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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas color esmeralda, un niño llamado Mateo. Mateo no era como los demás niños. Desde el momento en que abrió sus ojitos al mundo, sus padres, Sofía y Ricardo, notaron algo extraordinario. Mateo brillaba. No era un brillo literal, como una bombilla, sino una luz suave y cálida que emanaba de él, como si el sol llevara un pedacito dentro de su corazón.
Sofía y Ricardo se miraban con asombro cada vez que Mateo reía, porque su risa hacía que la luz se intensificara, iluminando la habitación con un resplandor dorado. Cuando lloraba, la luz se atenuaba, volviéndose casi invisible, como una estrella escondida tras una nube.
"Nuestro Mateo es especial," decía Sofía, abrazando a su hijo con cariño.
Ricardo asentía, con una sonrisa llena de orgullo. "Tenemos que ayudarle a entender su luz y a usarla para hacer el bien."
Cuando llegó el momento de ir a la guardería, Sofía y Ricardo sintieron un poco de nervios. ¿Cómo reaccionarían los otros niños a la luz de Mateo? ¿Lo entenderían? Al entrar en la colorida sala llena de juguetes y risas, todos los ojos se posaron en Mateo. Los niños se quedaron boquiabiertos, algunos señalándolo con curiosidad.
"¡Mira! ¡Brilla!" exclamó una niña con coletas rubias.
Mateo se sintió un poco cohibido al principio, pero luego sonrió tímidamente. Su luz se hizo un poco más brillante, como si respondiera a la curiosidad de los demás. La maestra, la Señorita Elena, una mujer de rostro amable y ojos brillantes, se acercó a Mateo y le dio la bienvenida con una sonrisa.
"Bienvenido, Mateo. Estamos muy contentos de tenerte aquí," dijo la Señorita Elena, guiándolo hacia un grupo de niños que estaban jugando con bloques.
Al principio, los otros niños fueron un poco cautelosos. Observaban a Mateo con disimulo, tratando de entender por qué brillaba. Pero pronto, la curiosidad pudo más que la timidez. Una niña llamada Ana, con grandes ojos marrones, se acercó a Mateo.
"¿Por qué brillas?" preguntó Ana, con voz suave.
Mateo se encogió de hombros. "No lo sé. Nací así," respondió.
"Es bonito," dijo Ana, sonriendo. "¿Puedo tocar tu luz?"
Mateo dudó por un momento, pero luego asintió. Ana extendió su manita y la acercó al brazo de Mateo. No sintió nada, pero vio que la luz de Mateo se hacía un poco más intensa. Ana rió, maravillada.
"¡Es como si te gustara que te toque!" exclamó Ana.
Otros niños se acercaron, queriendo tocar la luz de Mateo. Al principio, Mateo se sintió un poco abrumado, pero luego se dio cuenta de que a los niños les gustaba su luz. Jugaban con él, hacían torres de bloques juntos y compartían sus juguetes. La luz de Mateo se hizo más brillante que nunca, iluminando toda la sala con su alegría.
Un día, uno de los niños, un pequeño llamado Pablo, se cayó y se raspó la rodilla. Empezó a llorar desconsoladamente. Mateo se acercó a Pablo y le extendió la mano. "No llores, Pablo," dijo Mateo, con voz suave.
Al tocar la mano de Pablo, la luz de Mateo se enfocó en la rodilla raspada. Pablo dejó de llorar y miró a Mateo con asombro. "Ya no me duele tanto," dijo Pablo, secándose las lágrimas.
La Señorita Elena vio lo que había sucedido y sonrió. Se dio cuenta de que la luz de Mateo no solo era un brillo hermoso, sino que también tenía el poder de curar y consolar. A partir de ese día, Mateo se convirtió en el niño que iluminaba la guardería. Ayudaba a los otros niños cuando estaban tristes, los consolaba cuando se sentían solos y los animaba cuando tenían miedo. Su luz llenaba la guardería de alegría y esperanza.
Mateo aprendió que su luz era un regalo especial, un regalo que debía compartir con los demás. Aprendió que su luz podía hacer del mundo un lugar mejor, un lugar más brillante y lleno de amor. Y así, el niño que brillaba con una luz especial, creció rodeado de amigos y amor, iluminando el camino para todos los que lo rodeaban.
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