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Gratis · elegí una vozRecuerdo al Maestro Gonzales. ¡Uf! Era un señorón gordo, alto y siempre enojado. Su cara parecía una nube de tormenta a punto de descargar. Si algo no le gustaba, ¡zas!, pegaba con la regla. A pesar de todo, aprendí mucho con él. La verdad, mi letra nunca fue bonita. Parecía un baile de hormigas borrachas. Pero el maestro Gonzales insistía.
Un día, mi papá me sacó de la escuela. No porque fuera mal alumno, ¡no, señor! Sino porque necesitaba ayuda en casa. "Tenemos que cuidar las vacas, las cabras, y traer leña," me dijo con su voz grave y llena de trabajo. Así que cambié el pizarrón por el pastizal. Dejé los libros por el cencerro de las cabras.
Me pasaba los días pastoreando en el campo. Observaba las nubes, los pájaros, las flores silvestres. A veces, íbamos a la capital, a la zona 1, a vender leche y queso. Caminábamos desde Sajcavillá hasta la placita. Era un viaje largo y cansado, pero mi papá decía que era necesario para ayudar con el dinero de la casa.
En aquellos tiempos, el estudio no era tan importante como ayudar a los adultos a ganar dinero. No entendía por qué las letras y los números eran menos importantes que el mugido de una vaca o el balido de una cabra. Pero mi papá decía que así eran las cosas.
Una tarde, mientras pastoreaba cerca de un arroyo, vi algo extraño. Unas letras, ¡sí, letras de verdad!, flotaban en el agua. Eran letras sueltas, como si se hubieran escapado de un libro. Tenían diferentes formas y colores. Una era una A roja brillante, otra una B azul redonda, y otra una C verde curvada.
"¡Qué raro!" pensé. Me acerqué con cuidado y extendí la mano. La A roja se posó en mi palma. Sentí un cosquilleo agradable. Luego, la B azul y la C verde también se unieron a la A.
De repente, las letras empezaron a hablar. Bueno, no hablaban con palabras, sino con sonidos suaves y melodiosos. La A cantaba un "Ahhh", la B zumbaba un "Bzzzz", y la C susurraba un "Cccc".
"¿Quiénes son ustedes?" les pregunté, aunque sabía que eran letras.
"Somos las letras fugitivas," respondió la A. "Escapamos de un libro aburrido que solo hablaba de cosas serias. Queremos jugar y aprender cosas nuevas contigo."
La B agregó: "Hemos visto cómo trabajas duro y cómo miras el mundo con curiosidad. Queremos ayudarte a recordar lo que aprendiste en la escuela."
La C terminó diciendo: "Podemos enseñarte a escribir historias sobre las vacas, las cabras, el campo y la ciudad. Historias que sean divertidas y emocionantes."
Me quedé asombrado. ¡Letras que hablan y quieren ser mis amigas! Era algo increíble. Acepté su propuesta con entusiasmo. A partir de ese día, mi vida cambió. Mientras pastoreaba, las letras me enseñaban palabras nuevas y me ayudaban a practicar la escritura. Usábamos palitos para dibujar las letras en la tierra. Con piedras, formábamos palabras. Las hojas de los árboles eran nuestro papel y la savia, nuestra tinta.
Descubrí que las letras no eran solo símbolos aburridos, sino que podían contar historias maravillosas. Escribí sobre el sol que calienta la tierra, sobre la lluvia que alimenta los pastos, sobre las estrellas que brillan en la noche. Escribí sobre mis animales, sobre mi familia, sobre mis sueños.
Un día, mi papá me vio escribiendo en una hoja de plátano. Se acercó con curiosidad y leyó lo que había escrito. Se sorprendió mucho. Nunca me había visto tan feliz y concentrado.
"¿De dónde aprendiste a escribir así?" me preguntó.
Le conté sobre las letras fugitivas y cómo me habían enseñado a amar las palabras. Al principio, no me creyó. Pero luego, vio la pasión en mis ojos y la alegría en mi corazón.
Desde ese día, mi papá entendió que el estudio era importante, incluso si teníamos que trabajar para ayudar en casa. Me permitió ir a la escuela algunos días a la semana, para que pudiera seguir aprendiendo con el Maestro Gonzales y con mis amigas las letras fugitivas. Mi letra seguía siendo un poco traviesa, pero ahora las letras bailaban con alegría en el papel. Y aunque el Maestro Gonzales seguía siendo un señorón gordo y a veces enojado, ahora sonreía un poco más cuando veía mi cuaderno lleno de historias sobre vacas, cabras y letras que vuelan libres como el viento.
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