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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos de trigo, un niño llamado Leo. Leo amaba las estrellas más que a nada en el mundo. Podía pasarse horas enteras observando el cielo nocturno, memorizando constelaciones y recitando datos sobre los planetas. Conocía la distancia de la Tierra a Marte, la composición de las nubes de Júpiter y la cantidad de anillos que rodeaban a Saturno. Era un pequeño astrónomo en potencia.
Pero a Leo le costaba hacer amigos. Cuando intentaba hablar con los otros niños, siempre terminaba hablando de lo mismo: los planetas. "¿Sabían que Mercurio es el planeta más pequeño?" preguntaba con entusiasmo. O, "¡Saturno tiene muchísimas lunas!" Los otros niños, en cambio, preferían hablar de fútbol, de videojuegos o de las últimas series de televisión. A ellos no les interesaba mucho el espacio.
"¡Otra vez con los planetas!" exclamaba Sofía, la niña más popular de la clase. "A nadie le importa, Leo." Los demás asentían con la cabeza, y Leo se sentía cada vez más solo. Se encerraba en sí mismo, deseando encontrar a alguien que compartiera su pasión por el cosmos.
Un día, durante el recreo, Leo estaba sentado solo bajo un gran árbol, dibujando un diagrama del sistema solar. Se sentía muy triste. De pronto, escuchó una voz suave.
"¡Qué bonito dibujo! ¿Es el sistema solar?" Era una niña nueva, llamada Aurora. Tenía el pelo largo y rizado, y unos ojos brillantes como estrellas.
Leo, sorprendido, asintió tímidamente. "Sí, es el sistema solar. Me gusta mucho la astronomía."
Aurora se sentó a su lado. "A mí también me encanta el espacio. Mi abuelo era astrónomo, y me enseñó muchas cosas sobre las estrellas."
Leo se sintió aliviado. Por fin había encontrado a alguien que lo entendía. Empezó a hablar con Aurora sobre sus planetas favoritos, sobre las constelaciones y sobre los agujeros negros. Aurora lo escuchaba con atención, y hacía preguntas inteligentes. Leo se sentía feliz como nunca antes.
Pero la felicidad de Leo no duró mucho. Al día siguiente, cuando Leo y Aurora estaban hablando sobre la posibilidad de vida en otros planetas, Sofía se acercó con sus amigas.
"Miren, la parejita de nerds espaciales," dijo Sofía con burla. "¿Siguen hablando de cosas aburridas?"
Las amigas de Sofía se rieron. Aurora se sonrojó, pero Leo se sintió furioso. No quería que nadie se burlara de Aurora por compartir su interés.
"¡No es aburrido!" exclamó Leo. "El espacio es fascinante. Es mucho más interesante que... que... ¡que los videojuegos!"
Sofía y sus amigas se rieron aún más fuerte. "¡Uy, qué valiente! ¿Vas a defender a tu novia espacial?"
Leo se sintió avergonzado. No sabía qué decir. Aurora le tomó la mano y le dijo suavemente:
"No importa lo que digan, Leo. No tienes que avergonzarte de lo que te gusta."
Las palabras de Aurora le dieron valor a Leo. Respiró hondo y dijo:
"Es verdad. Me gusta el espacio, y no me importa si a ustedes no les gusta. Pero eso no significa que tengan que ser malos con nosotros."
Sofía y sus amigas se quedaron sorprendidas por la valentía de Leo. No esperaban que se defendiera. Después de un momento de silencio incómodo, Sofía dijo:
"Está bien, está bien. No vamos a molestarlos más. Pero no esperen que nos interese su charla espacial."
Sofía y sus amigas se alejaron. Leo y Aurora se quedaron sentados bajo el árbol, tomados de la mano.
"Gracias, Aurora," dijo Leo. "Me ayudaste a ser valiente."
"Y tú me ayudaste a sentirme menos sola," respondió Aurora.
Desde ese día, Leo y Aurora se hicieron muy buenos amigos. Pasaban horas hablando del espacio, observando las estrellas y haciendo experimentos científicos. Pero Leo también aprendió a interesarse por las cosas que les gustaban a los demás. Escuchaba a sus compañeros de clase cuando hablaban de fútbol o de videojuegos, y a veces incluso se unía a sus juegos. Descubrió que, aunque no compartieran su pasión por el espacio, también podían ser buenos amigos.
Leo aprendió que la amistad no se trata de hablar siempre de lo mismo, sino de respetar y valorar las diferencias de los demás. Y Aurora aprendió que no tenía que esconder sus intereses para encajar. Juntos, Leo y Aurora formaron una constelación de amigos, un grupo diverso y brillante, donde cada uno brillaba con su propia luz.
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