explosión de colores —naranjas, verdes, amarillos eléctricos— brotó del reloj y se derramó sobre Sombragrís como una cascada. La gente en las calles soltó sus abrigos de plomo. Las gárgolas empezaron a reír en lugar de llorar. El cielo se despejó, revelando un sol dorado que bañó cada rincón de la ciudad.
Pero, como Aurelio había advertido, el final fue agridulce. Cuando la luz terminó de inundar la metrópolis, Lázaro bajó de la torre. La gente estaba eufórica, bailando y celebrando su nueva y colorida vida. Sin embargo, nadie veía a Lázaro. Al entregar su esencia al reloj, se había vuelto completamente transparente, como una figura de cristal soplado, un fantasma de luz que caminaba entre la multitud.
Lázaro intentó hablar con su madre, pero ella solo sintió una brisa cálida al pasar. Intentó tocar a los otros niños, pero su mano los atravesaba como si fuera un rayo de sol. La ciudad ahora era hermosa y vibrante, llena de risas y flores que crecían en las grietas de los edificios góticos, pero Lázaro ya no formaba parte de ella. Se sentó en la plaza, invisible en su propia victoria. Sin embargo, al ver que el mundo ya no era gris, Lázaro sonrió, y su cuerpo brilló con tanta intensidad que, aunque nadie pudiera verlo, todos en Sombragrís sintieron, por fin, que el calor del sol les acariciaba el alma.
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