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En el corazón de un bosque frondoso, vivía un oso grande y bonachón llamado Bernardo. Bernardo era conocido por su gran apetito y su aún mayor impaciencia. Si quería miel, la quería ¡ahora mismo! Si quería jugar, quería jugar ¡en este instante! No importaba si las abejas estaban ocupadas o si sus amigos estaban descansando, Bernardo siempre quería todo de inmediato.
Un día soleado, Bernardo caminaba por el bosque cuando escuchó un sonido peculiar: ¡chac-chac-chac! Era Saltarina, una ardilla pequeña y ágil, recogiendo nueces para el invierno. Saltarina era famosa por su diligencia y su paciencia. Sabía que recolectar suficientes nueces para el invierno requería tiempo y esfuerzo.
"¡Hola, Saltarina!" gritó Bernardo, acercándose a la ardilla. "¿Qué estás haciendo? ¡Parece aburrido!"
Saltarina, sobresaltada, casi deja caer la nuez que sostenía. "¡Hola, Bernardo! Estoy recolectando nueces para el invierno," respondió, ajustando su gorrito rojo.
Bernardo puso los ojos en blanco. "¿Nueces? ¡Qué tontería! El invierno está muy lejos. ¡Deberíamos estar jugando! Ven, vamos a buscar bayas deliciosas." Bernardo imaginó una tarta de bayas, su boca se hizo agua.
Saltarina sacudió la cabeza. "No puedo, Bernardo. Necesito recolectar nueces. Si no lo hago ahora, no tendré nada para comer cuando llegue el frío."
Bernardo se burló. "¡Siempre eres tan seria! ¡No te preocupes! Si necesitas nueces, simplemente te pediré algunas mías." Bernardo asumió que, como era grande y fuerte, fácilmente podría conseguir nueces cuando las necesitara.
Saltarina suspiró. Sabía que Bernardo no entendía la importancia de la planificación y la paciencia. "Está bien, Bernardo. Haz lo que quieras," dijo, y continuó recolectando nueces.
Bernardo se alejó, riendo, y se dirigió hacia el claro donde crecían las bayas. Pero para su decepción, las bayas aún no estaban maduras. Eran verdes y duras, muy lejos de ser las bayas dulces y jugosas que esperaba.
"¡Qué fastidio!" gruñó Bernardo. "¡No hay bayas listas!" Estaba furioso y hambriento.
Decidió buscar miel. Caminó hasta el gran árbol donde vivía la colmena de abejas. "¡Hola, abejas! Quiero miel," gritó, sin siquiera preguntar si estaban ocupadas.
Las abejas, zumbando furiosamente, salieron de la colmena. "¡Bernardo! ¡Estamos muy ocupadas haciendo miel! Vuelve más tarde," le dijeron.
Bernardo insistió. "¡Pero quiero miel ahora! ¡Tengo hambre!" Intentó alcanzar la colmena, pero las abejas lo picaron en la nariz. "¡Ay!" gritó, y salió corriendo, rascándose la nariz.
Bernardo se sentía miserable. No tenía bayas, no tenía miel y le dolía la nariz. Se sentó al pie de un árbol, sintiéndose muy solo y hambriento.
Mientras estaba sentado allí, vio a Saltarina saltando hacia él, con las mejillas llenas de nueces. "Hola, Bernardo," dijo Saltarina. "¿Qué te pasa? Pareces triste."
Bernardo suspiró. "No hay bayas maduras, las abejas no me dan miel y me duele la nariz. Tengo mucha hambre."
Saltarina sintió lástima por Bernardo. A pesar de su impaciencia, era un buen oso en el fondo. "Ten," dijo Saltarina, ofreciéndole una nuez. "Puedes tener una de mis nueces."
Bernardo tomó la nuez y la mordió. Era deliciosa. "Gracias, Saltarina," dijo. "Pero... ¿no necesitas todas esas nueces para el invierno?"
Saltarina asintió. "Sí, pero tengo suficientes. Y entiendo que tienes hambre."
Bernardo se sintió avergonzado. Se dio cuenta de que Saltarina tenía razón. Debería haber sido más paciente y haber pensado en el futuro. "Saltarina," dijo, "Creo que he aprendido una lección. Debería ser más paciente y planificar con anticipación."
Saltarina sonrió. "Exactamente, Bernardo. La paciencia y la planificación son muy importantes."
Bernardo y Saltarina pasaron el resto del día juntos, recolectando bayas que estaban casi maduras. Aunque no eran tan dulces como Bernardo esperaba, aprendió a apreciar el esfuerzo que se necesitaba para obtener comida. También aprendió a esperar pacientemente a que las bayas maduraran por completo.
Cuando llegó el invierno, Bernardo estaba agradecido por la lección que había aprendido de Saltarina. Aunque no tenía tantas nueces como Saltarina, tenía suficientes bayas secas y, lo más importante, tenía la paciencia para esperar la primavera. Y, por supuesto, tenía la amistad de Saltarina, que era el tesoro más valioso de todos.
Desde ese día, Bernardo se convirtió en un oso más paciente y considerado. Aprendió que las cosas buenas requieren tiempo y esfuerzo, y que la amistad es aún más dulce cuando se comparte con paciencia y amabilidad.
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