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Gratis · elegí una vozBernardo era un oso grande y peludo con un apetito aún más grande, especialmente cuando se trataba de miel. Vivía en un bosque frondoso donde los árboles se alzaban hacia el cielo y los arroyos cantaban melodías alegres. Un día soleado, mientras paseaba por el bosque, Bernardo sintió un aroma dulce que le hizo cosquillas en la nariz. Era miel, ¡su manjar favorito! Siguió el aroma hasta que llegó a un claro donde un enorme panal colgaba de la rama de un árbol robusto.
"¡Oh, miel!", exclamó Bernardo con los ojos brillantes. "¡Hoy es mi día de suerte!"
Pero este panal no era como los demás. Estaba custodiado por un enjambre de abejas laboriosas, zumbando alrededor del panal como pequeñas guardianas. Bernardo sabía que las abejas no compartían su amor por la miel. De hecho, eran muy protectoras de su tesoro dorado.
"Hmm...", pensó Bernardo, rascándose la cabeza con una pata enorme. "¿Cómo conseguiré esa miel sin que me piquen?"
Primero, intentó escalar el árbol. Se abrazó al tronco con sus garras afiladas y comenzó a subir. Pero las abejas no tardaron en darse cuenta de su presencia. Zumbaban furiosamente a su alrededor, picoteándole la nariz y las orejas.
"¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!", gritó Bernardo, resbalando y cayendo al suelo con un golpe sordo. Las abejas lo persiguieron hasta que se alejó corriendo, frotándose la nariz dolorida.
"¡Eso no funcionó!", murmuró Bernardo, sintiéndose un poco frustrado. Pero no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. La miel era demasiado deliciosa como para dejarla escapar.
Luego, tuvo otra idea. Decidió intentar distraer a las abejas. Recogió un montón de flores silvestres de colores brillantes y las arrojó al aire, esperando que las abejas se entretuvieran con su belleza.
"¡Miren, abejitas! ¡Flores bonitas!", gritó Bernardo con una sonrisa.
Pero las abejas no se impresionaron. Simplemente continuaron zumbando alrededor del panal, ignorando las flores que caían a su alrededor. Una de las abejas, más atrevida que las demás, voló hacia Bernardo y le picó la punta de la nariz.
"¡Auch!", exclamó Bernardo, dejando caer las flores y huyendo de nuevo. "¡Estas abejas son muy inteligentes!"
Bernardo estaba a punto de darse por vencido cuando vio a una pequeña ardilla sentada en una rama cercana, observándolo con curiosidad.
"Hola, ardilla", dijo Bernardo, sintiéndose un poco deprimido. "¿Tienes alguna idea de cómo puedo conseguir esa miel?"
La ardilla pensó por un momento, moviendo su colita de un lado a otro. Luego, sonrió y dijo: "¡Tengo una idea! A las abejas no les gusta el humo. Si haces una pequeña fogata, el humo las ahuyentará y podrás acercarte al panal".
Bernardo pensó que era una idea brillante. Recogió algunas ramas secas y hojas y construyó una pequeña fogata debajo del árbol. Pronto, el humo comenzó a elevarse hacia el panal.
Las abejas, al sentir el humo, comenzaron a sentirse incómodas. Zumbaban con más fuerza y se movían nerviosamente alrededor del panal. Poco a poco, comenzaron a alejarse, buscando un lugar más seguro para estar.
Cuando la mayoría de las abejas se habían ido, Bernardo se acercó al panal con cuidado. Tomó una rama larga y la usó para bajar un trozo de panal. La miel goteaba de la rama, oliendo dulce y deliciosa.
Bernardo se sentó debajo del árbol y comenzó a comer la miel. Era la miel más deliciosa que jamás había probado. Estaba tan feliz que cerró los ojos y suspiró de satisfacción.
Mientras comía, vio a la ardilla observándolo desde la rama. "Gracias, ardilla", dijo Bernardo. "¡Tu idea fue genial!"
La ardilla sonrió y dijo: "De nada, Bernardo. Pero recuerda, la miel es mejor cuando se comparte".
Bernardo pensó en lo que dijo la ardilla. Se dio cuenta de que había estado tan concentrado en conseguir la miel para él mismo que se había olvidado de compartirla con los demás.
"Tienes razón, ardilla", dijo Bernardo. "Debería compartir esta miel con mis amigos".
Así que Bernardo tomó un trozo de panal y se lo llevó a la ardilla. También llevó un trozo a sus amigos, el conejo, el zorro y el ciervo. Todos disfrutaron de la miel juntos, riendo y compartiendo historias.
Bernardo aprendió una valiosa lección ese día. Aprendió que la miel es deliciosa, pero es aún mejor cuando se comparte con amigos. Y también aprendió que a veces, la mejor manera de conseguir lo que quieres es pedir ayuda a los demás. Desde ese día en adelante, Bernardo siempre compartió su miel con sus amigos y se convirtió en el oso más generoso del bosque.
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